Está la mañana festiva cejijunta. El sol entre nubes y nubes sin sol. Y un viento suave, como de otoño que no quiere separarse mucho del verano atroz que acabamos de sufrir. Hace mucho que no hemos ido a la sierra de Andía (la grande), y allá que nos vamos por el Alto de Lizarraga, bajo el magno abanico de puntas calizas, mucho más que sierra, y un bosque cansado de hayas sin agua durante meses, que están a punto de despojarse con el primer viento, con el primer frío, con las primeras lluvias.
Está bulliciosa la Venta, con el tejado cubierto de placas solares, y muchos coches llenan por el completo el espacio del parqueo. La mayoría de la gente, aparte de los que picotean en la terraza, se encaminan hacia el oeste, hacia San Adrián, pero nosotros partimos hacia el este, hacia San Donato. El repecho, encementado en toda la primera fase, nos parece más empinado que nunca, pero con los bastones de monte lo superamos bien haciendo los descansos debidos, que son nuestro secreto.
Junto a la caseta de piedra, que cubre una de las simas de la sierra, pegamos la hebra con paisano que ha subido hasta aquí en coche y que es habitual del lugar. Nos dice que la mina de caliza a cielo abierto desde 1946 en el macizo del puerto, que consiguió en los noventa una concesión renovada por 30 años, pero cada día más polémica, y abominada por los asociaciones ecologistas, está paralizada hace tiempo. Quien sabe si, como la de Oskía, sobre todo por la oposición de los respectivos municipios.
Nos entretienen durante la subida los continuos graznidos, voznas o grajeas de los grajos (corvus frugileus), que revolotean sueltos, en parejas o en grupos dispersos, cerca de sus nidos. Dos buitres se posan en uno de los picos más altos encima de la mina. Cuando llegamos a lo más alto de la cuesta, podemos admirar los verdes montes del valle de La Sakana o Barranca, en el corredor del Arakil, que comienzan a otoñear, sobre los prietos poblados geométricos de Lakuntza y Etxarri Aranatz y sus blanquigrises polígonos industriales en los aledaños.
Tenemos en frente la proa del Beriain, con casi 1.500 metros, la mayor prominencia de Navarra, sinclinal colgado, formadpo por calizas del paleoceno inferior y superior y por las calizas del eoceno inferior y medido. Es uno de los montes más hermosos de Navarra, hercúleo, desnudo, gris rocoso, mitad buque varado, mitad inmenso yunque sobre el recogido circo que forma el valle Ergoyena , con los pueblos dispersos de Lizarraga, Unanu y Torrano, con una pequeña mota en el centro, su cumbre más alta, que es la ermita de San Donato y San Cayetano, junto a las de Ihurbain, Leciza y Amorro. Un día lejano, con mi amigo Jesús, todavía joven, y yo más joven que hoy, llegamos hasta allí, una tarde de verano, con los bofes fuera, y, al bajar por la ruta de Unanu, sufrí una aparatosa caída, que pudo ser seria, y no lo fue gracias al arrojo y temple de mi compañero.