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«No existe naturaleza humana»

Conviene siempre subrayar la diferencia entre el ateísmo del siglo XX y el el del siglo XVIII. Mientras se admitía la idea de la naturaleza humana y  del derecho natural, existía una especie de intercambio entre la creencia en Dios y la desaparición de las clásicas pruebas de su existencia, puestas en cuestión por el pietista luterano Emmanuel Kant. Pero en el siglo de Thomas Mann, Brecht, Simone de Beauvoir y Sartre la  naturaleza humana está  también superada. El hombre descubre que nada ni nadie le aguarda en el universo, y que tiene que crearlo todo sin que haya referencia alguna que le guíe. En un ateo como Diderot, en un deísta como Voltaire, en un racionalista pietista como Kant el hombre posee una naturaleza humana y cada ser humano es un ejemplo particular de un concepto universal. El existencialismo ateo que yo represento -escribe Jean-Paul Sartre- es más coherente. Declara que si Dios no existe, existe al menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que ese ser es hombre […] Así no existe naturaleza humana, ya que no existe un Dios para concebirla. Los personajes literario-filosóficos representativos del escritor francés se sentirán de más en el mundo, sin misión alguna que cumplir, sin nadie que les espere, teniendo que escoger su vida sin descanso ni sentido, pero al mismo tiempo sin temer la mirada de un Dios que los inmovilice, como el alfiler a la mariposa, o les fascine como el encantador a la serpiente.

«El grito», de Lipchitz

Confieso que conocía mal a Jacques Lipchitz (1891-1973), antes de que sus dos esculturas modelo, de yeso patinado, que se exponen en el Bellas Artes de Bilbao, me hubieran detenido con su poderosa bellleza. Vida nómada la de este judío lituano, nacido todavía en un país oficialmente ruso, para vivir después en Francia, luego en Estados Unidos de América y en Italia, donde muere, para  terminar en su patria espiritual, Jerusalén, donde es sepultado. Primer escultor cubista, compañero y amigo en París de nuestros compatriotasPicasso y Gris, me gustan sus esculturas trasparentes y también sus esculturas monumentales, de alta espiritulidad simbólica, en hierro o en bronce, que ornan tantos lugares públicos de Europa y América. Y entre ellas, ésta titulada primeramente The Couple y luego The Cry (1928-1929), cuyo ejemplar en bronce ha ido y venido de acá para allá y todavía es objeto de largos litigios judiciales. El autor la esculpió tras la muerte de su hermana y de su padre, como una reacción humana y creadora, como un desafío de la vida a la muerte. La vida que, decía el autor siguiendo la consigna divina de Yahvé, debe expandirse y multiplicarse. Y ahí está esa pareja, hecha grito de placer amoroso o de amor placentero, hecha adoración, entrega, abrazo, fusión, una sola carne y un solo espíritu, trasparentado en unas piernas comunes -acierto singular-, en lo que podría aparecer asalto y dominio animal violento, puro acto de instinto primitivo. Lenta tortuga apacible, humana y humanizadora. Nido bullente de vidas cruzadas y penetradas de esperanza y supervivencia.

Una apuesta táctica

En unos recientes encuentros de la Fundación Buesa, el intelectual Joseba Arregi, ex consejero del Gobierno peneuvista de Ardanza, advertía con razón que el mundo batasunero –radical, decía él- sigue imponiéndonos su lenguaje y poponiéndonos argumentos, cuya melodía bailamos los demás. Y nos sugería precaución y cautela ante la cacareada reflexión en el mundo etarra, posiblemente una apuesta táctica por su necesidad imperiosa y su ansia por llegar a las instituciones. Se basaba en que la izquierda abertzale no está dispuesta a condenar la historia de terror de ETA y da por buenos todos sus asesinatos. Pero yo quiero recordarle a mi admirado Arregi que, siguiendo el mal ejemplo de todos los partidos españoles históricos tras la República y la guerra civil, tampoco otros partidos escindidos de ETA y de Batasuna han condenado su anterior historia de terror y han dado por buenos, o no por malos, sus asesinatos. Ahí está  el partido legal Aralar, cuyo presidente acaba de decir que los etarras no son mercenarios, sino luchadores que pelean por sus ideas, y está dispuesto a negociar con Batasuna alianzas futuras. Nunca condenó Aralar su historia anterior ni se arrepintió de nada; simplemente creyó que la lucha armada no era ya políticamente eficaz y ha seguido llamando presos políticos a los presos etarras. El Estado que nos rige y sus partidos políticos que lo sostienen no tienen una dimensión ética mayor ni más exigente.

Dogmas como misterios

Releo, dentro de un estudio sobre el ateísmo en la literatura española, el Diario íntimo de Miguel de Unamuno, el libro más  cristiano que escribió, tras su crisis religiosa de 1897, y tal vez el menos conocido. Imposible parece -escribe en el cuaderno 3- que haya gentes que vivan tranquilamente creyendo que vuelve su personal conciencia a la nada. Después de todo es poco pura esta preocupación mía por mi propio fin y destino. Es tal vez una forma aguda de egotismo. En vez de buscarme en Dios busco a Dios en mí. Ya no volveré a gozar de alegría, lo preveo. Me queda la tristeza por lote mientras viva. He vivido soñando en dejar un nombre, viviré en adelante obsesionado en salvar mi alma.  Y en el cuaderno 4 leemos: Perdí mi fe  «pensando en los dogmas»,  en los misterios en cuanto dogmas; la recobro «meditando en los misterios», en los dogmas en cuanto misterios.

Batalla perdida en el mar

Israel, acostumbrado a ganar todas las batallas contra sus enemigos, ha perdido una gran batalla en el mar. Mejor hubiera sido dejar a  las naves llegar a puerto. La presunta victoria humanitaria hubiera acabado ahí en uno o dos días sin muertos y sin un conflicto internacional de esta envergadura. Pero el Gobierno que hoy manda en Israel no quiere perder ante Hamas o Hezbollah competición alguna en el terreno del poder y de la fuerza. Y aqui se ha equivocado. Ha perdido todo y no ha ganado nada.

Lo misterioso

 Cansado de ver al genial físico y matemático Albert Einstein unas veces en la lista de los creyentes y otras en la de los ateos, la biografía escrita por Walter Isaacson me saca de apuros y me pone la cosas en su sitio. Einstein, judío de origen, que fue instruido en la Biblia y en el Talmud, abandonó su fe judía a los 12 años. Se sentía embelesado por la figura luminosa del Nazareno, sin creer en su divinidad. No se consideraba ateo; ni siquiera panteísta, a pesar de su fascinación por el panteísmo del  judío heterodoxo Spinoza. Admiró el universo maravillosamente ordenado y obedeciendo ciertas leyes y, más allá de estas leyes, que sólo tenuamente entendemos, pensó que permanece en él algo sutil, intangible, inexplicable. Venerar -dice- esta fuerza que está mas allá de todo lo que podemos comprender es mi religión. En 1930, dentro de su testimonio En qué creo, escribió: La emoción más hermosa que podemos experimentar es lo misterioso. Es la emoción fundamental que está en la cuna de todo verdadero arte y ciencia. Aquél a quien esta emoción es ajena, que ya no pueda maravillarse y extasiarse en reverencia, es como si estuviera muerto, un candil apagado. Sentir que detrás de lo que puede experimentarse hay algo que nuestras mentes no pueden asir, cuya belleza y sublimidad nos alcanza sólo indirectamente: esto es la religión. En este sentido, y sólo en este soy un hombre devotamente religioso. Einstein no creía en un Dios personal ni en la inmortalidad del hombre: una vida es bastante para mí.  Era un determinista, no creía tampoco en el libre albedrío del hombre, como sus hermanos los judios; ni en el libre albedrío de Dios con poder o voluntad de cambiar las leyes inmutables del cosmos o las acciones del hombre. En esto seguía a Schopenhauer: Un hombre puede hacer lo que quiera, pero no querer lo que quiera. Enemigo de todo ateísmo fanático, elogió la actuación de la Iglesia alemana frente a Hitler. Declaró igualmente que la ciencia sólo puede ser creada por personas  profundamente imbuidas por la aspiración hacia la verdad y el entendimiento, que brota de la esfera de la religión. Una de sus frases más famosas reza: La ciencia sin la religión es coja; la religión sin la ciencia es ciega.

Materialismo atomista

Tanto Anaxágoras como Demócrito, geniales autores, respectivamente, de las  teorías de las homeomerías y de los átomos como  elementos primordiales (arjé) de la naturaleza, fueron considerados como ateos. Ateísmo en aquel tiempo era rechazar la religión de la polis. El primero de los dos tuvo que huir de Atenas, a pesar de su amistad con Pericles. Al problema ulterior del principio último de los elementos primordiales, la corriente filosófica espiritualista (con  Sócrates y Platón como cabezas de serie) le dio una respuesta positiva, mientras la escuela atomista-materislista se la dio negativa. El materialismo atomista no advirtió que este nuevo problema, claramente filosófico, exigía un método distinto del utilizado para tratar el anterior. Un atomista decididamente ateo como Lucrecio Caro deducía más tarde cómodamente de las observaciones naturales la eternidad y la absolutidad de la materia, propiedades que no son precisamente sensibles. El materialismo, que con nombre de positivismo nació dieciocho siglos después, repitió el mismo error fundamental, a pesar de muchos años de estudios sobre el método.

Más ruido

En estos días de turbación colectiva, bueno será recordar aquel bello y exacto proverbio: Hace más ruido un árbol que se cae que todo un bosque que está creciendo.

Un individualismo placentero y protegido

En un vigoroso discurso, que no me atrevo a juzgar, del presidente del Gobierno Vasco en el Parlamento de Vitoria  sobre la situación económica y la aplicación a Euskadi de la política nacional, Patxi López recitó, entre otras, dos frases felices, que son una autocrítica general de lo sucedido: Lo primero que tenemos que hacer es asumir que, seguramente, hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades. Y, más adelante: Tenemos que despertar de la euforia de la década pasada y pisar la realidad. La sombra de Ibarretxe y otras sombras revoloteaban por el salón de plenos.- Después del discurso presidencial he leído los primeros datos de la IV Encuesta Europea de Valores,  llevada a cabo en la primavera de 2008, dirigida por los sociólogos Javier Elzo y María Silvestre, que nos ofrecen un un buen material  para el análisisis y la reflexión. La conclusión más destacable del estudio, según Elzo, es que los españoles tienen problemas para conjugar un evidente individualismo con la demanda creciente a la Administración para que le ofrezca protección. Más breve aún: Un individualismo placentero y protegido. Todo cuadra.

El compromiso de la libertad

Jean-Paul Sartre, y muchos como él, consideraron absurda la existencia humana, pero a la vez creyeron que merecía la pena poner a prueba en cada momento la propia libertad, para ellos el único sentido de su existencia personal. Tuvieron, pues, fe al menos en el significado de su libre compromiso. Y su libertad los llevó a una vida que trascendía su subjetividad y les hacía responsables y corresponsables de múltiples experiencias humanas, plenas también de sentido concreto y humanitario.