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La entrevista a Manuel Valls

 

   La entrevista, ayer por la noche en La Sexta, del ex primer ministro francés, Manuel Valls, candidato a la alcaldía de Barcelona, hecha por la periodista Ana Pastor, me representó el contraste: entre una progresista española, interesada por lo políticamente correcto (izquierda-derecha; monarquía-república; VOX, feminismo…), buenista (inmigración, orden público…), dialoguista (separatismo, inmersión lingüística, violencia y odio étnicos…) y un político avezado y realista, hombre de País, de Nación, de Estado, de Unión Europea: mucho más que un candidato cualquiera a la alcaldía de Barcelona.

Problemas

 

         Es demasiado fácil decir que los problemas que se resuelven con dinero no son problemas. O que no hay problema alguno. Y hasta que el verdadero problema son nuestros falsos problemas. Es verdad que algunos de ellos son falsos y hasta falsísimos. Porque pro-blema es aquello que nos sale al paso y nos impide avanzar. Y lo cierto es que no siempre el problema es la idea que uno tiene sobre una determinada situación, sino que a veces el impedimento real existe, y es parte del dolor, del sufrimiento humano, y tal vez no fácilmente superable. Aunque igualmente es cierto que algunos de esos muchos problemas, que nosotros endilgamos a los otros -¡los demás!-, son solamente nuestros, o mayormente nuestros, dependiendo su resolución, en buena parte o totalmente, de nosotros. Y entonces, sí, entonces los problemas que se nos ponen delante de nuestro camino vital -la vida es sobre todo camino- pueden ser, antes y después de ser resueltos, unas estupendas oportunidades para avanzar.

Magister historiae

 

         Si de la historia pudo decir Cicerón que es la maestra de la vida (magistra vitae), del dolor, moral y físico, podríamos decir que es el maestro de la historia (magister historiae), maestro de la historia, de la vida de los hombres. Sólo el dolor, que puede comenzar con una contrariedad y acabar en la enfermedad y en la muerte, nos enseña que no somos dioses, que somos hombres finitos, limitados, contradictorios, frágiles, débiles, enfermizos, inconstantes… Sólo el dolor, ese dolor de las mil clases y variedades, nos puede ayudar a derrocar, al decir de los ascetas y místicos de nuestro tiempo, al principal de los ídolos, que es el bienestar. El bienestar egoísta y solitario, entendido como fin en sí mismo, que rehúye todo realismo, toda fraternidad con el prójimo de cerca y de lejos. El dolor, sin llegar a un estúpido dolorismo, y menos a su culto, repugnante por antihumano, es doctor en realismo y nos hace realistas, hijos como somos de la realidad, aunque pretendamos mejorarla y humanizarla. El dolor nos hace sensibles a la realidad dolorida de los otros. El dolor, si sabemos entenderlo, acotarlo, domesticarlo, nos hace más humanos, qué digo, nos hace plenamente humanos, capaces de abrirnos a cualquier ultra-humanidad.

Asombro

 

         El asombro es, como se sabe, el principio de la filosofía. Pero también seguramente del arte, de la ciencia, de la religión… Sólo un hombre, a la sombra de la luz causada por el enigma, el acontecimiento extraordinario, el misterio… puede autoreflexionar y reflexionar, preguntarse por sí mismo, por su vida y la vida de los otros, y emprender acciones artísticas, científicas, culturales, religiosas. A los hombres asombrados por el origen y la realidad de otros hombres, de las cosas y de los acontecimientos,  se contraponen los hombres embotados o aturdidos entre los hombres, las cosas y los acontecimientos, sin reparar en su origen, su valor o su excelencia. El asombro nos saca del reducido ámbito de nosotros mismos y de nuestras rutinas para transcenderlas y transcendernos. El asombro nos confronta siempre con realidades superiores. El asombro, incluso el más cotidiano, prueba inequívoca de la conciencia de nuestra finitud y de una consecuente y radical humildad, es el alimento más nutricio del espíritu humano, de por sí creador y recreador en su aventura mundana.

Sueños

No se puede confundir vida con fantasía, pero sin fantasía tampoco hay vida verdadera. Esa loca de la casa, como la llamaba Santa Teresa, imaginación activa o desatada, o creadora, es también una potencia de nuestra inteligencia sentiente, muy relacionada con la memoria y con la voluntad, pero también con la razón y con los sentimientos, dentro de la unidad común. Todo depende de la disciplina mutua, de la mutua coordinación. Sin sueños -no es lo mismo los fantásticos que los fantasiosos-, desaparece una de dimensiones más intensas y hermosas de la vida. Sin sueños no hay amor, amistad, entretenimiento, arte… Los sueños también alegran la habitual vida cotidiana. Todo proyecto, objeto propio de la voluntad, ya es, en principio, un sueño. Los sueños no tienen por qué defraudarnos, si no nos empeñamos en soñar castillos en el aire. Y, si lo sueños nocturnos son combinaciones más o menos caprichosas, más o menos lógicas, de recuerdos, hábitos, sensaciones…, los sueños despiertos son combinaciones de todas las potencias del espíritu encarnado, corpóreo. No son, de por sí, opuestos a la realidad, sino una realidad tan intensa como otra cualquiera. Y a veces, la más bella. O la más humana, quién sabe.

Conciencia

 

         Ser consciente es darnos cuenta a nosotros mismos de nosotros mismos: de nuestros pensamientos, voliciones, sentimientos, sensaciones, en la unidad de nuestra inteligencia sentiente, de nuestro cuerpo almado, de nuestro espíritu corpóeo, de nuestro único y unido ser. Pero ser consciente no significa tener que llevar a cabo un perpetuo análisis minucioso -introspección- de cada uno de nuestros movimientos, tomando conciencia a cada paso de ellos. También lo es vivir sintéticamente, plenamente, cada momento de nuestra vida haciendo lo que tenemos que hacer. Como tener una buena temperatura vital no quiere decir que de continuo nos tomemos esa temperatura, tomándonos el pulso o poniendonos el termómetro.

Encastillados

 

      El mayor tiempo de nuestra vida, o, al menos, largos períodos de tiempo, vivimos encastillados. Intensa palabra para significar que vivimos en un castillo, almenado o no, poco importa: en un fortín, en una fortaleza. Que hemos hecho de nuestra persona un baluarte, un conjunto defensivo para proteger el perímetro de nuestra existencia. ¿Para defendernos de los enemigos? No sólo eso, aunque sí en muchos casos, porque desde una fortaleza muchos de los que se acercan a ella siempre parecen enemigos. Pero sobre todo para asegurar lo que creemos nuestro y sólo nuestro, propiedad exclusiva de los encastillados.

Vinieron los Reyes

 

Vinieron los Reyes
a todas partes.
A todas las ventanas,
plazas y calles.

Llenos de regalos
y sorpresas reales.
Ilusión de pequeños,
gozo de grandes.

Pero  olvidaron
lo más importante:
anunciar al Niño,
que una estrella errante
les mostró en Belén,
unos días antes…

A los Magos les pido

 

A los Magos les pido,
les pido a los Magos
el regalo mejor,
el mejor regalo:
que me traigan al Niño
que en Belén encontraron.

 

Que se olviden del oro,
incienso y mirra
de todos los años…
Que no sirven de mucho
y pronto desechamos.

 

A los Magos les pido…

 

Que me traigan al Niño,
un refugiado,
y se libre de Herodes,
Faraón redivivo,
y sus lacayos.

 

A los Magos les pido,
les pido a los Magos
el regalo mejor,
el mejor regalo:
que me traigan  al Niño
que en Belén encontraron.