León XIV y África (IV)

 

                    Tras aterrizar León XIV en Yaundé, capital de Camerún, tuvo un encuentro con el presidente Paul Biya, donde el papa reclamó una paz desarmante y desarmada ante la violencia y advirtió contra el abuso de poder: Para que se afiancen la paz y la justicia, es necesario romper las cadenas de la corrupción, que desfiguran a los dirigentes, quitándoles autoridad. Finalmente el papa apeló a las religiones como factor de reconciliación, siempre que no caigan en el veneno de los fundamentalismos, defendiendo el diálogo interreligioso como medio para apaciguar las  tensiones. De allí marchó al orfanato de Ngui Zamba, recibido por la superiora general de las Hijas de María, donde denunció el abandono y la violencia sufridos por tantos niños en el mundo.

El segundo día, en la catedral de Bamenda, al noroeste del país presidió el Encuentro para la Paz en la catedral de San José, en el que reconoció el sufrimiento de una región golpeada por la violencia de los señores de la guerra: Ellos fingen  no saber que basta un instante para destruir, pero que a menudo no basta una vida para reconstruir. En el aeropuerto celebró una misa multitudinaria, con un llamamiento urgente a transformar el país denunciando la pobreza, la corrupción y la explotación externan que lo golpean: Este es el momento de cambiar, de transformar la historia del país. Hoy y no mañana, ahora y no en el futuro ha llegado el momento de reconstruir.

Al día siguiente, otra multitudinaria celebración en Duala, en el estadio Japoma, con una homilía ya célebre, en torno a la pregunta  ¿Qué hacen por toda esta gente?, comentando la escena evangélica de los panes y los peces, dirigida a todos, sin distinción.

Robert Prevost se dirigió después privadamente al hospital católico de San Pablo y luego se trasladó a Yaundé y visitó la Universidad Católica de África Central, dirigida por la Compañía de Jesús, para reunirse con profesores y estudiantes y hablarles de la formación integral que reúna fe, razón y compromiso social.

A la hora de la despedida, en el aeropuerto de la capital, delante del presidente Biya, con más de 40 años en el poder, reclamó una sociedad basada en el respeto a la dignidad de la persona por la que merece la pena cambiar hábitos y estructuras. Y terminó con el grito de Jesús: ¡No tengáis miedo!, coreado por la multitud.