En algunos de los llamados Evangelios apócrifos -no canónicos-, de muy diverso origen y contenido, encontramos algunos de esos intentos de completar y adornar los cuatro Evangelios que hizo suyos la Iglesia primitiva, con una serie de datos legendarios y fantasiosos, algunos de los cuales han pasado a las tradiciones de la Iglesia griega y latina: la cueva de Belén, la natividad milagrosa de María, la estancia de ésta en el templo hasta su pubertad, la designación maravillosa de José para esposo y guardián de la madre de Jesús…
Así, por ejemplo, el llamado Protoevangelio de Santiago, redactado entre el siglo II y IV, y de procedencia helenista de Egipto o Asia Menor, se empeña sobre todo en defender la virginidad física de María, tal vez sin entender que en el sentir de la primera iglesia la concepción virginal significa ante todo que Dios inicia la vida mesiánia de Jesús y prepara la salvación del hombre en Jesús, el Mesías, el Hijo del Altísimo. Para dar testimonio público de la inocencia de María y de José, el Protoevangelio monta un juicio de Dios, al que deben someterse los cónyuges ante el sacerdote judío y ente todo el pueblo. Se ofrece a ambos una copa con el agua del rito de los celos (Núm. 5, 11-35) y finalmente se confirma su inocencia ante todo el pueblo. El apócrifo Seudo Mateo les hace dar siete vueltas alrededor del altar.
El nacimiento de Jesús es descrito, igual que su concepción, como un suceso milagroso. Los apócrifos Ascensio Jesaiae, Acta Pedri y Odas de Salomón, destacan la integridad de María y el parto indoloro sin necesidad de ayuda humana. El citado Protoevangelio destaca la grandeza del recién nacido con toda una serie de sucesos prodigiosos, como la curación por un ángel de la mano carbonizada de la partera Salomé, que se atrevió a meterla en el vientre de María para probar su virginidad…