Sueños

No se puede confundir vida con fantasía, pero sin fantasía tampoco hay vida verdadera. Esa loca de la casa, como la llamaba Santa Teresa, imaginación activa o desatada, o creadora, es también una potencia de nuestra inteligencia sentiente, muy relacionada con la memoria y con la voluntad, pero también con la razón y con los sentimientos, dentro de la unidad común. Todo depende de la disciplina mutua, de la mutua coordinación. Sin sueños -no es lo mismo los fantásticos que los fantasiosos-, desaparece una de dimensiones más intensas y hermosas de la vida. Sin sueños no hay amor, amistad, entretenimiento, arte… Los sueños también alegran la habitual vida cotidiana. Todo proyecto, objeto propio de la voluntad, ya es, en principio, un sueño. Los sueños no tienen por qué defraudarnos, si no nos empeñamos en soñar castillos en el aire. Y, si lo sueños nocturnos son combinaciones más o menos caprichosas, más o menos lógicas, de recuerdos, hábitos, sensaciones…, los sueños despiertos son combinaciones de todas las potencias del espíritu encarnado, corpóreo. No son, de por sí, opuestos a la realidad, sino una realidad tan intensa como otra cualquiera. Y a veces, la más bella. O la más humana, quién sabe.