Las voces del silencio (V)

 

LAS BÚSQUEDAS DEL SILENCIO

 

         Alain Corbin dedica todo un capítulo a las búsquedas del silencio en los siglos XVI y XVII; de un silencio condición necesaria de toda relación con Dios. La tradición monástica había trasmitido desde antiguo un ars meditandi que rebasó los claustros del siglo XVI y que desde entonces conformó una disciplina interior accesible a los laicos. En ese tronco se injertaba la filosofía moral antigua, la de Séneca y la de Marco Aurelio, con la cual los humanistas estaban por aquel entonces familiarizados. Corbin repasa brevemente los métodos de oración del jesuita Baltasar Álvarez, del dominico Luis de Granada, san Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, o de la regla cartujana, para detenerse sobre todo en los sermones del gran Bossuet, que llegó a ser obispo de  Condom y  de Meaux, y del reformador de Trapa, el abate de Rancé.

De Jacques-Bénigne Bossuet, intelectual y orador famoso, buen conocedor de la Escritura, de los Padres y de la historia de la Iglesia, se recoge su clasificación en tres clases de silencio: el silencio de la regla, el silencio de prudencia en las conversaciones y el silencio de paciencia en las contradicciones, de las que habla en su Meditation sur le silence a las ursulinas de Meaux. Poniendo delante el slencio de Jesús, Bossuet concluye que el silencio protege de la cólera, es el medio más rápido para vencer la pasión de la venganza y de dominar los deseos de curiosidades: Guardando fielmente silencio, venceréis todas vuestras pasiones.

Corbin avanza hasta el siglo XIX- XX y se detiene en la figura de Carlos de Foucauld, militar francés, explorador y geógrafo en Argelia y Marruecos, a quien el cineasta Léon Poirier dedicó la película L´appel du silence. Tras su conversión, se hizo novicio trapense en la Siria otomana, y en 1897 se retiró a una cabaña de Nazaret, que le fascinó para siempre: Durante estos treinta años –Jesús se dirige a él–  no ceso de instruirme, no por palabras, sino por mi silencio. Convertido en eremita en el Sáhara (1904) entre tuaregs, donde fue asesinado en 1916, expresa una y otra vez la felicidad que le procura el silencio del desierto: Este desierto me es profundamente agradable (…) y me resulta duro viajar y abandonar esta soledad y silencio.- El autor aprecia al mismo tiempo la teología ortodoxa, que atribuye al silencio un lugar más decisivo  que la católica: La inefable paz de Cristo está tejida de silencio. El fiel debe buscar  buscar ese silencio durante su vida entera escuchando las voces de los Padres del desierto. Dado que Dios es incognoscible, conviene guardar un absoluto silencio respecto a Él, sumergiéndose en el silencio en el que Él se envuelve.

Pero  también fuera del área religiosa, un buen número de hombres ilustres han elegido el silencio como medio para alcanzar una vida auténtica. Tal es el caso de los ya citados Senancour, Thoreau o Maurice Maeterlinck, y tantos otros otros autores que Margaret Parry estudia en su libro Le silence en littérature. De Mauriac à Houellebecq (2013). De entre ellos, Corbin hace resaltar la obra de Patrick Modiano. Para él, como para Baudelaire y Proust, fuera del dominio de la ficción, el silencio es una suerte de consuelo, de escapatoria para enmascarar la desesperación.