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Navidad

 

Perfecto en su humanidad

eumdenque perfectum in deitate, et eumdem perfectum in humanitate, Deum verum et hominem verum…

( Concilio de Calcedonia, 451)

 

Si Jesús, Hijo de Dios
era el hombre perfecto
(totalmente hombre,
                            para entendernos),
según aquéllos padres conciliares,
perfecto fue en Nazaret su nacimiento.
Perfecto el parto de su madre, virgen,
con su dolor, su soledad, su miedo.
Y perfecto su padre putativo
ante el protagonismo del misterio.

Perfecta la oscuridad de su trabajo.
Perfecta la opacidad de su silencio.

Teólogos, testigos y poetas,
más tarde, tras guerras y destierros,
reflexiones y largas controversias,
la perfección antigua convirtieron,
para lección de todos sus lectores,
en poemas, parábolas y ejemplos.
Y tomando las pautas de la Biblia
y los libros actuales del Imperio,
revisaron la historia cotidiana
a la luz de la fe en el Nazareno:

Nazaret fue el Belén del rey David.
Herodes, Faraón cruel, sangriento,
que mata a sospechosos inocentes.
Jesús, Moisés del Nuevo Testamento,
muy superior a Juan y a los Profetas,
muy superior al César y sus reinos.
Él es el único Hijo de Dios
y la Luz que ilumina el universo.
La esperanza de todas las naciones.
El principio  de los mejores  tiempos.

Pero hombre hasta el tuétano del ser,
él fue el hombre total, hombre perfecto.

Reflexiones cristológicas (V) Los Padres latinos del siglo IV

 

La cristología occidental del siglo IV se apoyó fundamentalmente en la doctrina del papa Dámaso y amplió el esquema del Logos-Anthropos, básicamente tradicional. San Ambrosio, nacido probablemente en Tréveris, Arles o Lyon, c. 340, hijo de un prefecto romano en las Galias, y  gobernador consular de Liguria en tiempos del emperador Valentiniano, fue elegido por el pueblo cristiano obispo de  Milán el año 374, cuando todavía no estaba bautizado. Y ejerció su ministerio hasta el año de su muerte (397). Milán era una sede que había sido ocupada por obispos arrianos y era uno de los epicentros del Imperio. Ambrosio, que había recibido una esmerada instrucción en griego y en latín, estudió a los Padres griegos y especialmente a Orígenes, y mantuvo una estrecha relación con los teólogos orientales. Mantuvo su autoridad ante los emperadores afectos al arrianismo y es célebre en la historia de la pintura su pública reprensión al emperador cristiano Teodosio, culpable de una matanza vengativa de soldados, y a quien atendió también en la hora de su muerte.

Escribió obras teológicas y escriturísticas, pero la mayoria de sus escritos, muchas veces recogidos por sus fieles, fueron cartas, homilías, discursos pastorales. Fue también, siguiendo a San Hilario de Potiers, autor de muchos himnos litúrgicos y el introductor de los mismos en la liturgia. Desde el punto de visto cristológico que nos interesa, Ambrosio insistió mucho en la naturaleza del hombre completo. Cristo tuvo un cuerpo con una alma perfecta y un espíritu perfecto. En Ambrosio el alma  de Cristo no es sólo una realidad física, sino tambien teológica, y, unida como está a la divinidad, es principio real de su formación, de su progreso y, por tanto, de nuestra redención. La dualidad de Cristo queda patente en sus obras, divinas o humanas (operis distinctione), no en la diversidad de la persona (non varietate personae)., que es única.

Más que de su padre espiritual, Ambrosio, de quien recibió el bautismo, depende Agustín de Hipona (354-430) de su paisano, igualmente converso, Cayo Mario Victorino, o Mario Fabio Victorino, o Victorino Afer (el africano), nacido c. año 300. Gramático, retórico, filósofo, maestro de retórica en Roma, escribió varios libros de su especialidad antes de su convesión, anterior al año 361. El año 362, el edicto del emperador Juliano le obligó a abandonar su profesión. Se ha perdido la mayoría de su obra publicada tras su conversión. Se conservan, en cambio, varios tratados antiarrianos, varios comentarios a epístolas de San Pablo y tres himnos trinitarios. Victorino vio con claridad que el Logos asumió al hombre integral en cuerpo y alma, al logos del alma y al logos de la carne, y con ellos, en una visión cósmica, la totalidad de las almas y de los cuerpos de los hombres, para salvarlos a todos: No sólo asumió al hombre, sino que se hizo hombre, es una de sus expresiones afortunadas.

Enjaulados en su trampa

 

Qué tristeza, qué vergüenza, qué bochorno lo sucedido ayer y anteayer en Barcelona. Lo resume bien Rubén Amón en El País, en lo que respeccta al presidente del Gobierno: Sánchez enjaulado en su trampa. Pero hay algo peor. Sin elecciones, nos tiene enjaulados al conjunto de los españoles.

Reflexiones cristológicas (IV) Los Padres latinos del s. IV

 

En los primeros tres siglos de la Era cristiana, hubo una estrecha comunión entre las Iglesias de Oriente y Occidente, como hemos visto en las entregas anteriores. La teología occidental, sobre todo desde San Cipriano, Tertuliano y el papa Dámaso, se sumó al titánico esfuerzo de los teólogos orientales por propagar y defender la verdadera doctrina evangélica, antes y después del Concilio de Nicea.

Nacido en una familia  de la  aristocracia romana local, Hilario de Poitiers (c.315-367), se convirtió al cristianismo ya casado y con un hija, y el pueblo le proclamó obispo de su ciudad natal y santo tras su muerte. Perseguido por los arranos, fue desterrado durante cinco años por el emperador Constancio II a Frigia, donde aprendió griego y conoció a los teólogos orientales. Escribió contra los arrianos el tratado De Trinitate, el mejor hasta entonces y precedente del que escribió San Agustín. Fue llamado el San Atanasio de Occidente. Tenía nociones muy claras sobre el alma de Cristo, que reconocía sin ambages, antes de que estallara la disputa apolinarista, y elaboró una doctrina sobre la Encarnación relativamente completa para el siglo IV.  Distinguía tres tiempos en la historia de la salvación: el de la preexistencia del Verbo, el de su kénosis en el mundo y el de su exaltación. En ese segundo tiempo, su  teoría de la divinización es tan predominante, que llega a reclamar la impasibilidad para el el cuerpo y el alma de Cristo, alejando de él todo dolor y tristeza, ya que, en su opinión, no posee una naturaleza destinada al sufrimiento. Su teología de la glorificación, que realza la divinidad de Cristo, postula incluso la total exención de las servidumbres humanas, incluidas las de comer y beber. Y aunque la pasión y la muerte son una realidad, afirma al mismo tiempo que no supuso un dolor para el que las sufrió. Según Hilario, la verdadera realidad del cuerpo y alma de Cristo es el estado de transfiguración. Tras su muerte, su humanidad es elevada a la gloria de Dios. Es, pues su cristología una cristología divinizadora y unitiva en el marco del Logos-Anthropos, pero con una visión muy pobre de su humanidad.

El Padre latino más conocido después de San Agustín, es el dálmata Jerónimo ( 331/347-420). Educado en Roma en la escuela de Elio Donato en lenguas clásicas, se retiró después como monje al desierto, donde aprendió hebreo, que le valió mucho para su  posterior y famosa traducción de la Biblia al latín, llamada la Vulgata. Volvió a Roma, donde fue secretario del papa Dámaso. Se retiró después a una cueva de Belén, donde vivió dedicado a la oración y al estudio. Discípulo, como él se llama, de Apolinar y de Orígenes,  subraya  siempre en sus escritos la humanidad de Cristo, en su cuerpo y en su alma, con sus pasiones y libídines, asumidos ambos por el Verbo a fin de salvar a ambos. Pero San Jerónimo no se demora sobre la cuestión metafísica de la unidad entre Dios y el hombre. Célebre, por otra parte, es su inefable devoción a la humanidad de Cristo, mucho más importante para su piedad que para su teología.

Reflexiones Cristológicas (III) Del papa Dámaso a San Efrén

La Iglesia de mediados del siglo IV en el Próximo Oriente estaba cansada de las viejas e interminables controversias teológicas, especialmente antiarrianas, y era reacia a nuevas disputas, y todavía más a cambiar lo ya definido y fijado en el Concilio de Nicea (325). La tesis apolinarista sobre Cristo arraigó también en la Iglesia de Antioquía, la primera sede patriarcal en Oriente gracias al presbítero antioqueno Vital. Pero se enfrentaron a ella, entre otros, Epifanio de Chipre  y el papa Dámaso. San Epifanio (c. 310/320-403) judío de nacimiento y convertido, fue monje en Egipto y después obispo de Salamina y metropolitano de Chipre: entre sus obras está el famoso Pamarion («cofre de medicinas» contra las herejías). El papa Dámaso (366-384) estableció el esquema Logos-Antrhopos (Palabra-Hombre), base de la nueva cristología, que afirma la unidad de un solo Cristo, plenamente humano: Lo que no es asumido no es redimido. En los Sínodos romanos de los años 377 y 382, Apolinar y algunos de sus seguidores, como Vital, fueron condenados, lo mismo que en el Sínodo de Antioquía, del año 379. En este último tomó parte  el monje teólogo antioqueno Diodoro, maestro de San Juan Crisóstomo, nombrado obispo de Tarso, experto apologeta que defendió los dogmas cristianos y rebatió las impugnaciones del emperador Juliano el Apóstata. Perseguido y varias veces desterrado por los emperadores arrianos, Diodoro se conviritió en figura clave de la Escuela Antioquena y fue hombre clave en el Concilio ecuménico Constantinopolitano I (381), que condenó igualmente el apolinarismo pero en términos generales. También lo hizo por su cuenta Diodoro, acusándolo de menoscabar la divinidad de Cristo, pero no de menoscabar su humanidad.

Contemporáneo de Diodoro fue el diácono sirio Efrén, quien después del año 363 se retiró a Edesa, principal centro del judeocristianismo mesopotámico, tras la conquista persa de Nísibe, donde vivía. Efrén, San Efrén, el sirio, es conocido por sus numerosos himnos teológico-litúrgicos, en los que sobresalen las variadísimas calificaciones de Dios y de Jesús: Primogénito, Amado, Revelador, Palabra, Sabiduría, Segundo Adán, Mediador, Apóstol, Maestro, Médico, Héroe, Roca, Pastor de la Iglesia, Rey, Puente, Juez, Perdonador… Canta el diácono sirio el proceso de salvación del hombre por medio de una interpretación ancestral judeo-cristiana -bajada de Cristo al sheol (el infierno de los muertos)- y repasa la historia de las herejías de su tiempo, pero sin disputar técnicamente con ellas.

San Efrén representa una cristología desde arrriba y arranca de la divinidad desde la que contempla todo el proceso del Humanado. Pero, aun reconociendo la humanidad completa del mismo, no descubrió el mundo interior de Cristo hombre, ni distinguió en él la voluntad divina de la voluntad humana. Como en Diodoro, eran todavía grandes las insuficiencias del debate teológico de su tiempo para poder definir (delimitar) la unidad y la diversidad de Dios hecho hombre.

 

Reflexiones Cristológicas (II) Arrianismo y Apolinarismo

 

Las grandes categorías filosóficas de la teología cristiana, Ousía, Physis, Hipóstasis y Prósopon aparecen íntimamente ligadas en Apolinar de Laodicea para interpretar la unidad personal de Cristo, porque el Logos, como principio motor, es la única fuente de todo movimiento vital. Un solo ser viviente. Reduce así esa unidad personal a la mera unidad de  naturaleza vital: Las Sagradas Escrituras no establecen ninguna separación entre el Logos y su carne, sino que el mismo ser (Autós) es una sola physis, una sola hypóstasis, un solo poder (enérgeia), un solo prósopon, plenamenrte Dios y plenamente hombre.

Si bien los apolinaristas se diferencian de los arrianos en que aquéllos afirman la divinidad del Logos y su consustancialidad con el Padre, ambos comparten la negación explícita del alma humana de Cristo. La verdad es que la teología del Logos-Sarx influyó mucho en toda la escuela alejandrina. El mismo Atanasio, como vimos, evitaba la afirmación expresa del alma de Cristo, así como su negación, aunque sin aplicar tal esquema a la cristología, como hizo Apolinar.

Pero la consecuencia de dicho esquema, abandonando la doctrina del alma de Cristo, fue un desconocimiento de toda la parte humana y de la dimensión psicológica de Jesucristo. Lo que equivalía, digámoslo claro, a su deshumanización.

Reflexiones Cristológicas (I) El Apolinarismo

 

      En diciembre de 2013 y enero de 2014, escribí seis entregas tituladas Reflexiones Cristológicas, sobre el desarrollo de la teología de la Encarnación desde comienzos del siglo III hasta San Atanasio, tras el concilio de Nicea. Pretendo ahora continuar, en otras tantas, aquellas sencillas reflexiones con motivo de la Navidad. Fueron intentos heroicos de aplicar la filosofía griega del momento a las afirmaciones de la Escritura a fin de poder entender y hacer entender mejor el lenguaje del misterio cristiano. Más allá del éxito eclesial o mundano, nos aparece hoy, más que nunca, apasionante el esfuerzo gramatical, intelectual, pedagógico, pastoral… por conseguir el alto fin propuesto, creando al mismo tiempo, aun sin propósito explícito, las primeras estructuras de la filosofía no sólo europea. sino universal.

El apolinarismo, anterior al joven obispo de Laodicea, Apolinar el Joven (+ c. 392) es una cristología arriana evolucionada. Su objetivo básico no fue diferente del marcado por el Sínodo del año 268, arrriba mencionado: combatir la la cristología disociativa  de Pablo de Samosata y de los llamados Paulinianos, que tenían a Cristo como un puro hombre. El temor a la separación y el empeño por asegurar la unidad en el Logos humanado son dos componentes del ideario apolinarista. Por eso el apolinarismo primitivo intenta aglutinar y fundir a  Dios y al hombre en Cristo de modo indiscriminado y sustancial.

La unidad sustantiva del hombre como síntesis de cuerpo y alma es el esquema metafísico que utilizan los apolinaristas y con ellos Apolinar para interpretar la realidad de Cristo. Digamos antes de que sea tarde, que el obispo de Laodicea, una de las ciudades importantes del Imperio en Asia Menor (actual Turquía), famosa por sus filósofos y científicos, y una de las siete iglesias del Apocalipsis, era muy estimado por los Padres de la Iglesia, tanto griegos como latinos, de ssu tiempo. San Jerónimo le atribuye muchos volúmenes escritos sobre las Escrituras y varias apologías del cristianismo contra enemigos paganos de la talla de Porfirio, el emperador Juliano, o el arriano Eudomio… Todas sus obras se perdieron, y lo que sabemos de su doctrina es gracias a las impugnaciones escritas contra él por San Atanasio, San Gregorio Nacianceno, San Gregorio de Nisa o Teodoreto.

El Dios-hombre es para Apolinar una unidad compuesta en forma humana. Hacerse hombre el Logos es diferente de asumir a un hombre. Pero Apolinar afirma con toda claridad que para formar un verdadero hombre no es necesaria el alma humana: basta que el Espíritu se vincule a la carne en una unidad completa. En Cristo, pues,  hay un ser intermedio, compuesto de Dios y de hombre: No es por tanto -llega a escribir- plenamente hombre ni sólo Dios, sino una mezcla de Dios y hombre. Perdiendo así, como se ve, la necesaria tensión entre transcendencia e inmmanencia divinas, propia del misterio de la Encarnación.

Además, las partes de la unión no son de igual valor. El Espíritu divino posee absoluta primacía. Todo movimiento vital de la unidad divino-humana se encuentra en el Logos. Por eso defiende Apolinar una sola naturaleza en Cristo:  Mia Physis. Entendiendo ésta como el ser que se mueve a sí mismo. También un sola Ousía (substancia), porque del Logos emana uan sola fuerza vital, que anima la carne y aglutina ambos en unidad de vida y acción. Como se ve, la cristología tradicional del Logos-Sarx (Verbo-Carne) ha alcanzado su último logro.

El gobernador Sancho

 

     Sufriendo como sufrimos la desgracia de tantos malos gobernadores, cerca y lejos, en nuestro mundo de hoy, me parece hasta ejemplar el discurso de Sancho, en el capítulo XLIII de la Segunda Parte de El Quijote. Cuando, tras oír los primeros consejos de su señor  para el gobierno de la ínsula prometida, el buen escudero llega a dudar de la voluntad real de aquél, que le considera poco después un costal lleno de refranes y de malicias:

Señor -replicó Sancho-, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aqui le suelto, que más quiero un solo negro de la uña de mi alma que todo mi cuerpo, y así me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla como gobernador con perdices y capones, y más, que mientras se duerme todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, verá que sólo vuestra merced me ha puesto en esto de gobernar, que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre, y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.

 

Tercer Domingo de Adviento

 

La espera y la esperanza son las dos hermanas, menor y mayor, de la misma virtud. La menor aguarda. La mayor  se prepara.  La menor se ejercita. La mayor se reserva. La menor sale al encuentro, proactiva. La mayor queda en pie, reflexiva.