Leo con frecuencia las bitácoras de los amigos y de otras muchas personas a las que admiro y sigo. No las cito, porque sería el cuento de nunca acabar y, además, necesariamente injusto. Sigue repugnándome la facilidad del insulto, la burla, la grosería y la zafiedad de muchos lectores, que se aprovechan casi siempre del anonimato, y que, a mi juicio, deterioran y ensucian ciertas páginas, por admirables que sean. Me sofocan asimismo las bitácoras, relativamente pocas, que son ostentosamente propaganda o autobombo del autor. Todos somos o podemos ser vanidosos y hasta pretenciosos, pero ciertos excesos molestan, cuando no apestan. Aprendo todo lo que puedo de cuadernos de bitácora magistrales, de páginas sabias, que son deleitosas, apacibles y fraternas. Tampoco es cosa de contar aquí la vida de uno ni convertir el cuaderno en una especie de diario íntimo, al que tan poco dados somos los navarros. Ya lo dijo el gran Boscán en su Respuesta a don Diego de Mendoza: Otras cosas habrá que las callamos / porque tan buenas son para facerse / que pierden el valor si las hablamos.