Entre la parábola, el «mito» y la leyenda

 

   En el tiempo de la redacción de los Evangelios y en tiempos posteriores, ortodoxos y herejes tuvieron mucho interés por completar y adornar la vida de Jesús, escuetamente apuntada en aquéllos. Y a los géneros literarios de los textos canónicos se añadieron otros géneros, como la leyenda, la fábula, los mitologemas… Se ha abusado de la palabra mito -en principio, una seria  narración primitiva no racional sobre las causas de las cosas y de los sucesos- para darle a tal expresión sólo el significado de irrealidad, irracionalidad, cuando no falsedad intencionada o patraña. Se llama también mitológico el uso del lenguaje de la imagen cosmológica antigua del mundo, que tenían los escritores del tiempo, con su doble plano de abajo-arriba. tierra-cielo, interior-exterior, que hoy se traduce por heteronomía-autonomía. Así, los gnósticos, entre los primeros desviados de la ortodoxia, para describir la redención, hablaban de un ser preexistente, que cruzaba físicamente las esferas y se presentaba en nuestro mundo para desaparecer de nuevo, una vez cumplida su misión.

Pero la  encarnación del Verbo o Logos en sentido cristiano significa sólo la asunción de una existencia humana en el mundo mediante la palaba eficaz de Dios. No presupone  una cosmología de dos plantas, sino la dualidad Dios-mundo. Dios actúa en la encarnación como actuó en la obra creadora, y sigue actuando en el mundo creado como siempre. Sólo que en la encarnación de Cristo la acción creadora tiene como resultado una nueva relación Dios-mundo. Dios se reserva la creación para su Logos eterno, una existencia humana en el mundo mediante el nacimiento humano, sin que haya un descenso físico del Logos. La inviolabilidad de la transcendencia divina fue precisamente el sentido de las controversias filosófico-eclesiales sobre la encarnación frente al arrianismo, apolinarismo, monofisismo… Cómo era posible una verdadera unidad de Dios y hombre, sin lesionar esa transcendenca divina. Y la Iglesia sostuvo, por otra parte, frente a los sostenían sólo una aparente presencia humana de Cristo, una verdadera presencia del Dios humanado en el mundo, desmitologizada, una verdadera historia objetiva de Dios.

Claro que hubo quienes para explicarse a sí mismos y a otros esta inmensa realidad, que sobrepasa toda capacidad humana, echaron mano de mitologemas. Los evangelistas lo hicieron, como lo hizo Jesús, por medio de lenguaje parabólico, pedagógico, contenido, y a la vez, lo más realista posible. Otros, como los Evangelios apócrifos de su tiempo, abusaron de la leyenda para decorar y amplificar, como vamos a ver, los relatos lacónicos de los Evangelios.