El asombro es, como se sabe, el principio de la filosofía. Pero también seguramente del arte, de la ciencia, de la religión… Sólo un hombre, a la sombra de la luz causada por el enigma, el acontecimiento extraordinario, el misterio… puede autoreflexionar y reflexionar, preguntarse por sí mismo, por su vida y la vida de los otros, y emprender acciones artísticas, científicas, culturales, religiosas. A los hombres asombrados por el origen y la realidad de otros hombres, de las cosas y de los acontecimientos, se contraponen los hombres embotados o aturdidos entre los hombres, las cosas y los acontecimientos, sin reparar en su origen, su valor o su excelencia. El asombro nos saca del reducido ámbito de nosotros mismos y de nuestras rutinas para transcenderlas y transcendernos. El asombro nos confronta siempre con realidades superiores. El asombro, incluso el más cotidiano, prueba inequívoca de la conciencia de nuestra finitud y de una consecuente y radical humildad, es el alimento más nutricio del espíritu humano, de por sí creador y recreador en su aventura mundana.