El concepto de la interrelación nos conduce a uno de los fondos que sustantivan la esperanza, que es el amor. La esperanza es una expresión del amor, que sin este no existe aquella. Porque creer, esperar y amar son actos coextensivos.
El amor enciende una luz en la que contemplar una belleza oculta. Nos lleva más allá de las formas estetizantes para abrazar en lo herido y llagado una forma profunda de belleza, que es la del amor. El cuarto canto del Siervo doliente, del tercer Isaías, fue interpretado posteriormente como una profecía de la figura de Jesús crucificado: Muchos se espantaban de él, al verlo tan desfigurado, sin aspecto de persona. Despreciado y rechazado por la gente, sometido a dolores, habituado al sufrimiento, ante el cual todos se tapan la cara. No hay en él belleza aparente. Sin embargo, sus heridas nos han curado (Is 53, 3-5).
Es una belleza transcendente, muy por encima de los cánones cotidianos de belleza formal. Se trata de la belleza cristomórfica, una belleza con la forma de Cristo. En sus heridas de Crucificado se encuentra la belleza del amor La donación y la entrega generosa de la propia vida actúan como belleza reconciliadora. Su contemplación despierta en los contempladores la certeza de saberse aludidos en el acto expiatorio del Cristo sufriente. Sufre por nosotros. Esa belleza habla de nuestras vidas. También perdona nuestras violencias y traiciones. Ese arte devuelve a los corazones la certeza de que el mal no tiene la última palabra.
Esa belleza escondida en el amor salva la mirada del artista de la tentación narcisista, pues no nos retiene en el regodeo de la adulación, sino que nos impele a ser mejores. Es el momento en que la estética alumbra una ética. El lugar donde la estética de la debilidad y la fragilidad nos despierta a la ética del cuidado, de la defensa de los débiles. Es la estética que descubre la belleza de la dignidad allí donde está más deteriorada.