Conviene siempre subrayar la diferencia entre el ateísmo del siglo XX y el el del siglo XVIII. Mientras se admitía la idea de la naturaleza humana y del derecho natural, existía una especie de intercambio entre la creencia en Dios y la desaparición de las clásicas pruebas de su existencia, puestas en cuestión por el pietista luterano Emmanuel Kant. Pero en el siglo de Thomas Mann, Brecht, Simone de Beauvoir y Sartre la naturaleza humana está también superada. El hombre descubre que nada ni nadie le aguarda en el universo, y que tiene que crearlo todo sin que haya referencia alguna que le guíe. En un ateo como Diderot, en un deísta como Voltaire, en un racionalista pietista como Kant el hombre posee una naturaleza humana y cada ser humano es un ejemplo particular de un concepto universal. El existencialismo ateo que yo represento -escribe Jean-Paul Sartre- es más coherente. Declara que si Dios no existe, existe al menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que ese ser es hombre […] Así no existe naturaleza humana, ya que no existe un Dios para concebirla. Los personajes literario-filosóficos representativos del escritor francés se sentirán de más en el mundo, sin misión alguna que cumplir, sin nadie que les espere, teniendo que escoger su vida sin descanso ni sentido, pero al mismo tiempo sin temer la mirada de un Dios que los inmovilice, como el alfiler a la mariposa, o les fascine como el encantador a la serpiente.
