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Navarra de Ultrapuertos

Aunque los dos diarios navarros no dedicaron una línea al evento, cuando pasó la nevasca, con la que me encontré el día 20 de marzo, tuvo lugar, tres días más tarde, el encuentro entre las dos Navarras en el edificio Izendeguía de Roncesvalles, organizado por la Consejería de Cultura del Gobierno de Navarra. Fue el tercero y, con mucho, el mejor preparado, lo que no es moco de pavo. A pesar de la suspensión de la primera cita y de que el clima no se había convertido de repente en primaveral, nos reunimos casi un centenar de personas de «los dos lados de la muga», navarros españoles y franceses: autoridades locales, profesores, estudiosos, amigos e interesados en la historia común y sobre todo en el presente y el futuro comunes, dentro de la Europa común. Excelente fue la disertación del historiador Alfredo Floristán Imízcoz sobre la historia de las dos Navarras tras la anexión de la española a la Corona de Castilla, y muy vivas y penetrantes las reflexionnes del catedrático de Pau, Pierre Bidart, a quien tanto he leido sobre la Navarra de Ultrapuertos, que, por cierto, nunca fue Sexta Merindad, como todavía neciamente se repite. Interesantes asimismo resultaron la mesa redonda, en la que hablamos de cosas muy cercanas y útiles -como la utilísima autovía de Pamplona a Orthez-, igual que las conversaciones durante las pausas y el almuerzo en La Sabina y en La Posada. Pero, por lo visto, no debieron de verlo así en la redacción y dirección de los dos diarios navarros, que pasaron olímpicamente del gozoso acontecimiento cívico y cultural que fue el encuentro. Y no debió de ser por la nieve.

Elecciones francesas

Una buena noticia, tal vez la mejor, ha sido la posibilidad de pasar al segundo turno de dos candidatos, patriotas franceses, demócratas y europeistas, aunque con diversas ideas (¿y proyectos?) sobre Europa, y el deterioro o desmedro de la extrema izquierda -casi hasta la consunción- y de la extrema derecha, que aún arrastra demasiados millones de votantes. Muy recconfortante me parece también la potenciación del centro, con el europeista Bayrou a la cabeza, fenómeno político no nuevo en la Europa democrática, incluida Gran Bretaña, pero nunca tan poderoso en Francia como esta vez, bien situado entre la mayoría gaullista y la oposición socialista, fuerzas muy gastadas, y algo más, tras muchos años de gobierno. Pero el centrismo francés es una fuerza demasiado gubernamental, y al mismo tiempo responsable, para considerarla exenta. Más decisiva me parece la disminución de las fuerzas llamadas de izquierda, que desde 1981 -año de la primera victoria de Mitterrand- hasta hoy han descendido de 47-50% al 37-39%. Sarkozy, con toda su incontenible fuerza original, no es, ciertamente, De Gaulle, pero tampoco Royal, con su espléndida figura al viento de la renovación, es aquel primer Tony Blair aparecido en el Reino Unido.

Leyendo El Quijote

He ido, como cada año, este 23 de abril, a leer El Quijote y a echar una mano a la organización del acto. Desde que hace nueve años comenzamos a organizarlo, el ejemplo ha ido extendiéndose por varios lugares de Navarra, el mismo día y con el mismo autor, u, otros días, con distintos autores. Aqui no lo hacemos como un acto más de propaganda político-cultural, con personajes de la vida pública, sino con todo aquél que quiera asistir y participar, con la sola mención de su nombre y apellido. Qué deleite escuchar a niños y mayores, a estudiantes navarros, de toda España y de muchas naciones del mundo, con su acento peculiar y su muy distinta interpretación, las bellísimas páginas de este libro singular, al que tantos hemos dedicado tantas horas. No es lo mismo leerlo en casa, para uno mismo, desde el punto de vista filológico, histórico o crítico-literario, y aun simplemente literario, que oirlo recitar, como a los viejos bardos los cantares de gesta o las canciones de amigo, que para eso se escribieron. Como en la venta escuchaban Don Quijote y los suyos de labios del cura las aventuras del hidalgo manchego. En un momento de vacío de lectores, me he puesto a leer algunos poemas del próloogo y el capítulo primero desde el comienzo, y lo he leído tal vez con mayor comprensión, voluntad y emoción que nunca. Y es que era la celebración no sólo del libro, de la lectura, de El Quijote y de Cervantes, sino de la lengua española, de nuestra historia nacional. También de la lengua humana, del hombre lenguado, del hombre inteligente y libre. Nada menos.

Elogio de un político

Dice el autor de la Constitución de los atenienses que, tras las reformas de Solón, muchos de los nobles se le habían vuelto hostiles por la reducción de las deudas, y que los dos bandos habían cambiado de opinión. Porque el pueblo pensaba y esperaba que el nuevo gobernante iba a repartir todas las tierras, mientras los nobles esperaban, por el contrario, que, siendo como era tan ilustre como ellos, haría volver todo a la posición anterior, o que, al menos, lo cambiaría poco. «Solón se opuso a unos y a otros, y pudiendo, con la ayuda de cualquiera de los dos dos bandos, proclamarse y constituirse como tirano, eligió hacerse odioso a ambos, salvando a la patria y legislando lo que fuera mejor«. Adecuando cabalmente aquella situación a esta de hoy, tan distinta, qué alto elogio para un político, capaz de jugarse el tipo por razones patriótico-morales. Con razón el autor de la Constitución, sigue diciéndonos, y lo confirman Heródoto y Plutarco, que Solón emprendió entonces un viaje a Egipto, «después de decir que no volvería hasta después de diez años; pues creía que no era justo que, por estar presente, interpretase las leyes, sino que cada uno cumpliese lo escrito». ¡Oh tiempos, en los que no parecía necesario el Tribunal Constitucional!

Una vejez activa

Frente al poeta jónico Mimnermo, que se lamentaba de las calamidades de la vejez y deseaba morir a los sesenta años, replicaba Solón en sus versos: «Rehaz tu poema, jónico ruiseñor, y canta así: quiera la Moira de la muerte alcanzarme octogenario». Para él no es la vejez una muerte gradual y penosa. El árbol perennemente verde de su vida gozosa y feliz echa todos los años nuevas flores. Sabe bien que ningún hombre es del todo dichoso, que todos están abrumados de fatigas, y que «el sentido de los dioses inmortales se halla oculto para los hombres». Pero frente a todo esto está el júbilo de los dones de la existencia, el crecimiento de los niños, los vigorosos placeres del deporte, la equitación y la caza, las delicias del vino y del canto, la amistad con los hombres y la felicidad sensual del amor. Según el poema de los hebdómadas, conservado íntegro, que divide la vida humana en diez períodos de siete años, cada edad le da un lugar específico dentro del todo. No es posible cambiar un estadio por otro, ya que cada cual lleva implícito su propio sentido y se relaciona con el sentido de cada uno de los demás. La totalidad crece, culmina y decae de acuerdo con el movimiento general de la naturaleza.

¿Cuántos muertos en Iraq?

Fue acertada la pregunta que una ciudadana hizo al jefe de la Oposición, Mariano Rajoy: –¿Cuántos muertos ha habido en la guerra de Iraq? La verdad es que, tras la permanente carnicería, uno ya no sabe si quedan todavía más iraquíes a los que poder matar, como nos ocurría cuando la guerra del Vietnam. Nadie preveía que, tras la fácil victoria de norteamericanos y británicos, lo peor, con mucho, estaba por llegar. Nadie podía imaginarse que fuera tan poderosa, primero, la resistencia y, después, tan furibundo y eficaz el terrorismo sin más, sunnnita o chiíta, de Al-Quaeda o de quien sea. Allí ya no hay una guerra, sino una cadena terrorista de excidios de unos contra otros, de muchos contra muchos. Hay que confesar asimismo que la ignorancia y la imprevisión del ejército y de la administración de USA y de UK han sido en este caso, y como se dice ahora, de manual. Y, sin embargo, para hablar con plena justicia, faltaron ayer en el interrogatorio a Rajoy, y en este punto concreto, las preguntas que hubieran completado y justificado del todo la única que llegó a hacerse, y que el político gallego, en su respuesta benévola y benigna, brevemente incluyó: ¿Cuántos muertos, gaseados o no, hizo la terrible dictadura de Sadam Husein? ¿A cuántos kurdos eliminó? ¿A cuántos chiítas? ¿Cuántos miles de enemigos políticos «desaparecieron» y con ellos casi todos los que se interesaron por los «desaparecidos»? ¿Cuántos europeos, progresistas o no, salieron a la calle, incluso para acabar con la guerra de doce años declarada por Sadam contra Irán, en la que murió al menos un millón de personas? ¿Quién recuerda todo esto alguna vez, aunque sólo sea para aparentar un cierto equilibro humano y político? ¿Y de otras guerras nadie pregunta: Etiopía-Eritrea, Sri Lanka, Sudán, Somalia, Congo…? ¿Sólo interesan las guerras que sirvan para algún interés político local? ¿Qué clase de humanismo es ése? ¿Qué diablos de internacionalismo y qué demonios de progresismo es el nuestro?

Justicia y responsabilidad

Nadie como el sabio poeta y político ateniense Solón supo cantar en la antigüedad, siguiendo el ejemplo y la inspiración de Hesíodo, la interdependencia de la persona y su destino en relación con la vida de la comunidad. Es imposible, según él, pasar por encima del derecho, porque, tarde o temprano, siempre sale triunfante. Cuando la hybris (exceso) ha traspasado los límites fijados por la justicia, llega el castigo en forma de desorden en la comunidad, porque el mal social es como una enfernedad contagiosa que se expande por la ciudad entera. La injusticia sólo puede mantenerse por breve tiempo. Antes o después, llega la Diké (la diosa Justicia). O, según otra expresión, de Zeus, dios supremo, nadie escapa. Unos expían pronto, otros más tarde, y, si el culpable escapa de la pena, la pagan en su lugar sus inocentes hijos y los hijos de sus hijos. Como se ve, no toda la culpa la tienen los dioses, como enseñaba la arcaica religión griega, que ya se había atrevido a refutar Homero en la Odisea. Refiriéndose a la tiranía de Pisístrato, escribe Solón: «Si por vuestra debilidad habéis sufrido el mal, no echéis el peso de la culpa a los dioses. Vosotros mismos habéis permitido a esta gente llegar llegar a ser grande cuando le habéis dado la fuerza cayendo en vergonzosa servidumbre». Los dioses son meros ejecutores del orden moral, que es idéntico a la voluntad de los dioses. Mas el sabio griego por excelencia sabe muy bien que tampoco todo depende del pensamiento y del esfuerzo humano: «Nosotros, mortales, buenos y malos, pensamos que alcanzamos lo que esperamos; pero viene la desdicha y nos lamentamos.(…) Por muchas que sean sus previsiones, no puede éste [el hombre] apartar la desventura«. Aun así, esto no anula la responsabiliad del hombre ni es motivo alguno para la resignación y la renuncia al propio esfuerzo, como sostenían ciertos poetas jónicos de su tiempo. Y pregunta a sus oyentes, coincidiendo notablemente con los profetas coetáneos o predecesores de Israel, si lo que no tiene razón alguna para el pensamiento humano no puede aparecer inteligible y justificado desde el punto de vista de la divinidad. Por ejemplo, la aspiración común a la riqueza no tiene medida ni fin. ¿Quién podría satisfacer los deseos de todos? La solución se halla más allá de nuestro alcance. Cuando el demonio de la ceguera nos invade, crea la mismo tiempo un nuevo equilibrio y nuestros bienes pasan a otras manos. Una penetrante interpretaciónn de la divina Moira (el destino) como fuerza de equilibrio necesario entre las diferencias económicas y de todo género, inevitables entre los hombres.

Nuevos aforismos

-¿Quién más des-centrado que un ego-céntrico?
Un poco horrorizada«, se siente una política vasca. ¿Se puede estar un poco y a la vez horrorizada?
-Muchos creen que semántico es poco menos que romántico.
-El marisco es también, entre otras cosas, manisco.
-El colmo de quien desea transformar la realidad es no tomarla en serio.

Democracia y valores

Según el politólogo italiano Norberto Bobbio, la democracia es sólo un método, un conjunto de reglas procesales para la formación del gobierno y la toma de decisiones políticas. No una ideología. Según él, las reglas democráticas establecen «cómo se debe llegar a la decisión política, pero no qué cosa haya que decidir«. Pero las Constituciones democráticas, ya desde la Constitución de Atenas, recogen no sólo métodos y reglas, sino también principios y valores que dan fundamento y razón a sus normas concretas que vinculan y obligan a todos.Todas las reglas llevan ya en sí principios y valores (ideología). ¿Qué quiere decir la misma palabra democracia sino el gobierno, el poder, del pueblo? ¿Y es eso o no un principio y un valor?

Las clases conservadoras

La historiografía seria española ha juzgado muy negativamente la actuación de buena parte de la izquierda política española durante la Restauración y sobre todo durante la Segunda República por sus procedimientos violentos e insurreccionales o por su complicidad positiva o negativa con los mismos. Recuérdese, y baste como botón de muestra, la justificación del «atentado personal» contra Maura, hecha por Pablo Iglesias en el Congreso, el 9 de julio de 1909. Como contrapartida, acerca de la actuación de la derecha durante el reinado de Alfonso XIII tenemos un texto ejemplar, por lo insólito de la autocrítica, de dos historidadores derechistas, ya mencionados en otra ocasión, Gabriel Maura, hijo mayor de don Antonio y diputado maurista, y Melchor Fernández Almagro. Del juicio general de las «clases conservadoras» no hay por qué excluir a los dirigentes y votantes del Partido Liberal, heredado de Sagasta, luego dividido en cinco o seis fracciones, el segundo partido del turno ministerial desde los tiempos del Pacto de El Pardo, ni a otras fuerzas políticas y sociales consrvadoras de toda España, fuese cual fuese su relación con los dos grandes partidos turnantes: «Las clases «conservadoras» (usado este vocablo con máxima amplitud de significación) se mostraron de continuo impotentes o incapaces para «conservar» absolutamente nada. Los partidos gubernamentales presenciaron, mohinos, pero cruzados de brazos, los magnicidios de que eran víctimas sus Jefes, los asaltos desleales al Poder del bando contrario, las campañas mendaces o calumniadoras de de cierta prensa, y el desgobierno, que se estaba haciendo crónico. Los industriales dejaron indefensos a sus capitanes, diezmados por los crímenes terroristas. Los terratenientes, rutinarios o absentistas, descuidaron instar, cuando aún era tiempo, la implantación de alguna reforma agraria razonable y justa, y hubieron de soportar después, amedrentados o, quizá, arrepentidos, atropellos expiatorios. Los monárquicos de todos los matices desampararon al Rey contra la calumnia, como los creyentes de todas las capillitas a la fe contra la impiedad. El periodista católico José Zahonero fustigó a muchos correligionarios suyos, atribuyéndoles esta única norma de vida: «cortar el cupón, comer el capón y deshonrar el copón«.