Confieso que conocía mal a Jacques Lipchitz (1891-1973), antes de que sus dos esculturas modelo, de yeso patinado, que se exponen en el Bellas Artes de Bilbao, me hubieran detenido con su poderosa bellleza. Vida nómada la de este judío lituano, nacido todavía en un país oficialmente ruso, para vivir después en Francia, luego en Estados Unidos de América y en Italia, donde muere, para terminar en su patria espiritual, Jerusalén, donde es sepultado. Primer escultor cubista, compañero y amigo en París de nuestros compatriotasPicasso y Gris, me gustan sus esculturas trasparentes y también sus esculturas monumentales, de alta espiritulidad simbólica, en hierro o en bronce, que ornan tantos lugares públicos de Europa y América. Y entre ellas, ésta titulada primeramente The Couple y luego The Cry (1928-1929), cuyo ejemplar en bronce ha ido y venido de acá para allá y todavía es objeto de largos litigios judiciales. El autor la esculpió tras la muerte de su hermana y de su padre, como una reacción humana y creadora, como un desafío de la vida a la muerte. La vida que, decía el autor siguiendo la consigna divina de Yahvé, debe expandirse y multiplicarse. Y ahí está esa pareja, hecha grito de placer amoroso o de amor placentero, hecha adoración, entrega, abrazo, fusión, una sola carne y un solo espíritu, trasparentado en unas piernas comunes -acierto singular-, en lo que podría aparecer asalto y dominio animal violento, puro acto de instinto primitivo. Lenta tortuga apacible, humana y humanizadora. Nido bullente de vidas cruzadas y penetradas de esperanza y supervivencia.
