Estaba yo procrastinando, alargando, posponiendo, difiriendo, aplazando, postergando la apertura del cuaderno de bitácora hasta mediados de septiembre, mayormente para no tener que repetirme y atosigarme con Ceuta, de la que todos hablan en cualquier momento y en cualquier lugar. Ya escribí en DN, a las pocas horas del asalto, lo que me parecía sobre el acontecimiento mayor de la legislatura, y, pasado un mes desde entonces, veo que no estuve muy desacertado.
Pero ayer volvió por fin el presidente de sus vacaciones, y habló, por fin, forzado por todos los grupos de la Cámara, y no he podido resistir, sin levantar mi débil voz, ante tanta mentira, ante la tamaña insolencia de la mentira, ante la mentira como arte político.
Nadie miente mejor que Sánchez. Nadie miente tanto como Sánchez; con tal dominio, con tal arte, con tanta naturalidad como Sánchez. Miente por la mitad de la barba, miente como quien habla, como quien canta, como quien juega, como quien bucea.
La pretendida Némesis de Trump -otro mentiroso sustantivo-, ahora disuelta tras unir su presente y su futuro a Mohamed VI, siervo de Trump, mintió en todos y cada uno de los párrafos de su discurso de ayer. Cuando, resumiendo su actuación en término de rigor y de prudencia, miente al confundir rigor con pánico, y prudencia con sumisión total al rey de Marruecos. Miente al hablar de fallos de los servicios secretos españoles, cuando son estos servicios los que han descubierto ante el mundo las mentiras del presidente y de sus ministros, en funciones permanentes de lacayos. Miente al dar las cifras de los inmigrantes y al hacer promesas que sabe bien no las va a cumplir. Miente al revelarnos, tarde y mal, la llamada a la embajadora marroquí… Y para no hacer interminable la lista de las mentiras, comete la mayor al traducir su afirmación del primer día (violación de la integridad territorial de España) por una crisis migratoria, a que quiere reducir el atropello, la intrusión, la invasión, el chantaje, la provocación, la traición, el movimiento deshumanizador del 31 de julio, que de todo eso hubo.
Aquel irresponsable sin escrúpulos, como le definió El País en 1917, se ha revelado con sus mentiras, por sus mentiras y a través de sus mentiras, incompetente y a la vez cómplice de lo sucedido, lo más grave para el Estado, la Nación y el Pueblo de España en sus siete años de gobierno.
Un solo alivio: nadie le ha creído. Ni sus enemigos ni sus amigos. Ni los blancos ni los negros. Ni los jóvenes ni los viejos. Aunque muchos seguirán siguiéndole, será no por las mentiras del caudillo frustrado, sino por sus pobres y cotidianos intereses.