El cuarteto para clarinete y cuerdas en sí bemol mayor,
de Wolfgang Amadeus Mozart,
con su allegro moderado, andante sostenuto y postrero rondó,
en las creativas manos de Álvaro Iborra, Marta Ramírez,
Saioa Alonso y Carla Rovirosa,
ha animado, como hacía tiempo no se veía,
a las aladas esculturas góticas
de las pintadas ménsulas
del refectorio gótico
del cabildo catedral de Pamplona:
La faz evangélica del buen salvaje
se hace casi angélica entre sus bestias,
y el cazador del jabalí hinca jocundo su cuchillo
en el blando cuello del animal.
El joven que aparece recostado en el manso león
se muestra más seguro que nunca,
mientras el lobo que ataca al zorro,
y el zorro que caza a la gallina,
dejan de morder sin rematar la presa.
El joven coronado como rey,
que empuña la espada con la mano derecha,
se entretiene tan solo en un fondo de hojas y flores.
Sentado está el juglar sobre el santo suelo,
con ojos más vivaces que de sólito,
a punto de cantar su trova.
El músico con túnica y manto, que toca el rabel,
figura de Orfeo,
hace bailar más ligeros a los dos centauros,
con pintas de caballo y de león,
mientras el forzudo mancornador del toro,
con ayuda del mastín,
descansa al fin de tan rudo y bestial esfuerzo.
El hombre barbado, con vihuela de mano,
sigue cantando más intenso que siempre,
y la mujer, que tañe el laúd,
con nuevas manos lo tañe esta vez.
Bajo el el púlpito de piedra del lector,
la virgen sospechosa, llevada al bosque,
muestra alborozada su pureza,
y el unicornio, figura de Cristo,
llega a su más profundo sueño
en el regazo virginal de aquella.