EL SILENCIO DE LA NATURALEZA-B
La afición a la montaña, como la afición al mar, se extiende en el siglo XVIII en correspondencia con el ascenso del código de lo subilme. Étienne Pivert de Senancour hace cantar a su Obermann una serie de himnos al silencio de la montaña; a sus arroyos silenciosos; al silencio de sus grandes valles; al ruido de las cascadas; a la permanencia silenciosa de las altas cumbres, de los glaciares, de la noche; y a sus dos flores preferidas, el aciano y la maya o margarita de los prados. – Rodenbach canta el silencio de la nieve, la dulce adormecedora y hermana pensativa del silencio, de la que dice en unos versos: Tan abundante como silenciosa es la nieve. / A ella puedes confiarle cuanto quieras: / es una confidente muy segura. – En su plurinovela Les Rougon-Macquart, Emilio Zola dedica uno de sus textos más bellos al silencio de la nieve que cae en el camposanto donde madame Rambaud va a recogerse junto a la tumba de su hija: No se alzaba un suspiro (…) Los copos (…) se posaban de uno en uno, sin tregua, por millones, con un silencio tal que la flores hacen más ruido al deshojarse: y de esa muchedumbre en movimiento, desplazándose por el espacio de manera inaudible, surgía el olvido de la tierra y de la vida, la paz suprema.
El mar es otro inmenso ámbito de silencio, que sale, según Chateaubriand, de la misma profundidad de las aguas. – Albert Camus, en El verano, habla del silencio y la angustia de las aguas primitivas. Y Joseph Conrad, describiendo en La línea de sombra la tragedia de un naufragio, alía el silencio con la inmovilidad del océano, y escribe que en torno al navío reina el silencio indolente del mar.
También el bosque es para Max Picard, en su libro citado, como un gran lago despositario de silencio desde el cual este influye lentamente hacia el aire; el aire es limpido de silencio. Y Sully Prudhomme, en Les Solitudes, canta el silencio de los bosques: Así pues, los bosques tienen también su manera de callar / y de ser oscuros a los ojos que guía el sueño. / En su silencio se siente errar el alma del ruido.
El campo en general es el espacio más común de los escritores para encontrar y cultivar el silencio. En Les Voix intérieures, Victor Hugo asocia a Olimpio -una de las autofiguraciones del poeta como voz-guía y modelo admirado de la sociedad- con los campos silenciosos / con la virginidd de las hierbas no holladas. Y en el himno a los árboles de Les Contemplations, el poeta dices escucharles y preguntarles, mientras los proclama plenos de silencio.