EL SILENCIO DE LA NATURALEZA-A
Leconte de Lisle experimenta la plenitud de la luz como el silencio refulgente de los cielos. – Mallarmé, en cambio, ansía que la acumulación de nieblas forje un gran techo silencioso. – Henry David Thoreau, cuando pasea por el campo o por los bosques, siente que el sonido es casi igual que el silencio; es una burbuja que estalla de pronto en la superficie del silencio. (…) Sólo el silencio es digno de ser oído.
La noche es uno de los tiempos predilectos del silencio. Ya Lucrecio, en su De rerum natura, evocaba el severo silencio de la noche. – Chateaubriand asocia el silencio nocturno con los efectos de la luna y el canto del ruiseñor: Cuando los primeros silencios de la noche y los últimos murmullos del día luchan sobre los collados, a orillas de los ríos, en los bosques y en los valles; cuando los bosques han suspendido sus innumerables voces; cuando no se oye el menor suspiro de la hierba ni del musgo; cuando la luna preside en el cielo, y cuando presta atención el oído del hombre..., entonces el pájaro empieza a cantar y revela el silencio de la noche. Valery llega a afirmar que en plena noche siente que las tinieblas le iluminan y que el silencio le habla de cerca.
El desierto es un espacio propicio para muchos escritores de lengua francesa: Chateaubriand, Lamartine, Fromentin, Nerval, Flaubert… En Grecia, Turquía, Judea, Egipto, El Sahara… Un espacio puro, atópico, amorfo, anómico, inmenso, estéril, vacuo, mortífero…, que arrebata la realidad al mundo, que infunde el sentimiento de lo infinito y representa alusiva y metafóricamente la eternidad.
Guy Barthélemy señala las variaciones lamartinianas en torno al desierto, lleno de vestigios de la presencia de Dios, máquina purificadora que permite al sujeto reencontrar la autenticidad en una separación radical respecto de sus semejantes y operar una reinvención de sí. Como en estos versos: Así, en su silencio y soledad / el desierto me hablaba mejor que la multitud. / ¡Oh, desierto, oh, gran vacío donde el eco procede del cielo! / Habla el espíritu humano, este inmenso Israel (…). / En este lúgubre desierto, departir cara a cara / con la eternidad, la potencia y el espacio: / tres profetas mudos, silencios llenos de fe (…), / evidencias del espíritu que hablan sin palabras. – Más lacónico y cercano, Saint-Exupéry escribe: En el desierto reina un profundo silencio de casa ordenada.