Magister historiae

 

         Si de la historia pudo decir Cicerón que es la maestra de la vida (magistra vitae), del dolor, moral y físico, podríamos decir que es el maestro de la historia (magister historiae), maestro de la historia, de la vida de los hombres. Sólo el dolor, que puede comenzar con una contrariedad y acabar en la enfermedad y en la muerte, nos enseña que no somos dioses, que somos hombres finitos, limitados, contradictorios, frágiles, débiles, enfermizos, inconstantes… Sólo el dolor, ese dolor de las mil clases y variedades, nos puede ayudar a derrocar, al decir de los ascetas y místicos de nuestro tiempo, al principal de los ídolos, que es el bienestar. El bienestar egoísta y solitario, entendido como fin en sí mismo, que rehúye todo realismo, toda fraternidad con el prójimo de cerca y de lejos. El dolor, sin llegar a un estúpido dolorismo, y menos a su culto, repugnante por antihumano, es doctor en realismo y nos hace realistas, hijos como somos de la realidad, aunque pretendamos mejorarla y humanizarla. El dolor nos hace sensibles a la realidad dolorida de los otros. El dolor, si sabemos entenderlo, acotarlo, domesticarlo, nos hace más humanos, qué digo, nos hace plenamente humanos, capaces de abrirnos a cualquier ultra-humanidad.