Hemos visto en días pasados a un obispo en la recepción del Día de Ceuta
y, últimamente, en la recepción durante la visita de los Reyes, junto a otros líderes religiosos. No era el obispo titular de Cádiz-Ceuta, en sede vacante por ahora, sino el obispo auxiliar de Sevilla, en veste de administrador apostólico, siempre provisional, de la diócesis. Algo tendrá que ver esto con el silencio de la Iglesia ceutí durante uno de los acontecimientos más tristes y dolorosos de su historia. No hemos oído de ella ni una larga reflexión, ni una protesta, ni una declaración, ni una petición, ni una glosa. Nada de nada.
Según la siempre bien informada VN , una voz eclesial anónima vino a explicar tamaño silencio:
En medio de tanta agitación y confusión, es mejor no pronunciarse públicamente, más allá de describir el colapso que está padeciendo la ciudad y moverse en el nada fácil equilibrismo de comprender las legítimas inquietudes de los ceutíes y, a la vez, acoger y acompañar el sufrimiento de los migrantes para dignificar, en la medida de lo posible, su situación.
Sabemos, eso sí, que el administrador apostólico, el obispo Ramón Valdivia se desplazó de inmediato para coordinar el dispositivo eclesial y trabajar mano a mano con los poderes públicos, y que, a primeros de septiembre, llevó a cabo con todo su equipo unas jornadas de trabajo en la ciudad de Ceuta, donde visitaron varios lugares y centros, pero sin que concluyera en ningún tipo de declaración.
Sería demasiado frívolo hacer desde aquí, a mil kilómetros de allí, un juicio serio acerca de esta postura o situación, que a unos les parecerá discreta y acertada y a otros extraña y hasta cobarde.
¿Pero no será mejor pensar que obras son amores y no buenas razones?