La diversidad es ante todo un reto, porque nos obliga a recconocerla, a respetarla si es respetable y, en su caso, a cultivar un estrato o estratos varios de esa diversidad. Pero esa diversidad, que ahora muchos blanden como valor supremo, muy por encima de la unidad, de la igualdad o de la solidaridad, no nos enriquece, sino que nos empobrece, si es sólo una salida, un escape, un álibi, un pretexto, una excusa, una ocasión… para la segregación, el aislamiento, el complejo de superioridad cuando no de supremacismo.