En la laguna de Lor

 

       Los Pirineos nevados, el Moncayo con unas mañanitas de nieve a los hombros, y un sol, todo gas pero también todo luz, hacen este sábado de enero un día perfecto para perseguir la belleza del mundo.

¿Por qué no volver a la laguna de Lor, que vimos hace tantos años, volver a tomar un café en el Pago de Cirsus, volver a  caminar por la calzada romana y visitar las obras de reconstrucción de la torre del homenaje del castillo de Ablitas (s.XII-XIII)?

La laguna está hoy azul como el cielo azul, casi llena, e inunda los choperales, cuyos troncos parecen hincados en el agua, muchos de ellos ya partidos, o sin ramas, y no pocos caídos y encharcados. Espesos carrizales, mimbreras, juncales y tamarices recubren gran parte de las orillas. Y hay todo un revuelo de los pájaros  nidificantes en el carrizal y en árboles y matorrales cercanos. Embalse natural, recrecido artificialmente, tiene una superficie de  18´5 ha. Una de las mayores y más antiguas balsas que recogen el agua del Moncayo, recibe el nombre de un antiguo pueblo desaparecido en el siglo XVII. Tras la reconquista de Alfonso el Batallador, rey de Aragón y de Navarra, perteneció a doña Urraca GIl, señora de Ablitas, al monasterio de Veruela, al rey Sancho el Fuerte y a la Orden de San Juan de Jerusalén. Al desaparecer el poblado, pasó a depender administrativamente de Cascante. Los terrenos son de titularidad pública; las aguas pertenecen al Sindicato de Riegos  de Huertas Mayores que riega fincas de Tudela y de Ablitas; los derechos de este son muy antiguos, y tiene la obligación de  dejar al menos siete cuartas (1´45 m.) de agua en el vaso. Los derechos piscícolas son de titularidad privada.

Damos una vuelta alrededor de la laguna. Durante un buen rato nos entretiene una inmensa percha de estorninos pintos que hacen por el cielo azul de este día de enero una continua serie de exhibiciones aéreas: banderas o crespones negros, nubes, olas, diluvios, tormentas marinas, remolinos, figuras geométricas, animales monstruosos…,  en ascensos y descensos, idas y vueltas, huídas y retornos. Por fin, desaparecen de nuestra vista; dentro de un rato los  volveremos a encontrar. Unos pocos coches están aparcados en la orilla occidental, con alguna gente. En la orilla opuesta hay cinco coches con pescadores que están faenando. Encontramos también tres jóvenes con bicis y un matrimonio joven con un niño pequeño paseando.

Enfrente tenemos la venerable ciudad romana de Cascante, con su majestuosa basílica de la Nuestra Señora del Romero, floreciendo al sol de enero, contra la silueta gris de la peña de Argenzón y los Montes de Cierzo; más al norte, la tirolina municipal de Murchante; más lejos, el hospital de Tudela y una parte del caserío de Fontellas. Escogemos para nuestra comida campestre, incluida la siesta, un recodo del camino en la parte septentrional, frente a   la antigua estampa  de Ablitas bajo un pequeño otero con pinos cimeros y donde resalta la torre de la iglesia de la Magdalena y el torreón derruido del castillo medieval. A nuestro alrededor todos son olivares, viejos y nuevos. Al acercarnos al humedal, hemos visto algunos de los olivos más antiguos de Navarra y otros nacidos como retoños de olivos centenarios; por fortuna, se están plantando hoy día muchos ejemplares. No nos molesta nadie. Sólo oímos el graznar de algunos ánades reales y algunas fochas, y de vez en cuando el vuelo leve de algún verderón. Lor posibilita la acogida de numerosas especies que tienen sus cuarteles de invernada en el norte de Europa, y en verano la de aves provenientes de África. No hemos visto hoy ningún cormorán ni patos cuchara, y no distinguimos bien al ánade silbón. Me decía un amigo, que conoce bien el humedal, que en las noches de verano impresiona oír el rugido del avetoro, la risa de las gaviotas reidoras y el silbo del pato silbón.

Es evidente el abandono en que han tenido los distintos Gobiernos de Navarra a esta preciosa laguna de Lor, enclave privilegiado de la  avifauna ¿Por su carácter privado? Aunque es uno de los 10 humedales navarros más importantes y está incluido en el Inventario de las Zonas Húmedas de la Comunidad Foral, no está dotado de ninguna figura de protección efectiva. Y, según leo por ahí, existe la amenaza  de una urbanización de más de 200 casas en su entorno. ¡Dios y los Poderes oportunos no lo quieran!

Pero, además de la laguna y todos sus encantos, tenemos detrás de nosotros también el itinerario de la calzada romana Tarraco-Asturica que, pasando por Alfaro (Graccurris), pasaba por la civitas de Cascantum y, acercándose a la actual Ablitas, proseguía hacia Cortes. Como el Pago de Cirsus está cerrado durante el mes de enero, vamos y volvemos entre sus pinos, sus cipreses, sus olivos, sus viñedos, sus cereales -pura Roma- y recorremos de nuevo los cientos de metros de la calzada romana, que mejor se conserva en el término de Ablitas. Han plantado unos cipreses también aquí a lo largo del tramo perimetrado y unos pinos un poco más lejos. Se remarca mejor así este estupendo vestigio en este paraje triste y desolado entre tres desvencijados corrales, alguno lleno de perros y otro de cuyas ventanas salen uno cuervos para volver a entrar y salir. En el camino de ida y vuelta al/del Pago hemos ido viendo plantaciones de brócolis y puerros, regadas por aspersión; jóvenes viñedos y olivares; varias granjas modernas; un  mumeroso rebaño con un pastor al frente, perros pastores a los lados y un burrito al final; las mismas bandadas de estorninos haciendo piruetas en el aire  y a ras de tierra, y, no muy lejos, varios milanos posándose al acecho. Y por si algo faltaba, una extensa finca vallada, con varios compartimentos donde pastan las vacas bravas rubias y de altos cuernos  y las vacas de carne y sus críaas, de la famosa ganadería Arriazu de Ablitas, renovada en los años setenta del siglo pasado.

Así que nos queda poco tiempo para pasear por Ablitas (nombre de etimología desconocida), ya con luz artificial. Subimos desde la plaza hasta el castillo, por la calle de su nombre, pasando por la calle Caracoles. Las obras de reconstrucción van lentas pero seguras. Desde aqui vemos mejor, en la vertiente sur, el creciente polígono industrial, que hemos atravesado al venir. Encontramos varios inmigrantes, magrebíes y subsaharianos, que viven en las modestas y casi siempre reconstruidas viviendas altas. En el piso superior al de la Casa del Pueblo, vemos la insignia del Partido Socialista Independiente de Ablitas, que consiguió la alcaldía desde 2011 a 2019. Vemos el estupendo belén en la iglesia parroquial y damos una vuelta por el nuevo poblado de calles y casas construido bajo el casco viejo de la villa, que sigue creciendo.

Para otro día, el recorrido completo de la Via romana de la Ribera de Navarra