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12 años de cuaderno de bitácora

  • Con una extensión de 1.456 páginas el autor presenta en formato de breves diarios reflexiones, aforismos, opiniones, poemas y textos variados en los que el lector encontrará su particular manera de mirar el mundo.
  • El libro, que se edita únicamente en versión digital, cuenta con Juan Ramón Corpas Mauleón como prologuista.

12 años de cuaderno de bitácora. 2006-2018 es el nuevo libro de Víctor Manuel Arbeloa. Se trata de una obra de gran longitud que el autor ha escrito en el transcurso de 12 años de forma diaria, con breves textos en los que recoge sus impresiones sobre la actualidad histórica, cultural, política y religiosa. Una obra variada en la que Arbeloa combina aforismos con poemas o textos de carácter religioso, al mismo tiempo que mezcla temáticas tan dispares como el deporte, la economía, la televisión o la política. Cada día una reflexión, una opinión, una pregunta. Según el autor, “escribimos porque creemos que tenemos cosas que decir”.

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Nota editorial

Las voces del silencio (VII)

 

LA PALABRA DEL SILENCIO. A

 

     Ionesco, en su Diario en migajas, afirma que la palabra impide hablar al silencio, y Antonin Artaud sostiene que el alma de las cosas no está en las palabras. No hablamos -confiesa Maeterlinck- sino a las horas que no vivimos. (…) y la vida verdadera, la única que deja alguna huella, no está hecha sino de silencio. Para Gabriel Marcel, la palabra surge de la plenitud del silencio, que es supratemporal, y este le confiere su legitimidad. Casi lo mismo  dice Merleau-Ponty: del lenguaje: Solo vive del silencio: todo cuanto arrojamos a los demás germinó en ese gran país mudo que no nos abandona. Y Pierre Emmanuel: El silencio es la palabra transfigurada Ninguna palabra existe en sí misma; la palabra no es más que por su propio silencio. Es silencio, indivisiblemente, en el interior de la menor palabra. Algo parecido llega a decir Jean Marie Le Clézio, cuando expresa que el silencio es la suprema consumación del lenguaje y de la conciencia. Si lsas cosas son así, es natural que el científico y filósofo austríaco Wittgenstein, siguiendo a Thoreau, emprenda la tarea de rehabilitar el lenguaje por medio del silencio.

Para muchos escritores, la silenciosa palabra de Dios es la base de su reflexión. El teólogo danés Kierkegaard ruega al Señor que no nos permita nunca olvidar que también cuando calla, habla. A este silencio llama Pierre Coulange silencio de transcendencia, es esa grandeza de Dios que se despliega no en la acción o en la palabra, sino simplemente en su visita, en su vuelo, si podemos erxpresarnos así. Muchos han experimentado el silencio como palabra no proferida: Asi canta Víctor Hugo: (…) del astro a la larva, la inmensidad se escucha (…) / ¿Crees que que el agua del río, los árboles del bosque / sin nada que decir, elevarían la voz? (…) / ¿Supones que la tumba, en musgo y noche envuelta / tan solo sea silencio? (…) / No, todo es una voz y todo es un perfume, / todo en el infinito, dice una cosa a alguien. / Oímos el ruido del rayo  que Dios lanza, / la voz de lo que llamamos silencio.

También las artes son fuentes imagotables del silencio. Pascal Quignard pone en boca del maestro músico Chang Lien las siguientes palabras: Hoy he hecho demasiada música. Voy a lavarme los oídos en el silencio. La muta eloquentia de la pintura ha sido objeto de muchos estudios. Según Lessing, la pintura es poesía muda.  Eugène Delacroix asegura: El silencio impone siempre. (… ) La palabra es indiscreta.; viene a buscarte, solicita la atención. (…) La pintura y la escultura parecen más serias; hay que ir a ellas.

Numerosos escritores franceses han estudiado la pintura universal de todos los siglos, y muchos de ellos se han demorado a explicar su relación con el silencio. Es el caso de Claudel sobre la pintura holandesa, de Yves Bonnefoy sobre Piero della Francesca, o de  Marc Fumaroli sobre la pintura del Gran Siglo. El segundo escribe que el silencio del pintor italiano es el de la evidencia del mundo, susurrante de murmullos, de rumores, con el reflejo del cielo azul en el agua de los charcos. Y Fumaroli, analizando La Virgen de las rocas de Leonardo da Vinci, que él considera la obra maestra absoluta del arte cristiano, asegura que en los silencios de los personajes todo está presentido por anticipado, consumado y contemplado a distancia: la Anunciación, La Natividad, el Bautismo y la Cruz.

 

 

         

Las voces del silencio (VI)

 

APRENDIZAJE DEL SILENCIO

 

         Entre los griegos, al dios Harpócrates se le represenaba con un dedo en la boca. Y en la corte de Bizancio el silenciario tenía como misión velar por el silencio. Y es que el silencio no es una obviedad, y durante toda la historia el precepto de guardar silencio ha sido múltiple y banal. Maeterlinck afirma en El tesoro de los humildes que el alma del que nunca se calló no tiene rostro y que el silencio es el elemento en el que se forjan las cosas importantes. Pero a muchos el silencio los asusta y pasan buena parte de su vida buscando lugares donde no reine. Durante siglos toda una cultura somática ha reforzado la exigencia del silencio: la adoración; la genuflexión; las campanas y campanillas; el recogimiento piadoso o estudioso; la disciplina litúrgica, conventual, escolar o militar; las ordenanzas municipales… Hasta nuestro habitual minuto de silencio. Saber guardar silencio  forma parte desde mediados del siglo XVII de las buenas maneras que distinguen a las personas educadas según los parámetros de la época.

El descenso del umbral de tolerancia al ruido y al alboroto en Occidente, cada vez más  ruidoso y alborotado por los inventos modernos, especialmente transportes y fábricas, la urbanización creciente y las concentraciones de trabajadores, se impuso desde inicios del siglo XIX,  y en los años siguientes, a mayores ruidos en todos los sectores de la sociedad, la exigencia del silencio fue mayor. Bien es verdad que la Primera Guerra Mundial fue un infierno sonoro y el silencio una anomalía. El silencio llegó a estar ligado a la muerte y a la experiencia del duelo. Lo mismo podríamos decir de la Segunda Guerra Mundial y de las innumerables guerras  y conflictos que han estallado en todo el mundo.

El autor subraya que en el período actual alzar la voz en los trenes es considerado como una molestia, cosa que no fue así hasta mediados del siglo XX. Y lo mismo sucede en los aviones o en el cine. Y en muchos restaurantes. Pero ¿hemos de concluir por ello que tales exigencias de silencio indican indican un descenso real del umbral de tolerancia al ruido? Ciertamente no.

Los que en el transcurso del día reclaman y aprecian el silencio en los transportes son a veces los mismos que durante la noche anterior han tolerado en una discoteca o en una sala de espectáculos musicales intensidades sonoras desconocidas hasta ese momento en la historia humana: Es como si el silencio y el bienestar que este procura no fueran más que exigencia intermitentes, que dependen de los tiempos y de los lugares.

Las voces del silencio (V)

 

LAS BÚSQUEDAS DEL SILENCIO

 

         Alain Corbin dedica todo un capítulo a las búsquedas del silencio en los siglos XVI y XVII; de un silencio condición necesaria de toda relación con Dios. La tradición monástica había trasmitido desde antiguo un ars meditandi que rebasó los claustros del siglo XVI y que desde entonces conformó una disciplina interior accesible a los laicos. En ese tronco se injertaba la filosofía moral antigua, la de Séneca y la de Marco Aurelio, con la cual los humanistas estaban por aquel entonces familiarizados. Corbin repasa brevemente los métodos de oración del jesuita Baltasar Álvarez, del dominico Luis de Granada, san Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, o de la regla cartujana, para detenerse sobre todo en los sermones del gran Bossuet, que llegó a ser obispo de  Condom y  de Meaux, y del reformador de Trapa, el abate de Rancé.

De Jacques-Bénigne Bossuet, intelectual y orador famoso, buen conocedor de la Escritura, de los Padres y de la historia de la Iglesia, se recoge su clasificación en tres clases de silencio: el silencio de la regla, el silencio de prudencia en las conversaciones y el silencio de paciencia en las contradicciones, de las que habla en su Meditation sur le silence a las ursulinas de Meaux. Poniendo delante el slencio de Jesús, Bossuet concluye que el silencio protege de la cólera, es el medio más rápido para vencer la pasión de la venganza y de dominar los deseos de curiosidades: Guardando fielmente silencio, venceréis todas vuestras pasiones.

Corbin avanza hasta el siglo XIX- XX y se detiene en la figura de Carlos de Foucauld, militar francés, explorador y geógrafo en Argelia y Marruecos, a quien el cineasta Léon Poirier dedicó la película L´appel du silence. Tras su conversión, se hizo novicio trapense en la Siria otomana, y en 1897 se retiró a una cabaña de Nazaret, que le fascinó para siempre: Durante estos treinta años –Jesús se dirige a él–  no ceso de instruirme, no por palabras, sino por mi silencio. Convertido en eremita en el Sáhara (1904) entre tuaregs, donde fue asesinado en 1916, expresa una y otra vez la felicidad que le procura el silencio del desierto: Este desierto me es profundamente agradable (…) y me resulta duro viajar y abandonar esta soledad y silencio.- El autor aprecia al mismo tiempo la teología ortodoxa, que atribuye al silencio un lugar más decisivo  que la católica: La inefable paz de Cristo está tejida de silencio. El fiel debe buscar  buscar ese silencio durante su vida entera escuchando las voces de los Padres del desierto. Dado que Dios es incognoscible, conviene guardar un absoluto silencio respecto a Él, sumergiéndose en el silencio en el que Él se envuelve.

Pero  también fuera del área religiosa, un buen número de hombres ilustres han elegido el silencio como medio para alcanzar una vida auténtica. Tal es el caso de los ya citados Senancour, Thoreau o Maurice Maeterlinck, y tantos otros otros autores que Margaret Parry estudia en su libro Le silence en littérature. De Mauriac à Houellebecq (2013). De entre ellos, Corbin hace resaltar la obra de Patrick Modiano. Para él, como para Baudelaire y Proust, fuera del dominio de la ficción, el silencio es una suerte de consuelo, de escapatoria para enmascarar la desesperación.

 

Las voces del silencio (IV)

 

EL SILENCIO DE LOS TEMPLOS

 

              Era de prever que templos y claustros se impusieran como lugares predilctos del silencio: La catedral ha crecido alrededor del silencio  y La catedral románica está ahí como una sustancia, escribe Max Picard. Parece -continúa- que va a engendrar con su mera existencia muros de silencio, ciudades de silencio, hombres de silencio. (…) La catedral es como silencio incrustado en la piedra. (…) Se alza como un enorme depósito de silencio.- En sus novelas, sobre todo en las que siguen a su conversión, Joris Karl Huysmans presenta reiteradamente a sus héroes, por ejemplo a Durtal, como buscadores  de silencio, atraídos especialmente por el que reina en  las iglesias desiertas y las capillas oscuras.

Mientras reside en Lourdes, Durtal deja deja de lado la fea basílica moderna y prefiere recogerse en la vieja iglesia ya abandonada: muy silenciosa, apenas iluminada, muy íntima, durante la semana estaba casi vacía.y cuando las multitudes salían del nuevo Lourdes, ¡no había refugio más delicioso! Las escasas mujeres que oraban ante el Santísimo Sacramento permanecían inmóviles y mudas en sus sillas; ni un solo ruido; mantenían con la Virgen una dulce y larga charla en el silencio y en la sombra.

El personaje de Huysmans se instala una temporada en Chartres para gozar de la catedral, que él tiene como un receptáculo de silencio. Allí trabaja, ora, medita, toma notas, aunque lamenta también la imperfeción de su silencio. Refugiado en un gabinete de trabajo, justo  enfrente de las torres catedralicias, y obsesionado por el edificio, solo oye el graznido de las cornejas y el tañido de las horas, en el silencio y el abandono de la plaza. Cuando decide alejarse de la ciudad, echa de menos ese silencio, esa soledad de la catedral.

Los novelistas franceses del siglo XIX se omplacen en hacer sentir al lector los silencios que reinan en las pequeñas ciudades de provincia, a menudo sedes espiscopales: Balzac en Beatriz y en La Comedia humana; Barbey d´Aurevilly en Le Chevalier des Touches, o Julien Gracq en El mar de Sirtes. O los buscan, específicos, en las ruinas que imponen por si mismas la inmersión en el pasado silencioso, como hace Chateaubriand en las ruinas de Palmira, morada del silencio, o Max Picard en la esfinge egipcia, que se remonta a la época del silencio más intenso, se erige todavía hoy, una vez desaparecido todo silencio, como amenazadorfa, pronta a abalanzarse sobre el mundo del ruido. De modo más general, las estatuas egipias le parecen enteramente sujetas al silencio, (…) prisioneras del silencio.

Las voces del silencio (III)

 

EL SILENCIO DE LA NATURALEZA-B

 

         La afición a la montaña, como la afición al mar, se extiende en el siglo XVIII en correspondencia  con el ascenso del código de lo subilme. Étienne Pivert de Senancour hace cantar a su Obermann  una serie de himnos al silencio de la montaña; a sus arroyos silenciosos; al silencio de sus grandes valles; al ruido de las cascadas; a la permanencia silenciosa de las altas cumbres, de los glaciares, de la noche; y a sus dos flores preferidas, el aciano y la maya o margarita de los prados. – Rodenbach canta el silencio de la nieve, la dulce adormecedora y hermana pensativa del silencio, de la que dice en unos versos: Tan abundante como silenciosa es la  nieve. / A ella puedes confiarle cuanto quieras:  / es una confidente muy segura. – En su plurinovela Les Rougon-Macquart, Emilio Zola dedica uno de sus textos más bellos al silencio de la nieve que cae en el camposanto donde madame Rambaud va a recogerse junto a la tumba de su hija: No se alzaba un suspiro (…) Los copos (…) se posaban de uno en uno, sin tregua, por millones, con un silencio tal que la flores hacen más ruido al deshojarse: y de esa muchedumbre en movimiento, desplazándose por el espacio de manera inaudible, surgía el olvido de la tierra y de la vida, la paz suprema.

El mar es otro inmenso ámbito de silencio, que sale, según Chateaubriand, de la misma profundidad de las aguas. – Albert Camus, en El verano, habla del silencio y la angustia de las aguas primitivas. Y Joseph Conrad, describiendo en La línea de sombra la tragedia de un naufragio, alía el silencio con la inmovilidad del océano, y escribe que en torno al navío reina el silencio indolente del mar.

También el bosque es para Max Picard, en su libro citado, como un gran lago despositario de silencio desde el cual este influye lentamente hacia el aire; el aire es limpido de silencio. Y Sully Prudhomme, en  Les Solitudes, canta el silencio de los bosques:  Así pues, los bosques tienen también su manera de callar / y de ser oscuros a los ojos que guía el sueño. / En su silencio se siente errar el alma del ruido.

El campo en general es el espacio más común de los escritores para encontrar y cultivar el silencio. En Les Voix intérieures, Victor Hugo asocia a Olimpio -una de las autofiguraciones del poeta como voz-guía y modelo admirado de la sociedad- con los campos silenciosos / con la virginidd de las hierbas no holladas. Y en el himno a los árboles de Les Contemplations, el poeta  dices escucharles y preguntarles, mientras los proclama plenos de silencio.

Las voces del silencio (II)

 

EL SILENCIO DE LA NATURALEZA-A

 

         Leconte de Lisle experimenta la plenitud de la luz como el silencio refulgente de los cielos. – Mallarmé, en cambio, ansía que la acumulación de nieblas forje un gran techo silencioso. – Henry David Thoreau, cuando pasea por el campo o por los bosques, siente que el sonido es casi igual que el silencio; es  una burbuja que estalla de pronto en la superficie del silencio. (…) Sólo el silencio es digno de ser oído.

La noche es uno de los tiempos predilectos del silencio. Ya Lucrecio, en  su De rerum natura, evocaba el severo silencio de la noche. – Chateaubriand asocia el silencio nocturno con los efectos de la luna y el canto del ruiseñor: Cuando los primeros silencios de la noche y los últimos murmullos del día luchan sobre los collados, a orillas de los ríos, en los bosques y en los valles; cuando los bosques han suspendido sus innumerables voces; cuando no se oye el menor suspiro de la hierba ni del musgo; cuando la luna preside en el cielo, y cuando presta atención el oído del hombre..., entonces el pájaro empieza a cantar y revela el silencio de la noche. Valery llega a afirmar que en plena noche siente que las tinieblas le iluminan y que el silencio le habla de cerca.

El desierto es un espacio propicio para muchos escritores de lengua francesa: Chateaubriand, Lamartine, Fromentin, Nerval, Flaubert… En Grecia, Turquía, Judea, Egipto, El Sahara… Un espacio puro, atópico, amorfo, anómico, inmenso, estéril, vacuo, mortífero…, que arrebata la realidad al mundo, que infunde el sentimiento de lo infinito y representa alusiva y metafóricamente la eternidad. 

Guy Barthélemy señala las variaciones lamartinianas en torno al desierto, lleno de vestigios de la presencia de Dios, máquina purificadora que permite al sujeto reencontrar la autenticidad en una separación radical respecto de sus semejantes y operar una reinvención de sí. Como  en estos versos: Así, en su silencio y soledad / el desierto me hablaba mejor que la multitud. / ¡Oh, desierto, oh, gran vacío donde el eco procede del cielo! / Habla el espíritu humano, este inmenso Israel (…). / En este lúgubre desierto, departir cara a cara / con la eternidad, la potencia y el espacio: / tres profetas mudos, silencios llenos de fe (…), / evidencias del espíritu que hablan sin palabras. – Más lacónico y cercano, Saint-Exupéry escribe: En el desierto reina un profundo silencio de casa ordenada.

 

Las voces del silencio (I)

 

    Con su libro Historia del Silencio: Del Renacimiento a nuestros días -título demasiado pretencioso-, Alain Corbin, sin salirse apenas de la literatura francesa, quiere romper cien lanzas en favor del silencio y liberar al lector de esa hipermediatización constante, de ese incesante flujo de palabras que se le impone al individuo y lo vuelve temeroso del silencio. Hoy día, cuando es difícil que se guarde silencio y ello impide oír la palabras interior que calma y apacigua. La sociedad  -continúa- nos conmina a someternos al ruido para formar asi parte del todo, en lugar de man tenernos a la escucha de nosotros mismos. De este modo se altera la estructura misma del universo.

 

    EL SILENCIO DE LAS ESTANCIAS

 

         Toda estancia es, según Paul Claudel, un vasto secreto. La habitación es, por excelencia, el lugar íntimo del silencio. – Baudelaire proclama el deleite que le causa encontrarse de noche, recogido por fin en la propia habitación: Descontento de todos y descontento de mí, bien quisiera rescatarme y enorgullecerme un poco en el silencio y la soledad de la noche. – Para Rilke, la felicidad nace de la ósmosis entre el espacio íntimo y un espacio exterior indeterminado. entre el cuarto silencioso de una casa heredada  y el jardín luminoso donde los pájaros cantan y se oyen las campanadas del reloj del pueblo. Y la madre que rompe amorosamene ese silencio: Oh, madre, tú, la única que alteraste ese silencio, antaño en la infancia. La que carga con él, y dice; no  temas, soy yo.

Julio Verne, en su farsa Une fantaisie du docteur Ox, contrapone el silencio a los ruidos habituales de la mansión flamenca del burgomaestre Van Tricasse: una mansión tranquila y silenciosa, cuyas puertas no chirriaban, cuyas vidrieras no vibraban, cuyos tablones del suelo no gemían, cuyas chimeneas no zumbaban, cuyas veletas no rechinaban, cuyos muebles no crujían, cuyas cerraduras no traqueteaban y cuyos huéspedes no hacían más ruido que su sombra. Seguramente el divino Hipócrates la habría escogido como templo del silencio.

También  el discurso silencioso de las cosas que forman la decoración de las estancias es un lenguaje mudo del alma. En su Le Monde du silence, Max Picard escribe: Cada objeto tiene en sí un fondo que viene de más lejos que la palabra que designa el objeto. No es posible acceder a ese fondo  de otra manera que por medio del silencio. Hay muchos objetos que hablan al alma de manera silenciosa: las ventanas, las vidrieras, los espejos, las lámparas de noche, los retratos antiguos, el acuario, las perlas… – Para Georges Rodembach, autor de Le règne du silence, la habitación es un fasto de silencio hecho de materiales inertes. Y a ellas les dedica estos versos: Las habitaciones son en verdad ancianos / sabedores de secretos y de historias (…) / que han ocultado tras las vidrieras oscuras, / que han escondido tras los espejos.

Sobre el universo

 

       Si pensáramos, al menos  de vez en cuando, que nuestra galaxia tiene no menos de 400.000 millones de estrellas, y 100.000 años de luz de diámetro. Que la Tierra gira alrededor del Sol  a 30 km. por segundo, y junto al Sol en la galaxia  a 250 km. también por segundo. Que el Sol, dentro de unos miles de millones de años, tras quemar todo el oxígeno, comenzará a quemar helio, irá creciendo y extinguiéndose, llevándonos a todos sus planetas consigo hasta la muerte total por fuego y por frío. Que, además de nuestro universo, pueden existir muchos más y muy diversos… Si pensáramos, al menos de vez en cuando, en cosas tan importantes como estas… seguro que nuestra vida sería harto distinta de la que es.

En la laguna de Lor

 

       Los Pirineos nevados, el Moncayo con unas mañanitas de nieve a los hombros, y un sol, todo gas pero también todo luz, hacen este sábado de enero un día perfecto para perseguir la belleza del mundo.

¿Por qué no volver a la laguna de Lor, que vimos hace tantos años, volver a tomar un café en el Pago de Cirsus, volver a  caminar por la calzada romana y visitar las obras de reconstrucción de la torre del homenaje del castillo de Ablitas (s.XII-XIII)?

La laguna está hoy azul como el cielo azul, casi llena, e inunda los choperales, cuyos troncos parecen hincados en el agua, muchos de ellos ya partidos, o sin ramas, y no pocos caídos y encharcados. Espesos carrizales, mimbreras, juncales y tamarices recubren gran parte de las orillas. Y hay todo un revuelo de los pájaros  nidificantes en el carrizal y en árboles y matorrales cercanos. Embalse natural, recrecido artificialmente, tiene una superficie de  18´5 ha. Una de las mayores y más antiguas balsas que recogen el agua del Moncayo, recibe el nombre de un antiguo pueblo desaparecido en el siglo XVII. Tras la reconquista de Alfonso el Batallador, rey de Aragón y de Navarra, perteneció a doña Urraca GIl, señora de Ablitas, al monasterio de Veruela, al rey Sancho el Fuerte y a la Orden de San Juan de Jerusalén. Al desaparecer el poblado, pasó a depender administrativamente de Cascante. Los terrenos son de titularidad pública; las aguas pertenecen al Sindicato de Riegos  de Huertas Mayores que riega fincas de Tudela y de Ablitas; los derechos de este son muy antiguos, y tiene la obligación de  dejar al menos siete cuartas (1´45 m.) de agua en el vaso. Los derechos piscícolas son de titularidad privada.

Damos una vuelta alrededor de la laguna. Durante un buen rato nos entretiene una inmensa percha de estorninos pintos que hacen por el cielo azul de este día de enero una continua serie de exhibiciones aéreas: banderas o crespones negros, nubes, olas, diluvios, tormentas marinas, remolinos, figuras geométricas, animales monstruosos…,  en ascensos y descensos, idas y vueltas, huídas y retornos. Por fin, desaparecen de nuestra vista; dentro de un rato los  volveremos a encontrar. Unos pocos coches están aparcados en la orilla occidental, con alguna gente. En la orilla opuesta hay cinco coches con pescadores que están faenando. Encontramos también tres jóvenes con bicis y un matrimonio joven con un niño pequeño paseando.

Enfrente tenemos la venerable ciudad romana de Cascante, con su majestuosa basílica de la Nuestra Señora del Romero, floreciendo al sol de enero, contra la silueta gris de la peña de Argenzón y los Montes de Cierzo; más al norte, la tirolina municipal de Murchante; más lejos, el hospital de Tudela y una parte del caserío de Fontellas. Escogemos para nuestra comida campestre, incluida la siesta, un recodo del camino en la parte septentrional, frente a   la antigua estampa  de Ablitas bajo un pequeño otero con pinos cimeros y donde resalta la torre de la iglesia de la Magdalena y el torreón derruido del castillo medieval. A nuestro alrededor todos son olivares, viejos y nuevos. Al acercarnos al humedal, hemos visto algunos de los olivos más antiguos de Navarra y otros nacidos como retoños de olivos centenarios; por fortuna, se están plantando hoy día muchos ejemplares. No nos molesta nadie. Sólo oímos el graznar de algunos ánades reales y algunas fochas, y de vez en cuando el vuelo leve de algún verderón. Lor posibilita la acogida de numerosas especies que tienen sus cuarteles de invernada en el norte de Europa, y en verano la de aves provenientes de África. No hemos visto hoy ningún cormorán ni patos cuchara, y no distinguimos bien al ánade silbón. Me decía un amigo, que conoce bien el humedal, que en las noches de verano impresiona oír el rugido del avetoro, la risa de las gaviotas reidoras y el silbo del pato silbón.

Es evidente el abandono en que han tenido los distintos Gobiernos de Navarra a esta preciosa laguna de Lor, enclave privilegiado de la  avifauna ¿Por su carácter privado? Aunque es uno de los 10 humedales navarros más importantes y está incluido en el Inventario de las Zonas Húmedas de la Comunidad Foral, no está dotado de ninguna figura de protección efectiva. Y, según leo por ahí, existe la amenaza  de una urbanización de más de 200 casas en su entorno. ¡Dios y los Poderes oportunos no lo quieran!

Pero, además de la laguna y todos sus encantos, tenemos detrás de nosotros también el itinerario de la calzada romana Tarraco-Asturica que, pasando por Alfaro (Graccurris), pasaba por la civitas de Cascantum y, acercándose a la actual Ablitas, proseguía hacia Cortes. Como el Pago de Cirsus está cerrado durante el mes de enero, vamos y volvemos entre sus pinos, sus cipreses, sus olivos, sus viñedos, sus cereales -pura Roma- y recorremos de nuevo los cientos de metros de la calzada romana, que mejor se conserva en el término de Ablitas. Han plantado unos cipreses también aquí a lo largo del tramo perimetrado y unos pinos un poco más lejos. Se remarca mejor así este estupendo vestigio en este paraje triste y desolado entre tres desvencijados corrales, alguno lleno de perros y otro de cuyas ventanas salen uno cuervos para volver a entrar y salir. En el camino de ida y vuelta al/del Pago hemos ido viendo plantaciones de brócolis y puerros, regadas por aspersión; jóvenes viñedos y olivares; varias granjas modernas; un  mumeroso rebaño con un pastor al frente, perros pastores a los lados y un burrito al final; las mismas bandadas de estorninos haciendo piruetas en el aire  y a ras de tierra, y, no muy lejos, varios milanos posándose al acecho. Y por si algo faltaba, una extensa finca vallada, con varios compartimentos donde pastan las vacas bravas rubias y de altos cuernos  y las vacas de carne y sus críaas, de la famosa ganadería Arriazu de Ablitas, renovada en los años setenta del siglo pasado.

Así que nos queda poco tiempo para pasear por Ablitas (nombre de etimología desconocida), ya con luz artificial. Subimos desde la plaza hasta el castillo, por la calle de su nombre, pasando por la calle Caracoles. Las obras de reconstrucción van lentas pero seguras. Desde aqui vemos mejor, en la vertiente sur, el creciente polígono industrial, que hemos atravesado al venir. Encontramos varios inmigrantes, magrebíes y subsaharianos, que viven en las modestas y casi siempre reconstruidas viviendas altas. En el piso superior al de la Casa del Pueblo, vemos la insignia del Partido Socialista Independiente de Ablitas, que consiguió la alcaldía desde 2011 a 2019. Vemos el estupendo belén en la iglesia parroquial y damos una vuelta por el nuevo poblado de calles y casas construido bajo el casco viejo de la villa, que sigue creciendo.

Para otro día, el recorrido completo de la Via romana de la Ribera de Navarra