Perfecto en su humanidad
…eumdenque perfectum in deitate, et eumdem perfectum in humanitate, Deum verum et hominem verum…
( Concilio de Calcedonia, 451)
Si Jesús, Hijo de Dios
era el hombre perfecto
(totalmente hombre,
para entendernos),
según aquéllos padres conciliares,
perfecto fue en Nazaret su nacimiento.
Perfecto el parto de su madre, virgen,
con su dolor, su soledad, su miedo.
Y perfecto su padre putativo
ante el protagonismo del misterio.
Perfecta la oscuridad de su trabajo.
Perfecta la opacidad de su silencio.
Teólogos, testigos y poetas,
más tarde, tras guerras y destierros,
reflexiones y largas controversias,
la perfección antigua convirtieron,
para lección de todos sus lectores,
en poemas, parábolas y ejemplos.
Y tomando las pautas de la Biblia
y los libros actuales del Imperio,
revisaron la historia cotidiana
a la luz de la fe en el Nazareno:
Nazaret fue el Belén del rey David.
Herodes, Faraón cruel, sangriento,
que mata a sospechosos inocentes.
Jesús, Moisés del Nuevo Testamento,
muy superior a Juan y a los Profetas,
muy superior al César y sus reinos.
Él es el único Hijo de Dios
y la Luz que ilumina el universo.
La esperanza de todas las naciones.
El principio de los mejores tiempos.
Pero hombre hasta el tuétano del ser,
él fue el hombre total, hombre perfecto.