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El retablo restaurado de Olejua

 

                     De la Cueva de los Hombres Verdes me lleva Luis a su pueblo, uno de los centros de su vida y centro fundante de la cincuentena de personas que viven en él. Yo conocí la primera mención del pueblo,  en los lejanos años cincuenta, cuando mi paisano y colega José Maria Aldaba, también con puntas y collares de poeta, fue nombrado párroco de Olejua-Oco, que entonces me parecían lugares lejanísimos, aun estando en mi misma merindad de Estella. Ahora me es tan cercano como otro cualquiera,  después de verlo varias veces , la última vez, cuando mi amigo me invitó a ver las pinturas renacentistas de Diego de Zegama o de su escuela, que acababan de rescatarse parcialmente en la bóveda del horno de su iglesia parroquial. Algunos olejuanos u olejuarras, para quienes, con toda razón, su pueblo es el umbilicus mundi,  llegaron a calificarlas de Capilla Sixtina de Navarra, ahí es nada, dentro de la linda iglesia protogótica dedicada a Santiago, nave única, con sus dobles arcos fajones y bóvedas de cañón apuntado, sus dos capillas laterales góticas del XVI y  su airosa y decidida torre medieval remodelada en el XIX.

Ahora nos recibe de nuevo Javier Maeztu, y su padre, que aquel día nos saludó desde el balcón de la casona blasonada, hoy nos saluda en la misma calle, buena señal, a pesar del tiempo fresco y pascual de esta mañana. Veo luego que  en el balcón del consistorio han renovado las tres banderas, que falta hacía.

Y entramos sin más a contemplar durante un buen rato el retablo mayor, de comienzos del XVII, iluminado de nuevo con la prístina luz de la recreación,  la joya romanista del genio de Cabredo,  Pedro González San Pedro. Tengo  desde mis  ojos de niño monaguillo siempre en la memoria las figuras romanistas de los Imberto de Estella en los dos altares laterales de mi pueblo; las compulsé un día con las figuras originales de Miguel  Ángel en Roma y en Florencia, y  después con las obras maestras de mi dilecto Juan de Anchieta, ayudante de aquel baezano Gaspar de Becerra Padilla, discípulo  del Vasari y  Volterra, y más tarde pintor de Felipe II,  de los cuales nos vino una ola del miguelangelismo romanista, que se derramó por toda Navarra. González de San Pedro, fue uno de los mejores discípulos, colaboradores  y sucesores de Anchieta, y  ambos nos enriquecieron de romanismo Pamplona, Tafalla, Aoiz, Obanos, Cáseda, Subiza… y Olejua.

Así que nos quedamos contemplando de largo, sin prisa, todos los cuerpos del retablo, todas las calles, todos los bultos, las pinturas, la policromía de Lucas de Salazar. Y las cabezas, los cuellos, los troncos, lo brazos, los muslos y piernas de todas las imágenes: vivos, robustos, ágiles,  contundentes, creadores, alegres… miguelangelescos.

Y ya apenas  si tenemos tiempo para echar una ojeada al primoroso jardín de los Maeztu, bajo el  rodal de los cipreses, siempre elegantes, siempre en su punto, Y también las nuevas obras públicas (Mejora de la Travesía Urbana NA-8413), que están cambiando, saneando, fortificando, iluminando  y embelleciendo la parte meridional del pueblo, y todo el pueblo.

Aniversario de mi padre

Tus heridas en el frente  por Dios y por España
fueron, una semana después, en el cielo de Dios
luces pascuales de gloria y beatitud.
Y ahora beso sereno tu  retrato
en el marco que adornan las  nuevas flores de geranio,
nacidas en mi balcón.

Esperanza y Belleza (y IX)

 

  ¿Podemos, pues consolarnos, con el poeta, porque, ante la muerte de todos, si no hay esperanza en el mudo, sí puede haber, en muchos casos, belleza?

Desde la luz que mana de Cristo hay esperanza incluso cuando no hay belleza. Los estigmas del cuerpo de Cristo en los relatos pascuales recuerdan precisamente que el Cristo viviente es el Cristo que fue doliente. Y es que la resurrección de Jesús de Nazaret abre u nuevo espacio de  a la belleza más allá de la cruz. La luz de la mañana de Pascua amanece allí donde todo estaba oscuro, donde todo estaba perdido.

El poder de la poesía es no solo crear belleza, sino a la vez crear justicia, que desde un punto de vista interior son a veces la misma cosa.

Quizás eso explica las vidrieras y las agujas góticas talladas en piedra. Y las cantatas de Bach. Y El Mesías de Händel. Las obras de Santa Teresa. O el Cántico de la creaturas de Francisco de Asís. Las cúpulas azules de Bizancio. O los capiteles románicos de Silos.

El  poeta dominico Antonio Praena Segura, en su poema Anámnesis, tras recordar que Santo Tomás de Aquino, en su Tratado sobre la esperanza afirma que en la consumación definitiva lo bueno llegará sin merma alguna y que allí estarán todos los seres, pasados y futuros, sigue cantando:

             Adorno piensa en algo semejante
cuando pide justicia para aquellos
que perdieron su vida
con diecisiete años y un fusil a la espalda
en trincheras de nieve.
Muchachos cuyos nombres se borraron,
esos por los que nadie
ha vuelto en lengua humana a llorar ni  a rezar
una vez que sus madres
ya forman parte del olvido.

(…)

Porque no existe un bien más pleno
que el de estar todos juntos;
si el final de este mundo no es un acto
feliz para los vivos y los muertos,
no es aún el final

                                                                                              por mucho que amenacen
                                                     -como dice el profeta- 
                                                      aquellos que no tienen esperanza.

Las tumbas medievales de Argiñeta

 

                            Vamos esta vez desde Vitoria por la autopista de Mondragón, y nos sorprenden y acompañan durante varios tramos del viaje las conflorescencias de las acacias: amarillas vibrantes, amarillas doradas, blancas o cremosas. Desde el barrio de Iguria entramos en la villa junto a los viejos y renovados edificios de LINCE, la Industrial Cerrajera. Atravesamos la población siguiendo la continua señal de Arginetako Nekrolia, y en un periquete nos plantamos en el barrio alto de Zenita, uno de los catorce de Elorrio, y en el  pequeño y solitario aparcamiento natural frente a la necrópolis, entre rozagantes prados de siega, y a unos metros de la ermita de San Adrián. Renovada en el siglo XV y varias veces  desde entonces, tiene dos cuerpos de altura con un tejaroz medio que cubre un soportal corrido alrededor del edificio, con un pequeño hueco para la campana en el segundo nivel. Está cerrada a estas horas y por un pequeño agujero vemos confusamente el interior, con el bulto del santo en el altar mayor, varias estelas -dicen que 13, y cuatro discoideas- en derredor, y bancos a ambos lados del recinto. En el exterior, junto a la puerta de entrada, al oeste,  hay un bonito empedrado de ruejo, del siglo XVII.

Justo a unos metros, al oeste del templo, que lo fue de un pequeño poblado medieval desaparecido, un cercado de lajas verticales guarda 24 sarcófagos (literalmente comederos o comedores de carne), de piedra caliza, caja y cubierta, para personas adultas, y 5 estelas discoideas también del mismo material, extraído de las canteras vizcaínas de Oiz. Parece que algunos de estos sarcófagos y algunas de estas estelas proceden de este cementerio medieval, entre los siglo IX y XI, pero un párroco del siglo XIX,  del que no se nos da el nombre, fue recogiendo otros elementos de entre los  lugares vecinos. La exposición, algo dañada por el tiempo, es impresionante y los grandes robles -algunos americanos- y grandes hayas que la rodean hacen, si no de cipreses fúnebres, al menos de custodios elegantes. Se conservan tres inscripciones en los sarcófagos, en rudo latín medieval. Uno de los difuntos se llamaba Momus, y murió el año 883, y otra llevaba el nombre de Paterna, sin año consignado.

Yantamos y sesteamos rodeados de margaritas, ranúnculos, tréboles y llantenes en flor, y bajamos a Elorrio central a tomar un café. Uno de los bares del Portal, junto al río, es un buen sitio. Luego recorremos  la villa, una de las más hermosas de Vizcaya, con haber tantas. La imponente iglesia de Santa María, los numerosos palacios renacentistas, con sus escudos, portalones, galerías, logias, jardines…; sus comercios cuidados y originalmente anunciados

Pero, a la vez, la villa está sucia de pintadas políticas en piedra, muros caleados, pancartas de todo tipo en cualquier sitio, colgantes en lugares principales, con lemas desde  Gora ETA hasta  pidiendo la destrucción del Estado de Israel  y la OTAN, o llamando a tomar la calle. La palabra borroka (lucha) está por todas partes, y la propaganda de BILDU, dueño del ayuntamiento, también.

La Herriko Plaza, o Plaza del Pueblo, junto al frontón y entre el consistorio, con lemas bíblicos en castellano inscritos en sus nobles muros, y la iglesia parroquial, es esta tarde el centro y sede del pueblo, con miles de personas de las 7.200 que lo habitan., de pie, sentadas en sillas o en el suelo. Es el tercer día de las fiestas populares de abril, y durante tres horas largas vemos reír, aplaudir y pasarlo en grande a todo tipo de público viendo las diferentes danzas de niños y niñas, danzaris profesionales. grupos de jubilados, mujeres de toda edad, mujeres andaluzas vestidas de negro y zapateando, grupo folklórico de Bolivia… Todo música, tradicional y contemporánea. Todo color, todo alegría. Cuando nos vamos, la plaza, la calle del Río y el Portal son una fiesta.

Si de integración se trata, he aquí un ejemplo.

La Cueva de los Hombres Verdes

 

                 Tenía desde hace años ilusión por ver la Cueva llamada de los Hombres Verdes, que, el año 1958, descubrieron los arqueólogos Maluquer, Fernández Medrano y  Banco Caro, y estudió posteriormente el primero de ellos. Fueron 35 esqueletos de seres humanos  -identificados 11 de varones y 4 de mujeres, la mayoría menores de 20 años y algunos menores de 5- los que encontraron en la cripta sepulcral, en que se convirtió con el paso del tiempo una antigua mina de cobre en la época del Bronce, dos mil años antes de Cristo. Los huesos encontrados pertenecen a tipos humanos mediterrráneos, alpinoides y hasta armenoides, no muy diferentes de otros hallados en cuevas de Asturias y Cantabria, lo que ha hecho pensar a ciertos arqueólogos en prospectores de metales llegados de muy lejos de nuestra geografía.

El color verduzco de los restos humanos, que podemos contemplar en el  Museo de Navarra, se debe a las sales de carbonato de cobre en las areniscas y limolitas de la cueva.

Camino de Olejua, su pueblo, me lleva  mi amigo Luis Landa por la carretera que parte desde Urbiola. Cerca del alto de Araneta, entre las peñas Ancha y Urtala, hay en el borde del monte dos piedras pintadas de verde y, apenas visible, un pequeño indicador de madera, con una flecha, que nos indica la dirección de nuestro objetivo No sabía yo que íbamos a subir hoy al monte y no llevo los palos de siempre. Me presta uno Luis, algo es algo, y con él en una mano, agarrándome a veces a mi compañero y de vez en cuando a la rama de algún chaparro, consigo remontar un sendero irregular, muy vertical y cada día más resbaladizo, que afortunadamente no dura demasiado rato. Y entre encinas, algunos pinos sueltos y chaparros abundantes, damos con la cueva de verdad: una covacha en forma de triángulo recto irregular, al fondo de un peñasco sobresaliente, de paredes rojizas, techo con lajas desnudas, con muchos cantos de piedra de varias formas, dispersos por el suelo polvoriento, arrimados a los dos muros, derecha e izquierda, y un agujero pequeño en el fondo occidental de la gruta, por donde se abriría seguramente la galería de la mina y donde se hallaría la posterior cripta sepulcral.

Así de  selvática y bosqueril, en medio del monte bajo encinoso, y en el fondo de un alto peñasco en la cima, aparece la Cueva de los Hombres Verdes. A la intemperie. Tal vez la intemperie y la dificultad de la subida la han salvado.

Mina y cripta sagrada. Si algo significa, ya desde los inicios de nuestro poblamiento, es que somos un «pueblo», una sociedad plural, diversa, multicultural -¡todos estos tópicos posmodernos!- … esta Cueva de los Hombres Verdes.

Día del Quijote. Día de las Letras.

 

Hoy he recitado en el Ateneo de Navarra, en la XXIX edición de la Lectura del Quijote, que propulsé en Pamplona, junto con Emilio Echavarren y Julio Urtasun, el prólogo a un largo poema titulado PADRE  / NUESTRO / QUE ESTÁS BAJO LOS CIELOS / DE DIOS / BAJO LOS CIELOS/ DE ESPAÑA…,, que estrenaré a primeros de junio, prólogo que termina así:

 Cifra de nuestra historia.
Luz de nuestro presente incierto.
Clave de nuestro destino.
Fuerza de nuestros empeños.
Quicio de nuestra existencia colectiva.
Faro de nuestros proyectos.

Últimos aforismos

 

               La silla del dentista es la mejor metáfora de la sumisión del individuo, entregado de pies y manos, y sin poder chistar, al quirurgo.

 

El consuelo no elimina el sufrimiento, pero sí el sufrimiento por el sufrimiento: la desolación del enfermo sufriente.

 

Difícilmente puede considerarse justo aquello que acaba empeorando lo que pretende mejorar.

La nueva necrópolis de Garinoain

 

                    Hace dos semanas, nos enteramos por declaraciones del arqueólogo Nicolás Zuazúa, que dirige la empresa Tesela Arqueología, de que en en el entorno del viejo castro, hoy ermita de Santa Cecilia, de Garinoain, y con ocasión de las obras del tren de alta velocidad, sus arqueólogos habían encontrado una singular necrópolis de la Edad de Hierro. Nada menos que 17 estructuras circulares de piedra, túmulos bajos entre 7 y 18 metros de diámetro, a unos metros tan solo del castro, que hemos visto, estudiado y recorrido cien veces, con cistas de incineración de una o varias personas, a metro y medio de profundidad. Además de restos de otras edificaciones, aún sin estudiar. Las cistas contienen no solo cenizas de seres humanos, sino también parte del pobre ajuar con que se iban al otro mundo: fíbulas, brazaletes, torques… de bronce. Túmulos parecidos a los que hemos visto en Cortes, la Atalaya de Peralta o Castejón, pero más numerosos y de mayor tamaño. Al mismo tiempo, han encontrado restos de un poblado anterior, de la época del Bronces, unos 80 hoyos de los habitantes de la Cultura de las Hoyas, como pudimos ver en el yacimiento, tan descuidado de Los Cascajos, de Los Arcos, o como los muchos que tuvieron que ser sepultados bajo la autopista del Camino, entre Estella y Pamplona , y que fueron descubiertos y estudiados por el arqueólogo navarro Mikel Ramos.

Así que, en cuanto pudimos, nos fuimos  de nuevo a Santa Cecilia. Pero ya, desde que pasamos el puente del Cidacos y las vías del tren, vimos el paisaje cambiado: otra entrada, otro camino y los matorrales de ese camino casi blancos del polvo de las obras y del paso de los camiones, que el recio cierzo de la mañana traía y llevaba, oscureciendo la luz alegre del día. Y así hasta llegar cerca del castro. Pero ¿qué era aquello? ¡La abominación de la desolación! Aquellas risueñas forestas primaverales, por donde paseábamos y donde elegíamos la más placentera para yantar y sestear, habían desaparecido, y todo lo que veíamos, a unos cientos de metros en derredor, eran tierras removidas y arrancadas,  pares de camiones cargando las que sobraban, y más abajo, hacia el sur, se abría el túnel, por donde se encajaba la tuneladora, y se consolidaba el motarrón por donde pasará, ay, algún día, el esperado, el maldecido, el siempre preterido y retrasado tren de alta velocidad, que llegará a Navarra cuando hayan muerto muchos miles de navarros que lo desearon o lo maldijeron.

Pero ¿quién piensa ahora en eso, si casi no se ve nada por el polvo, y el cierzo nos lleva, nos arrastra, cuando intentamos salir del coche?. Salimos por fin y subimos, porque nos tira la querencia, hacia la ermita, que ya no tiene aquel  lindo sendero, que se llenaba de las flores de abril y nos hacía romeros, siempre romeros. A duras penas, sorteamos los embates del ventarrón, que es casi un turbión, y entre las viejas piedras de los los fosos y los muros ya derruidos de este castro ejemplar, llegamos a la ermita, que nos sirve de refugio.  Aún no se han marchitado los lirios cárdenos que adornan la parte sur del edificio. Cuando se suaviza un poco la ventolera, o eso nos parece, y como aquí hay menos polvo, porque estamos en posición norte, recorremos la planicie del viejo poblado, poblado ahora solo de margaritas, ranúnculos, orquídeas y cardos marianos.

Desde aquí vemos que nos es imposible el acceso al terreno de las excavaciones, que se encuentran a uno cientos de metros de donde estamos, en la vertiente occidental de las obras, con las superficies excavadas, cubiertas por telas de protección, que el ventolón zarandea y agita sin cesar. Más al sur, no hay material de cubiertas, pero no alcanzamos a distinguir signo alguno.  Entre nosotros y los túmulos fúnebres circulares hay toda una barrera de materiales de construcción. Una enorme máquina excavadora opera también al norte de la ermita haciendo un ruido del diablo.

Volvemos porque esto ya no da más de sí. A pesar de la moderación del cierzo nos cuesta lo nuestro abrir el coche y mantenerlo abierto hasta que podemos entrar. Lo que no cesa es la polvareda reinante. Como apenas se ve, nos confundimos de pista y bajamos casi hasta la hondonada de las obras, para tener que volver  de prisa, envueltos en camiones, en dirección contraria.

¡Quién te ha visto y quién te ve, campo acostumbrado de Garinoain..! No sabemos por dónde vamos, porque por aquí nunca fuimos. Pero sabemos dónde estamos, porque ahora, por fin, vemos la torre de la Iglesia del pueblo, y hasta las dos torres de la de Barasoain, con perdón.

Iruña-Veleia, otra vez y mejor (y II)

 

                                        La excavación de esta gran superficie responde a los criterios científicos del nuevo proyecto de investigación iniciado en 2010, tras los escándalos, a raíz del Plan Director de Iruña-Veleia, impulsado por la Diputación Foral de Álava en colaboración con la Universidad del País Vasco.

Uno de sus objetivos fundamentales es el análisis del poblamiento fuera de las murallas de los siglos III y IV, donde acaba de descubrirse por georadar un gran circo romano, de tiempo imperial, que cubre en estos momentos una gran superficie de trigo, a punto de granar.  Entre otros restos, a punto de ponerse en valor, destacan  un tramo de calzada romana, el Iter 34, que comunicaba Astorga con Burdeos: Ab Asturica Burdigallan, y las edificaciones comerciales que se levantaron en torno a ella.

Entramos por la puerta principal, entre dos potentes cubos de muralla y recorremos, bajo el oppidum o baluarte natural natural prerromano, el circuito de las excavaciones en la parte más llana de la ladera , suavemente inclinada y más abrigada ante el cierzo: la domus de Pompeia Valentina; la domus del Mosaico de los rosetones; las cisternas. Por un sendero que atraviesa la parte más frondosa del bosque que ha ido ocupando la vieja ciudad abandonada durante siglos -fresnos, sauces, acacias, arces de Montpelier, zarzales…- encontramos los restos de los edificios del Priorato de Nuestra Señora de Iruña, de la  la encomienda de la Orden de San Juan o del Temple de la Encomienda de Burgos y Buradón, y un resto de su muralla propia. Nos acercamos a la muralla romana  occidental con sus muchos arreglos bien reflejados en su pared interior. Vemos los fundamentos de un templo romano por las dimensiones de su superficie y de sus columnas. Y junto a las murallas volvemos a la puerta de donde salimos a través de un suelo poblado de todas las flores de abril: verónicas, margaritas, nazarenos, botones de oro, orquídeas…

Desde la parte más septentrional del poblado, y todavía lejos de la muralla, se ve el pueblecito, Concejo de Iruña de Oca de Trespuentes, que parece todo nuevo y tiene como joya el viejo puente romano y, un poco más lejos, los caseríos de Mendoza, Martioda, Estadona…, bajo las estribaciones de la Sierra Brava de Badaia.

La muralla occidental, cerca de la que nos movemos, separa la ciudad del camino que la circunda, sobre el terraplén que la separa del río Zadorra.

Al terminar la visita del poblado amurallado, visitamos los cimientos del Macellum, o mercado cubierto, las excavaciones más meridionales, cercanas al Circus, aún por excavar, con su patio central y sus tabernae, o tiendas aledañas. Seguramente estarán cerca el Foro y la Basílica.

La ciudad de Iruña Veleia, identificada ya en el sigo XVI, y que comenzó a excavarse someramente en 1900 y más científicamente en 1949 -con hallazgos como la Mujer Togada-, vuelve ahora, tras el revés y el escándalo de hace veinte años, a cobrar nuevos bríos, gracias al escarmiento institucional y a los nuevos empeños de la Diputación Foral de Álava y de la Universidad del País Vasco. Empeños que, como se sabe, en arqueología siempre son lentos, porque siempre son carísimos.

Esperanza y belleza (VIII)

 

                         El concepto de la interrelación nos conduce a uno de los fondos que sustantivan la esperanza, que es el amor. La esperanza es una expresión del amor, que sin este no existe aquella. Porque creer, esperar y amar son actos coextensivos.

El amor enciende una luz en la que contemplar una belleza oculta. Nos lleva más allá de las formas estetizantes para abrazar en lo herido y llagado una forma profunda de belleza, que es la del amor. El cuarto canto del Siervo doliente, del tercer Isaías, fue interpretado posteriormente como una profecía de la figura de Jesús crucificado: Muchos se espantaban de él, al verlo  tan desfigurado, sin aspecto de persona. Despreciado y rechazado por la gente, sometido a dolores, habituado al sufrimiento, ante el cual todos se tapan la cara. No hay en él belleza aparente. Sin embargo, sus heridas nos han curado (Is 53, 3-5).

Es una belleza transcendente, muy por encima de los cánones cotidianos de belleza formal. Se trata de la belleza cristomórfica, una belleza con la forma de Cristo. En sus heridas de Crucificado se encuentra la belleza del amor La donación y la entrega generosa de la propia vida actúan como belleza reconciliadora. Su contemplación despierta en los contempladores la certeza de saberse aludidos en el acto expiatorio del Cristo sufriente. Sufre por nosotros. Esa belleza habla de nuestras vidas. También perdona nuestras violencias y traiciones. Ese arte devuelve a los corazones la certeza de que el mal no tiene la última palabra.

Esa belleza escondida en el amor salva la mirada del artista de la tentación narcisista, pues no nos retiene en el regodeo de la adulación, sino que nos impele a ser mejores. Es el momento en que la estética alumbra una ética. El lugar donde la estética de la debilidad y la fragilidad nos despierta a la ética del cuidado, de la defensa de los débiles. Es la estética que descubre la belleza de la dignidad allí donde está más deteriorada.