La nueva necrópolis de Garinoain

 

                    Hace dos semanas, nos enteramos por declaraciones del arqueólogo Nicolás Zuazúa, que dirige la empresa Tesela Arqueología, de que en en el entorno del viejo castro, hoy ermita de Santa Cecilia, de Garinoain, y con ocasión de las obras del tren de alta velocidad, sus arqueólogos habían encontrado una singular necrópolis de la Edad de Hierro. Nada menos que 17 estructuras circulares de piedra, túmulos bajos entre 7 y 18 metros de diámetro, a unos metros tan solo del castro, que hemos visto, estudiado y recorrido cien veces, con cistas de incineración de una o varias personas, a metro y medio de profundidad. Además de restos de otras edificaciones, aún sin estudiar. Las cistas contienen no solo cenizas de seres humanos, sino también parte del pobre ajuar con que se iban al otro mundo: fíbulas, brazaletes, torques… de bronce. Túmulos parecidos a los que hemos visto en Cortes, la Atalaya de Peralta o Castejón, pero más numerosos y de mayor tamaño. Al mismo tiempo, han encontrado restos de un poblado anterior, de la época del Bronces, unos 80 hoyos de los habitantes de la Cultura de las Hoyas, como pudimos ver en el yacimiento, tan descuidado de Los Cascajos, de Los Arcos, o como los muchos que tuvieron que ser sepultados bajo la autopista del Camino, entre Estella y Pamplona , y que fueron descubiertos y estudiados por el arqueólogo navarro Mikel Ramos.

Así que, en cuanto pudimos, nos fuimos  de nuevo a Santa Cecilia. Pero ya, desde que pasamos el puente del Cidacos y las vías del tren, vimos el paisaje cambiado: otra entrada, otro camino y los matorrales de ese camino casi blancos del polvo de las obras y del paso de los camiones, que el recio cierzo de la mañana traía y llevaba, oscureciendo la luz alegre del día. Y así hasta llegar cerca del castro. Pero ¿qué era aquello? ¡La abominación de la desolación! Aquellas risueñas forestas primaverales, por donde paseábamos y donde elegíamos la más placentera para yantar y sestear, habían desaparecido, y todo lo que veíamos, a unos cientos de metros en derredor, eran tierras removidas y arrancadas,  pares de camiones cargando las que sobraban, y más abajo, hacia el sur, se abría el túnel, por donde se encajaba la tuneladora, y se consolidaba el motarrón por donde pasará, ay, algún día, el esperado, el maldecido, el siempre preterido y retrasado tren de alta velocidad, que llegará a Navarra cuando hayan muerto muchos miles de navarros que lo desearon o lo maldijeron.

Pero ¿quién piensa ahora en eso, si casi no se ve nada por el polvo, y el cierzo nos lleva, nos arrastra, cuando intentamos salir del coche?. Salimos por fin y subimos, porque nos tira la querencia, hacia la ermita, que ya no tiene aquel  lindo sendero, que se llenaba de las flores de abril y nos hacía romeros, siempre romeros. A duras penas, sorteamos los embates del ventarrón, que es casi un turbión, y entre las viejas piedras de los los fosos y los muros ya derruidos de este castro ejemplar, llegamos a la ermita, que nos sirve de refugio.  Aún no se han marchitado los lirios cárdenos que adornan la parte sur del edificio. Cuando se suaviza un poco la ventolera, o eso nos parece, y como aquí hay menos polvo, porque estamos en posición norte, recorremos la planicie del viejo poblado, poblado ahora solo de margaritas, ranúnculos, orquídeas y cardos marianos.

Desde aquí vemos que nos es imposible el acceso al terreno de las excavaciones, que se encuentran a uno cientos de metros de donde estamos, en la vertiente occidental de las obras, con las superficies excavadas, cubiertas por telas de protección, que el ventolón zarandea y agita sin cesar. Más al sur, no hay material de cubiertas, pero no alcanzamos a distinguir signo alguno.  Entre nosotros y los túmulos fúnebres circulares hay toda una barrera de materiales de construcción. Una enorme máquina excavadora opera también al norte de la ermita haciendo un ruido del diablo.

Volvemos porque esto ya no da más de sí. A pesar de la moderación del cierzo nos cuesta lo nuestro abrir el coche y mantenerlo abierto hasta que podemos entrar. Lo que no cesa es la polvareda reinante. Como apenas se ve, nos confundimos de pista y bajamos casi hasta la hondonada de las obras, para tener que volver  de prisa, envueltos en camiones, en dirección contraria.

¡Quién te ha visto y quién te ve, campo acostumbrado de Garinoain..! No sabemos por dónde vamos, porque por aquí nunca fuimos. Pero sabemos dónde estamos, porque ahora, por fin, vemos la torre de la Iglesia del pueblo, y hasta las dos torres de la de Barasoain, con perdón.