El mayor tiempo de nuestra vida, o, al menos, largos períodos de tiempo, vivimos encastillados. Intensa palabra para significar que vivimos en un castillo, almenado o no, poco importa: en un fortín, en una fortaleza. Que hemos hecho de nuestra persona un baluarte, un conjunto defensivo para proteger el perímetro de nuestra existencia. ¿Para defendernos de los enemigos? No sólo eso, aunque sí en muchos casos, porque desde una fortaleza muchos de los que se acercan a ella siempre parecen enemigos. Pero sobre todo para asegurar lo que creemos nuestro y sólo nuestro, propiedad exclusiva de los encastillados.