Un corazón limpio

 

          En el funeral de mi prima Teresa en la iglesia de mi pueblo, tras la la lectura de las Bienaventuranzas, el párroco Rafael, siempre breve, siempre certero, ha sancionado la creencia general del pueblo de que Teresa era una santa, con una afirmación repetida sobre su corazón limpio. Era un corazón limpio, lo ha dicho con tal énfasis, con tal convicción, delante de sus hijos, de sus nietos, y de todo el pueblo, que para mí y, estoy seguro que para muchos también, ha sido mucho más que una frase, que un elogio sin más. Ha sido toda una proclamación eclesial.