En los primeros tres siglos de la Era cristiana, hubo una estrecha comunión entre las Iglesias de Oriente y Occidente, como hemos visto en las entregas anteriores. La teología occidental, sobre todo desde San Cipriano, Tertuliano y el papa Dámaso, se sumó al titánico esfuerzo de los teólogos orientales por propagar y defender la verdadera doctrina evangélica, antes y después del Concilio de Nicea.
Nacido en una familia de la aristocracia romana local, Hilario de Poitiers (c.315-367), se convirtió al cristianismo ya casado y con un hija, y el pueblo le proclamó obispo de su ciudad natal y santo tras su muerte. Perseguido por los arranos, fue desterrado durante cinco años por el emperador Constancio II a Frigia, donde aprendió griego y conoció a los teólogos orientales. Escribió contra los arrianos el tratado De Trinitate, el mejor hasta entonces y precedente del que escribió San Agustín. Fue llamado el San Atanasio de Occidente. Tenía nociones muy claras sobre el alma de Cristo, que reconocía sin ambages, antes de que estallara la disputa apolinarista, y elaboró una doctrina sobre la Encarnación relativamente completa para el siglo IV. Distinguía tres tiempos en la historia de la salvación: el de la preexistencia del Verbo, el de su kénosis en el mundo y el de su exaltación. En ese segundo tiempo, su teoría de la divinización es tan predominante, que llega a reclamar la impasibilidad para el el cuerpo y el alma de Cristo, alejando de él todo dolor y tristeza, ya que, en su opinión, no posee una naturaleza destinada al sufrimiento. Su teología de la glorificación, que realza la divinidad de Cristo, postula incluso la total exención de las servidumbres humanas, incluidas las de comer y beber. Y aunque la pasión y la muerte son una realidad, afirma al mismo tiempo que no supuso un dolor para el que las sufrió. Según Hilario, la verdadera realidad del cuerpo y alma de Cristo es el estado de transfiguración. Tras su muerte, su humanidad es elevada a la gloria de Dios. Es, pues su cristología una cristología divinizadora y unitiva en el marco del Logos-Anthropos, pero con una visión muy pobre de su humanidad.
El Padre latino más conocido después de San Agustín, es el dálmata Jerónimo ( 331/347-420). Educado en Roma en la escuela de Elio Donato en lenguas clásicas, se retiró después como monje al desierto, donde aprendió hebreo, que le valió mucho para su posterior y famosa traducción de la Biblia al latín, llamada la Vulgata. Volvió a Roma, donde fue secretario del papa Dámaso. Se retiró después a una cueva de Belén, donde vivió dedicado a la oración y al estudio. Discípulo, como él se llama, de Apolinar y de Orígenes, subraya siempre en sus escritos la humanidad de Cristo, en su cuerpo y en su alma, con sus pasiones y libídines, asumidos ambos por el Verbo a fin de salvar a ambos. Pero San Jerónimo no se demora sobre la cuestión metafísica de la unidad entre Dios y el hombre. Célebre, por otra parte, es su inefable devoción a la humanidad de Cristo, mucho más importante para su piedad que para su teología.