La descripción de la estrella milagrosa en el nacimiento de Jesús y en la llegada de los Magos, vaticinada por Balaán, nos retrotrae a la teología mesiánica, fundamentada en divesos textos bíblicos, desde el Génesis a varios profetas, pero dio lugar a muy variadas interpretaciones de los primeros escritores cristianos y algunos Padres. Todavía hoy muchos se entretienen con enrevesados cálculos astronómicos. Justino y Orígenes ven a Jesús bajo la guía de la estrella de los magos como el vencedor de los poderes maléficos ya desde el nacimiento, y Agustín infiere del episodio el triunfo sobre el destino porque Cristo es el Verbo.
Los versículos de Lucas, 2, 41-52 sobre la infancia de Jesús dio pie a numerosas versiones. El Evangelio de la Infanca de Tomás, probablemente obra de un helenista del final del siglo II, crea la figura de Jesús c omo niño omnisciente y obrador de milagros. Es todo un niño prodigio, que hace cosas absurdas y hasta moralmente reprobables. Pone su omnipotencia al servicio de su afán de venganza y crueldad, y cuando se siente ofendido, no respeta ni la integridad física ni la vida ajena: Iba otra vez por medio del pueblo y un muchacho, que venía corriendo, fue a chocar contra sus espaldas. Irritado Jesús, le dijo: No proseguirás tu camino. E inmediatamene cayó muerto el rapaz.
Los padres del muerto increparon a José, el padre de Jesús y le amenazaron con expusarlos del pueblo. Tras amonestar José a su hijo por lo que había hecho, éste, que por respeto hacia él, no quiso decirle nada, anunció que los padres del rapaz muerto recibirían un castigo. Y en el mismo momento aquellos padres quedaron ciegos…
Como se ve, muchos en aquel tiempo no habían entendido bien la doctrina de las dos naturalezas, y menos la de que Jesús era hombre como los demás, hombre perfecto, como le llamó un futuro Concilio.