¿Podemos, pues consolarnos, con el poeta, porque, ante la muerte de todos, si no hay esperanza en el mudo, sí puede haber, en muchos casos, belleza?
Desde la luz que mana de Cristo hay esperanza incluso cuando no hay belleza. Los estigmas del cuerpo de Cristo en los relatos pascuales recuerdan precisamente que el Cristo viviente es el Cristo que fue doliente. Y es que la resurrección de Jesús de Nazaret abre u nuevo espacio de a la belleza más allá de la cruz. La luz de la mañana de Pascua amanece allí donde todo estaba oscuro, donde todo estaba perdido.
El poder de la poesía es no solo crear belleza, sino a la vez crear justicia, que desde un punto de vista interior son a veces la misma cosa.
Quizás eso explica las vidrieras y las agujas góticas talladas en piedra. Y las cantatas de Bach. Y El Mesías de Händel. Las obras de Santa Teresa. O el Cántico de la creaturas de Francisco de Asís. Las cúpulas azules de Bizancio. O los capiteles románicos de Silos.
El poeta dominico Antonio Praena Segura, en su poema Anámnesis, tras recordar que Santo Tomás de Aquino, en su Tratado sobre la esperanza afirma que en la consumación definitiva lo bueno llegará sin merma alguna y que allí estarán todos los seres, pasados y futuros, sigue cantando:
Adorno piensa en algo semejante
cuando pide justicia para aquellos
que perdieron su vida
con diecisiete años y un fusil a la espalda
en trincheras de nieve.
Muchachos cuyos nombres se borraron,
esos por los que nadie
ha vuelto en lengua humana a llorar ni a rezar
una vez que sus madres
ya forman parte del olvido.
(…)
Porque no existe un bien más pleno
que el de estar todos juntos;
si el final de este mundo no es un acto
feliz para los vivos y los muertos,
no es aún el final
por mucho que amenacen
-como dice el profeta-
aquellos que no tienen esperanza.