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Un corazón limpio

 

          En el funeral de mi prima Teresa en la iglesia de mi pueblo, tras la la lectura de las Bienaventuranzas, el párroco Rafael, siempre breve, siempre certero, ha sancionado la creencia general del pueblo de que Teresa era una santa, con una afirmación repetida sobre su corazón limpio. Era un corazón limpio, lo ha dicho con tal énfasis, con tal convicción, delante de sus hijos, de sus nietos, y de todo el pueblo, que para mí y, estoy seguro que para muchos también, ha sido mucho más que una frase, que un elogio sin más. Ha sido toda una proclamación eclesial.

Biografía del silencio

 

Veo en una librería qu el librito de Pablo D´Ors, Biografía del silencio va ya ¡por la 30ª edición! Qué marca. Qué alegrón…

El silencio es sólo el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Lo sorprendente es que no es nada, nada en absoluto: la vida misma que transcurre, nada en especial. Claro que digo «nada», pero muy bien podría también decir «todo». (C. 4)

Celebración de bautizo

Mañana del 2 de enero,
novecientos trentaiséis.

En la iglesia de Mañeru
agua siempre en escasez-
con agua me bautizaron
sólo a un día de nacer:
¡El limbo, por aquel tiempo,
era mucho de temer!

Presentes: la comadrona,
el párroco don Manuel,
el padrino, abuelo Víctor,
mis primas Carmen y Eduarda
y un monagullo tal vez.

Todos, probados católicos,
dieron cuenta de mi fe
futura, casi segura,
y en su fe presente y pura
cristiano me bauticé.

La comunión de los santos
-también de las cosas santas
para estos casos es.

Hoy celebro mi bautizo
con fe resuelta, con fe
dentro de la Iglesia,
Pueblo de Dios, Pueblo fiel.
Contento y agradecido
de  haber nacido y vivido
¡tantos años!
dentro de él.

 

 

 

¿El judaísmo no es una religión?

 

          Ahora resulta que Jon Joaristi, el más ilustre cristiano (no practicante) español convertido al Judaísmo, en estos últimos tiempos, nos viene a decir en una entrevista con su diario ABC que el Judaísmo no es una religión teocéntrica, yo creo que ni siquera es una religión. Se trata de de una especie de ética nomocéntrica, donde la centralided está en la ley y el primer mandamiento de la ley es no adorar a dioses y por supuesto a dioses indefinibles. Y, más adelante: El centro del Judaísmo es la Torá, la ley, y no Dios, que es algo indefinible,

Pero en el libro del  Éxodo 20,1, leemos: Dios pronunció estas palabras: Yo soy Yahvé, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, del lugar de esclavitud. No tendrás otros dioses fuera de mi...

Y en el Deuteronomio, 6. 4: Escucha, Israel:  Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas…

Y así, en cientos de ocasiones hablando de Dios, de los mil nombres y cualidades de Dios, y de las relaciones de Dis con los hombres.

Claro que es un Dios indefinible. Si fuera definible y definido, como la ley, no sería Dios. Y menos el Dios único.

Los apócrifos. La infancia de Jesús (y II)

 

 La descripción de la estrella milagrosa en el nacimiento de Jesús y en la llegada de los Magos, vaticinada por Balaán,  nos retrotrae a la teología mesiánica, fundamentada en divesos textos bíblicos, desde el Génesis a varios profetas, pero dio lugar a muy variadas interpretaciones de los primeros escritores cristianos y algunos Padres. Todavía hoy muchos se entretienen con enrevesados cálculos astronómicos. Justino y Orígenes ven a Jesús bajo la guía de la estrella de los magos como el vencedor de los poderes maléficos ya desde el nacimiento, y Agustín infiere del episodio el triunfo sobre el destino porque Cristo es el Verbo.

Los versículos de Lucas, 2, 41-52 sobre la infancia de Jesús dio pie a numerosas versiones. El Evangelio de la Infanca de Tomás, probablemente obra de un helenista del final del siglo II, crea la figura de Jesús c omo niño omnisciente y obrador de milagros. Es todo un niño prodigio, que hace cosas absurdas y hasta moralmente reprobables. Pone su omnipotencia al servicio de su afán de venganza y crueldad, y cuando se siente ofendido, no respeta ni la integridad física ni la vida ajena: Iba otra vez por medio del pueblo  y un muchacho, que venía corriendo, fue a chocar contra sus espaldas. Irritado Jesús, le dijo: No proseguirás tu camino. E inmediatamene cayó muerto el rapaz.

Los padres del muerto increparon a José, el padre de Jesús y le amenazaron con expusarlos del pueblo. Tras amonestar José a su hijo por lo que había hecho, éste, que por respeto hacia él, no quiso decirle nada, anunció que los padres del rapaz muerto recibirían un castigo. Y en el mismo momento aquellos padres quedaron ciegos…

Como se ve, muchos en aquel tiempo no habían entendido bien la doctrina de las dos naturalezas, y menos la de que Jesús era hombre como los demás, hombre perfecto, como le llamó un futuro Concilio.

 

Los apócrifos. Concepción y nacimiento (I)

          En algunos de los llamados Evangelios apócrifos -no canónicos-, de muy diverso origen y contenido, encontramos algunos de esos intentos de completar y adornar los cuatro Evangelios que hizo suyos la Iglesia primitiva, con una serie de datos legendarios y fantasiosos, algunos de los cuales han pasado a las tradiciones de la Iglesia griega y latina: la cueva de Belén, la natividad milagrosa de María, la estancia de ésta en el templo hasta su pubertad, la designación maravillosa de José para esposo y guardián de la madre de Jesús…

Así, por ejemplo, el llamado Protoevangelio de Santiago, redactado entre el siglo II y IV, y de procedencia helenista de Egipto o Asia Menor, se empeña sobre todo en defender la virginidad física de María, tal vez sin entender que en el sentir de la primera iglesia la concepción virginal significa ante todo que Dios inicia la vida mesiánia de Jesús y prepara la salvación del hombre en Jesús, el Mesías, el Hijo del Altísimo. Para dar testimonio público de la inocencia de María y de José, el Protoevangelio monta un juicio de Dios, al que deben someterse los cónyuges ante el sacerdote judío y ente todo el pueblo. Se ofrece a ambos una copa con el agua del rito de los celos (Núm. 5, 11-35) y finalmente se confirma su inocencia ante todo el pueblo. El apócrifo Seudo Mateo les hace dar siete vueltas alrededor del altar.

El nacimiento de Jesús es descrito, igual que su concepción, como un suceso milagroso. Los apócrifos Ascensio Jesaiae, Acta Pedri y Odas de Salomón,  destacan la integridad de María y el parto indoloro sin necesidad de ayuda humana. El citado Protoevangelio destaca la grandeza del recién nacido con toda una serie de sucesos prodigiosos, como la curación por un ángel de la mano carbonizada de la partera Salomé, que se atrevió a meterla en el vientre de María para probar su virginidad…

Entre la parábola, el «mito» y la leyenda

 

   En el tiempo de la redacción de los Evangelios y en tiempos posteriores, ortodoxos y herejes tuvieron mucho interés por completar y adornar la vida de Jesús, escuetamente apuntada en aquéllos. Y a los géneros literarios de los textos canónicos se añadieron otros géneros, como la leyenda, la fábula, los mitologemas… Se ha abusado de la palabra mito -en principio, una seria  narración primitiva no racional sobre las causas de las cosas y de los sucesos- para darle a tal expresión sólo el significado de irrealidad, irracionalidad, cuando no falsedad intencionada o patraña. Se llama también mitológico el uso del lenguaje de la imagen cosmológica antigua del mundo, que tenían los escritores del tiempo, con su doble plano de abajo-arriba. tierra-cielo, interior-exterior, que hoy se traduce por heteronomía-autonomía. Así, los gnósticos, entre los primeros desviados de la ortodoxia, para describir la redención, hablaban de un ser preexistente, que cruzaba físicamente las esferas y se presentaba en nuestro mundo para desaparecer de nuevo, una vez cumplida su misión.

Pero la  encarnación del Verbo o Logos en sentido cristiano significa sólo la asunción de una existencia humana en el mundo mediante la palaba eficaz de Dios. No presupone  una cosmología de dos plantas, sino la dualidad Dios-mundo. Dios actúa en la encarnación como actuó en la obra creadora, y sigue actuando en el mundo creado como siempre. Sólo que en la encarnación de Cristo la acción creadora tiene como resultado una nueva relación Dios-mundo. Dios se reserva la creación para su Logos eterno, una existencia humana en el mundo mediante el nacimiento humano, sin que haya un descenso físico del Logos. La inviolabilidad de la transcendencia divina fue precisamente el sentido de las controversias filosófico-eclesiales sobre la encarnación frente al arrianismo, apolinarismo, monofisismo… Cómo era posible una verdadera unidad de Dios y hombre, sin lesionar esa transcendenca divina. Y la Iglesia sostuvo, por otra parte, frente a los sostenían sólo una aparente presencia humana de Cristo, una verdadera presencia del Dios humanado en el mundo, desmitologizada, una verdadera historia objetiva de Dios.

Claro que hubo quienes para explicarse a sí mismos y a otros esta inmensa realidad, que sobrepasa toda capacidad humana, echaron mano de mitologemas. Los evangelistas lo hicieron, como lo hizo Jesús, por medio de lenguaje parabólico, pedagógico, contenido, y a la vez, lo más realista posible. Otros, como los Evangelios apócrifos de su tiempo, abusaron de la leyenda para decorar y amplificar, como vamos a ver, los relatos lacónicos de los Evangelios.

 

¿La diversidad nos enriquece?

 

   La diversidad es ante todo un reto, porque nos obliga a recconocerla, a respetarla si es respetable y, en su caso, a cultivar un estrato o estratos varios de esa diversidad. Pero esa diversidad, que ahora muchos blanden como valor supremo, muy por encima de la unidad, de la igualdad o de la solidaridad, no nos enriquece, sino que nos empobrece, si es sólo una salida, un escape, un álibi, un pretexto, una excusa, una ocasión… para la segregación, el aislamiento, el complejo de superioridad cuando no de supremacismo.

Reflexiones cristológicas (y VI). Los Padres latinos

 

San Agustín fue adquiriendo poco a poco una visión más profunda de la unidad y la distinción en Cristo. Su formación cristológica  es muy afín a la antioquena. Durante su estancia en Milán había conocido la doctrina arriana y la apolinarista. Pero Agustín sostuvo firmemente la integralidad de la naturaleza humana de Cristo, aunque le costó justificar la plena transcendencia de su persona frente a todas las interpretaciones de la misma, la de los maniqueos, por ejemplo, a cuya secta había pertenecido. En su madura obra De Trinitate encontramos la fórmula de la distinción entre naturaleza y persona: Naturaleza es algo que se tiene en común. Persona es algo singular e individual. Y en otra ocasión, esta otra fórmula cristológica de largo futuro: Una sola persona que consta de dos sustancias: una sola persona en ambas naturalezas.

En su célebre carta a Volusiano, la comparación antropológica es el punto de partida para la solución del problema cristológico. El foso que hay que salvar en la unión de alma y cuerpo es mayor que en la unión de Dios y hombre. En Cristo el cuerpo se une a la divinidad «anima mediante». Tenemos, pues, en Cristo el caso más facil de la unión de dos seres racionales: la divinidad y el alma.

Pero Agustín no va más allá de la idea de una unión de naturalezas. Sólo de esa unión surge como resultado una persona. El obispo de Hipona entiende esta unidad desde presupuestos neoplatónicos, desde la consustancialidad entre la divinidad y el alma humana, una unión sin mezcla. El alma no es sólo un verdadero factor teológico. sino que funge un papel de mediación. Es un escudo protector entre le divinidad y la carne, quedando la majestad del Verbo alejada de la debilidad del cuerpo humano.

El santo africano habla también de la unión de Cristo con la Iglesia y de la boda mística entre el Verbo y la humanidad en el seno de María como cámara nupcial. Y emplea la bella pero vaga expresión del Christus totus para atribuir al totus Christus aquello que no quiere enunciar del Jesus terreno. Lo que no invalida, ni mucho menos, su encarnación histórica.