A los ocho años de sanchismo en España, el 75 por ciento de los españoles adultos quiere elecciones generales para cambiar el Gobierno y, sobre todo, para cambiar el rumbo del Estado, mal gobernado por el Gobierno.
El pueblo español, que existe, aunque a veces no lo parezca, quiere hablar –¡Habla, pueblo, habla!-, y el Gobierno no quiere que hable. Como en 1976, cuando en el referéndum el pueblo muy mayoritariamente habló y votó, aunque toda la llamada izquierda no quería que hablase ni que votase. Qué error poner siempre el partido (ideología + intereses) por encima de la razón, el interés general y los derechos humanos.
No podemos cambiar el Gobierno, pero podemos cambiar el Parlamento, que es el que elige al Gobierno. El Parlamento actual está inutilizado, está varado, es una máquina de gastar dinero , de insultos mutuos, de palabrería inútil, de antidemocracia fáctica.
Los ministros son solo unos pobres loros de partido. Los parlamentarios, unos inútiles, que ni hacen leyes ni pueden controlar al Gobierno, porque no gobierna, ni dan buen ejemplo al conjunto de la nación.
Los que no somos ni ministros ni parlamentarios nos entretenemos, es decir, nos amargamos informándonos, por los medios no sanchistas, sobre los procesos, los autos y la sentencias acerca de muchos miembros del sanchismo y de no pocos de la oposición, corruptos y corruptores, que deben ser castigados y expulsados de la vida pública. Los jueces, contra los que arremete el Gobierno cada día, son lo mejor que nos queda de la España constitucional.
Nunca ha estado España, desde la Transición, tan dividida, tan fraccionada, tan polarizada, tan sin pulso, tan sin ánimus y sin anima, como ahora.
Cada día el Gobierno actual y sus socios desconstituyentes están más lejos de la Constitución española, más lejos del espíritu y de la letra de los Tratados de la Unión Europea, y más cerca del intento de Confederación -que va predicando, a voz en grito, por ahí el asesor de Sánchez, Iván Redondo-, lo que sería el mayor golpe político a la nación española, y el mayor triunfo de los separatistas, con el apoyo del zapaterismo y del sanchismo, paradigmas de la ybris personal y de la irresponsabilidad política.
Por todo eso, para incelebrar estos ocho años de sanchsimo, queremos hablar, queremos votar, queremos cambiar el Parlamento para poder cambiar el Gobierno, pero sobre todo para cambiar el rumbo del Estado, y más aún de la Nación.