Las voces del silencio (IV)

 

EL SILENCIO DE LOS TEMPLOS

 

              Era de prever que templos y claustros se impusieran como lugares predilctos del silencio: La catedral ha crecido alrededor del silencio  y La catedral románica está ahí como una sustancia, escribe Max Picard. Parece -continúa- que va a engendrar con su mera existencia muros de silencio, ciudades de silencio, hombres de silencio. (…) La catedral es como silencio incrustado en la piedra. (…) Se alza como un enorme depósito de silencio.- En sus novelas, sobre todo en las que siguen a su conversión, Joris Karl Huysmans presenta reiteradamente a sus héroes, por ejemplo a Durtal, como buscadores  de silencio, atraídos especialmente por el que reina en  las iglesias desiertas y las capillas oscuras.

Mientras reside en Lourdes, Durtal deja deja de lado la fea basílica moderna y prefiere recogerse en la vieja iglesia ya abandonada: muy silenciosa, apenas iluminada, muy íntima, durante la semana estaba casi vacía.y cuando las multitudes salían del nuevo Lourdes, ¡no había refugio más delicioso! Las escasas mujeres que oraban ante el Santísimo Sacramento permanecían inmóviles y mudas en sus sillas; ni un solo ruido; mantenían con la Virgen una dulce y larga charla en el silencio y en la sombra.

El personaje de Huysmans se instala una temporada en Chartres para gozar de la catedral, que él tiene como un receptáculo de silencio. Allí trabaja, ora, medita, toma notas, aunque lamenta también la imperfeción de su silencio. Refugiado en un gabinete de trabajo, justo  enfrente de las torres catedralicias, y obsesionado por el edificio, solo oye el graznido de las cornejas y el tañido de las horas, en el silencio y el abandono de la plaza. Cuando decide alejarse de la ciudad, echa de menos ese silencio, esa soledad de la catedral.

Los novelistas franceses del siglo XIX se omplacen en hacer sentir al lector los silencios que reinan en las pequeñas ciudades de provincia, a menudo sedes espiscopales: Balzac en Beatriz y en La Comedia humana; Barbey d´Aurevilly en Le Chevalier des Touches, o Julien Gracq en El mar de Sirtes. O los buscan, específicos, en las ruinas que imponen por si mismas la inmersión en el pasado silencioso, como hace Chateaubriand en las ruinas de Palmira, morada del silencio, o Max Picard en la esfinge egipcia, que se remonta a la época del silencio más intenso, se erige todavía hoy, una vez desaparecido todo silencio, como amenazadorfa, pronta a abalanzarse sobre el mundo del ruido. De modo más general, las estatuas egipias le parecen enteramente sujetas al silencio, (…) prisioneras del silencio.