Entre los siglos XVI y XIX más de 5 millones fueron sacados de África para Brasil, de los 15 en total llevados para América. Fue el penúltimo país en abolir el tráfico de esclavos (1850) y el último en acabar con la esclavitud (1888). Entonces más de la mitad era negra. Muchos inmigrantes blancos, sobre todo alemanes e italianos, fueron bienvenidos en las décadas posteriores a fin de purificar la sangre brasileña. De 1950 a los ochenta Brasil fue denunciado por su violencia de todo género contra los negros. Hoy de nuevo la población negra es mayor que la blanca, pero las diferencias son aún muy grandes. Baste decir que hasta 2040, a este paso, los negros no alcanzarán la renta media de los blancos. Apenas si se ve un negro en los niveles altos de cualquier sector. Pelé era una excepción el otro día en Copenhague. Espero que entre los deportistas brasileños, en las Olimpíadas de 2016, los negros serán muchos más. Y eso puede animar a romper el mayor tabú de ese gran país hermano.
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Pobre Castelar
En los bajos de la casa natal de aquel que lo fue todo en España, don Emilio Castelar, además de orador divino, como aparece en la estatua que preside la plaza de la Candelaria, en Cádiz, han abierto un Bar diVino-Ibéricos y vinos. Podían haber elegido un nombre un poco más alto y adecuado a tan excelso personaje. Por ejemplo: Sinaí, evocando aquel famoso discurso de 1869. ¡Tan alta estatua para eso!
Despabiladísima
Una gentil señora andaluza, mirando sonriente a la niña chica, tras preguntar por su edad, dice en voz alta:
-Pues está despabiladísima la niña.
La niña tiene nueve meses y no ha cesado de barraquear en todo el trayecto del tren. Los despabiladísimos, señora, somos todos los sufrientes viajeros, excepto tal vez los benditos padres de la criatura.
Las cosas del campo
Las encinas y sernas castellanas se hacen casi de repente olivos, viñas, naranjos andaluces. Me acuerdo del poeta antequereño, que acaba de morir, José Antonio Muñoz Rojas, cuyo libro Las cosas del campo tanto me gustó, hasta compararlo con el Platero y yo de Juan Ramón. La última luz del día se recoge en la salada claridad marina de Cádiz.