Archivo de la categoría: Sin categoría

Con palmas y ramos

Con palmas
y ramos
hoy
aclamamos
 a un rey singular
montado en un asno.
No es un rey cualquiera,
como acostumbramos.
Ni un prefecto al uso.
Y menos el César
de los romanos.

Con palmas
y ramos.

El cerezo japonés frente a mi casa

 

De repente, en frente de mi casa,
el recién plantado cerezo
se ha cubierto de la nieve de marzo,
como un ángel de cuatro alas,
                                      perfecto,
que viene a anunciarnos
el final del invierno,
la hermosura de la primavera
y el delicioso concierto
de la luz, el color y la belleza
que dan sentido y valor al universo.

Ay, si yo tuviera
la suerte y el secreto
de que florezca en mi alma,
tras  la crisis del otoño,
un nevado y seguro cerezo,
que me anuncie
el final de mis inviernos
y sea un ángel blanco
de mi cielo…

Noelia

 

                           ¿Quién puede juzgar seriamente  la decisión intransferible  de un suicidio  asistido en una situación extraordinaria?

 

                           Y, a la vez, la sociedad y su organización jurídico-política, el Estado, ¿ solo han tenido  como salida a  una joven de 25 años, que ha venido sufriendo varios años en situaciones extremas, solo un suicidio asistido? ¿Han preferido la llamada muerte digna y no la vida digna?

Pilar Bravo de Lallana

 

                                                Pilar Bravo de Lallana (Tudela, 1993) es graduada en Derecho y Economía y doctora en Filosofía del Derecho. Profesora ayudante e investigadora en la Universidad de Navarra en el ámbito de la filosofía del derecho, la estética  y la filosofía moral. Su tesis doctoral fue galardonada con el premio 2025 en Humanidades y Artes de la Real Academia de Doctores de España (ex aequo). Ha sido reconocida con diversos premios literarios, entre ellos el Certamen de Arte Joven de Castilla y León  y los Encuentros de Arte joven de Navarra.  El libro Madrid, línea 6 es su primera obra publicada (2026).

Pero para mí y para algunos de nosotros, Pilar Bravo es  también nuestra nueva colega en el Consejo de Redacción de la revista Río Arga, a la que conocí ayer por la tarde, cuando nos reunimos para preparar el  próximo I Congreso de Revistas Poéticas de España, que celebrar en Pamplona, y para presentar después el numero 158 de la revista, en las bodas de oro de la misma.  Pilar es, además de todo eso, poeta, y leyó, en el turno de poetas autores,  el siguiente poema, incluido en ese libro suyo,  arriba mencionado:

Observo mis manos como si no fueran mías,
sino las de una anciana temblorosa.
Las líneas de la vida, del amor y del trabajo
se difuminan entre surcos pálidos
y un tacto rugoso.
En la escuela jugábamos a interpretarlas,
contando los años.
Ahora se enjabonan la una a la otra,
borrando del día sus restos.

Con ETA y contra ETA. Con VOX y contra VOX

 

                            Con la Korrika (latinismo, de currere), ha venido de nuevo la polémica, y, lo que es más, con la Korrika ha venido  de nuevo ETA. En la desvergüenza, la provocación y la crueldad de unas carátulas de etarras (asesinos de Caballero y  Casanova) portadas por niños atravesando Pamplona, y sobre todo portadas por la organización de la carrera, que repite la hazaña, año tras año, de una manera u otra. La responsabilidad la tienen también los partidos socios de BILDU, herederos de ETA, comenzando por el más responsable de todos, el PSN, que ostenta el Gobierno de Navarra gracias a BILDU y le ha regalado a este el ayuntamiento de Pamplona, acompañado, como siempre, por Geroa Bai y Contigo-Zurekin.  Todos ellos subvencionan la Korrika bajo la trampa de considerarla fenómeno meramente cultural, y se niegan a rechazar esa subvención con la jaculatoria laicista de pedir una reflexión (sic) a los herederos de la banda terrorista.

Lo que consolida, desde Navarra también, esa media  España que Pedro Sánchez quiere que cada día se entrene y luche contra la otra media, que es, en su intención y exasperación, la del PP, VOX, UPN y todo lo que no sea sanchismo, confederalismo, separatismo y ganas de seguir en la Moncloa, en la desConstitución y en cualquier política desconstituyente.

Lo que anima al mismo tiempo, y mucho, a  los que figuran y configuran, de varias maneras, esa otra media España que quieren la formemos igualmente todos los que nos oponemos al sanchismo, aunque no hayamos olvidado y sigamos cultivando la Transición, la Constitución, la Unión Europa, es decir todo aquello que nos ha hecho españoles modernos, demócratas y europeos. Y ahí tenemos al bueno de Mayor Oreja, a quien tengo el máximo respeto y admiración por su ejecutoria política tanto en el País Vasco como en el Gobierno de España en los años de plomo, que acaba de venir a Navarra a pedir la unión de UPN, VOX y PP -o, al menos, eso parece por la entrevista concedida a DN– en las próximas elecciones a Cortes o, quién sabe, si también más allá. Para él, todo se reduce a: o con Sánchez y ETA o contra Sánchez y ETA. Y de ahí no se pasa.

Y hay que pasar. Porque, si es un disparate de primera magnitud dividir el mundo en derecha e izquierda, también lo es dividir España en ETA o contra ETA, en Sánchez y contra Sánchez, o en el binomio arriba mencionado, sin más  distingos ni matices, es decir realidades. Los principios, los valores, los bienes, las virtudes… por los que vivimos y morimos, están muy repartidos, y no se puede jugar con ellos. La guerra, acaba de decir alguien a Trump, no es un in vídeojuego. La política, cualquiera que sea, tampoco.

De Tabar al Valle de Unciti (y II)

 

                     Estamos al sudeste, cerca del sur del macizo de la Sierra de Ízaga, bajo sus descarnados peñascales, que nunca habíamos visto tan bien. Vamos y venimos entre una mayoría de campos de cereal, con  los herbales ya muy crecidos y recios, a pocos días de sol para granar en espigas; entre varios habales, que requieren suelos arcillosos, profundos y frescos, y dos o tres sembradíos de bisaltos o guisantes mollares, que llevan también el bonito nombre tirabeques y miracielos. Volvemos por  Guerguitiain, y vamos dejando atrás Indurain, Urbicain, Turrillas, que visitamos hace tiempo, e Iriso. Y, por casualidad, damos con la balsa llena llamada El Soto, bajo la atalaya de Ardanaz de Izagaondoa, concejo al que pertenece. Para nosotros es una pequeña laguna, rodeada de juncos y aneas, donde croan las ranas, y que nos crea un ambiente de playa vegetal, silencio y encanto.

Tras yantar y sestear, no nos cuesta mucho encontrar el castro de Basaba (bajo el bosque), un espolón rocoso de 664 metros, con una superficie de 5.300 metros cuadrados, que data desde el Bronce Final, atraviesa el Hierro Antiguo y devino probablemente mucho más tarde en un pequeño poblado medieval, con su cementerio, del que queda el nombre de la ermita documentada -Nuestra Señora de Basaba o Basabe-, cuya imagen titular se encuentra en la iglesia parroquial de Najurieta. Tenían cerca el barranco de Ugascoa y, a un kilómetro, el río Unciti, que nace bajo la sierra de Ízaga, se forma cerca de Alzórriz, recorre el Valle y, ya en términos de Monreal, desemboca en el río Elorz, afluente del Arga. Armendáriz, que descubrió el castro, encontró en él solo cerámicas manufacturadas y molinos barquiformes de mano. El cultivo agrícola, que solo se abandonó a mediados del sigo XX, destruyó las infraestructuras originales. En el cerro, en cuyas laderas crecen algunos pinos y enebros, es bien visible el bancal de varios metros de anchura, foso un día colmatado.

En opinión del arqueólogo navarro, los pobladores de Basaba o Basabe debieron de trasladarse, allá por el siglo V a. C. , a otro espolón rocoso, el castro cercano (1.300 metros) de Iruaga, más alto (793 m.) y espacioso  (bien visibles los 9.500 metros cuadrados del primer recinto, 3.000 del segundo y 700 del anticastro), próximo a la fuente de Montearriba y no lejos de  los barrancos de Lixar y Baratseta, en términos de Najurieta, donde sí se encontraron restos de cerámicas celtibéricas. Estuvo cultivado hasta mediados del siglo pasado. Nos costó  un buen rato identificarlo y estudiar su mejor acceso. Cuando por fin, enfilamos el estrecho camino que parece llevarnos al menos cerca de él, se nos viene encima de nosotros un enorme tractor, guiado por un robusto agricultor, acompañado en la cabina por dos chicos, probablemente sus hijos. Ay, Dios mío, qué susto y qué nervios en las  muchas maniobras para conducir hacia atrás, entre las dos orillas acechantes de la senda, y la cuesta a nuestras espaldas… Detrás del tractor venía un coche.

Total, que perdemos las ganas de volver a intentarlo y preferimos admirar la alta iglesita románica de Santo Tomás, con su potente torre y su ábside con arquillos ciegos sobre el  lugar de Najurieta, concejo extinguido hace años, hoy con 24 habitantes, otrora patrimonio del hospital de Roncesvalles, de los Cruzat y de la Cofradía de San Cernin de Pamplona.

Acabamos paseando por el admirable mirador que es el largo pueblo de Unciti, capital del Valle, de robustas y bellas casas, las más recientes a derecha e izquierda, para sus 75 habitantes, con su iglesita nueva del siglo pasado; su plaza dedicada a Miguel Indurain; la lejana tragedia de 1950, pero siempre presente, y su inmenso frontón de 1984. Caminamos luego hacia las cercanas nobles ruinas de la iglesia de San Pedro mártir, donde se aloja hoy el camposanto antiguo y nuevo, bajo cinco cipreses itálicos y un abeto.

Un lugar tranquilo para ver cómo se retira con pena el primer sol primaveral del sosegado y acogedor Valle de Unciti.

Esperanza y Belleza (V)

 

                           Aunque nos cueste pronunciar la palabra Dios y airear el concepto del Dios transcendente, unido a la eternidad, los mortales, como seres temporales, llamados a ser por el Dios creador, estamos impelidos hacia el futuro, que ejerce para nosotros la atracción de un fin. Hacia una tierra prometida, lema primordial del pueblo judío desterrado. vivido desde  su experiencia  del Éxodo, y no desde el carácter circular del tiempo, cerrado y ciego, propio del pensamiento griego. A esa concepción judía añadió el cristianismo la fe en la resurrección, la restauración última de todas las cosas y la culminación de la historia con la vuelta del Hijo del Hombre, cuando la la creación alcance su pascua definitiva.

Occidente se constituye y se construye sobre esta fe en el progreso tanto del tiempo como de nuestra íntima historia, y, en la peor y más pesimista de las situaciones, queda  siempre la memoria de esa fe y la pregunta insoslayable por el sentido de nuestra vida personal y colectiva. Frente a otros elementos más negativos de nuestros días, el desarrollo de la historiografía, el acceso múltiple a la información,  el rastreo visual de los acontecimientos… nos ofrecen una perspectiva privilegiada sobre el pasado tanto lejano como inmediato y la posibilidad de anticipar desde aquel el itinerario de nuestra existencia.

Byung-Chul Han nos advierte que sin un horizonte de sentido, la vida se reduce a la supervivencia o a la inmanencia del consumo. Los consumidores, en cuanto tales, no tienen esperanzas, sino deseos y necesidades. Cuando el consumo se absolutiza, el tiempo se  reduce al presente permanente de las necesidades y las satisfacciones. Las cosas que se satisfacen fácil e inmediatamente no son objeto de la esperanza, que requiere tiempo, y cuyo objetivo último es un bien arduo, posible y futuro.

De Tabar al Valle de Unciti (I)

 

                       Hemos vuelto, por fin, después de tantos fines de semana lluviosos y nivosos, a recorrer algunos de los cientos de castros prerromanos que perviven en Navarra. No hay una nube en el cielo primaveral y la mañana se ha abierto como una flor de cerezo, estos días.

Comenzamos por el concejo de Tabar, que lleva el nombre de la sierra pinosa a sus espaldas, en la parte meridional del Valle y Ayuntamiento de Urraul Bajo, entre las sierras mayores de Izaga, Izco y Leyre. El caserío, donde ahora viven en buenas y bellas casonas 62 personas, recogido bajo el flanco septentrional del viejo castro, subió con los años desde el llano de la iglesia San Juan Bautista hacia arriba, y en tiempos más recientes fue extendiéndose a uno y otro lado. Topamos, al dejar el coche, con uno de los vecinos, dueño de las primeras  casas cercanas al cerro testigo, y nos dice que tiene noticias sobre el primer poblado de su pueblo por la página informática del Concejo, que, por cierto, es completísima y casi abrumadora, porque parece abrigar toda la historia conocida del lugar, con multitud de referencias archivísticas, textos y fotos. Entre sus hijos ilustres figura muy en primer lugar Miguel de Tabar, que fue prior del cabildo catedral de Pamplona, consejero y embajador de los reyes Carlos II y III de Navarra.

El cerro redondo se eleva hasta los 533 metros y su cima está casi toda ocupada por el cementerio -con una pared lateral llena de nichos- adosado a la vieja y humilde ermita de Santa Catalina, toda caleada, cuyas construcciones acabaron con los restos del castro prerromano, que sin sin duda tenía su muralla de tierra, piedra y madera y, bajo la defensa natural del cerro, los fosos inferiores. Las laderas del montículo están ocupadas por pinos piñoneros y una espesa red de maleza: matorrales, espinos, agavanzos, aliagas, enebros, madreselvas… Armendáriz, que aquí encontró restos de cerámicas manufacturadas y celtibéricas, calcula en 6.000 metros cuadrados la superficie del poblado del Hierro Final. No se han descubierto muestras romanas, pero en la vertiente oriental del poblado, en la llanura, se documenta un núcleo de población  tardo imperial, descendientes sin duda de los pobladores del Hierro. Al pie del montículo hay un alargado amontonamiento de piedras de construcción, que tal vez cubrieron parcialmente la muralla del primer foso.

Desde la cima, apenas si los pinos nos dejan ver los alrededores. A un paso, hacia el sureste tenemos ante los ojos  el alto castro de Lumbier, y su célebre hoz, hacia cuyos criaderos hemos visto remigar hace un rato una bandada de buitres altos; más arriba, las tierras del Romanzado, atravesadas por el Salazar y el extenso Urraul Bajo, regado por el Irati. Al otro lado, cerca de la Sierra casera, vemos una viñas, y me hacen recordar aquella viña –vinea de Tavare-, que el rey Sancho Garcés II Abarca regaló, el año 981, junto al poblado vecino, hoy despoblado, de Aspardués, al Monasterio próximo de Leyre, agradecido como estaba a los monjes legerenses por haber acogido a su hermano Ramiro, rey de Viguera, ya enfermo, en su hospedería.

Buscando un lugar apacible para yantar, y contorneando la sierra, ponemos rumbo a la ermita románica de Guerguitiain, ya en el Valle de Izagandoa -otro de los muchos fundos romanos del entorno: Cemborain, Indurain, Zoroquiain…, a la que encontramos rodeada de una vegetación exuberante, con las vincas pervincas azules como protagonistas de la primavera. Un matrimonio con niño, padre  villavés y madre peruana, preparan en una mesita la comida del mediodía. El lugar no puede ser más idílco: un silencio mágico, con el románico presente, entre largas sernas de cereal, donde se ven crecer los herbales.

  Seguimos por un camino muy irregular y saltando dos regueros que bajan de las alturas de Izaga, hasta cerca de la torre señorial de Celigueta, pero el señorío, con una decisión señorial, ha cerrado el camino con doble valla de hierro, lo que nos hace deshacer el camino.

 

Ante el Anayet nevado

 

                         El campo en el Valle aragonés de Tena todavía está mustio antes de primaverear, después de tanta lluvia y nieve. La nieve se ha ido retirando más acá de Formigal y los montes más bajos del Valle entreveran trazos níveos y pardos sobre su piel, como bestias montanas que se irguieran tras abrevar en el embalse semilleno de Lanuza.

Se amontonan unas nubes bajas sobre los picos más altos, que los recortan y aplanan, y forman una cornisa translúcida y misteriosa, donde tal vez nieva o desde donde se infunde y administra la belleza. Suben y bajan las telesillas de la estaciones de Formigal, Sarrios y Anayet, y de vez en cuando se rasga alguna nube y deja infiltrar una luz solar que se resbala por los altas y majestuosos reinos de la nieve matizándola de rubial y rosa. 

Suben y bajan, vuelan y revuelan, caracolean, cabriolean, giran, quiebran, voltean y revolotean los esquiadores y esquiadoras embutidos y embutidas en sus trajes deportivos y coloristas  de gama fuerte, sorteando  los pinos pequeños y medianos laterales, que sacan el cuerpo entre la nevada, testigos mudos del silencioso frenesí a su alrededor. Montañeses autóctonos, tercos en su identidad vegetal, adornos verdioscuros y necesarios de la fiesta blanca y luminosa que ciega a los humanos y los hace enloquecer de velocidad y de gozo.

En la base del Anayet conviven plácidamente los colores de los trajes de niños y grandes, en un bullicio festivo de andares de robots, de mesas llenas de delicias, olor a chocolate y patatas fritas, griterío de niños y palabras graves de los hombres (varones y mujeres) de la nieve, cansados de subir y bajar, vestirse y desvestirse, encararse a la nieve y al resto de la familia.

Paso ratos y ratos mirando fascinado el espectáculo, logrado por la naturaleza y la técnica. Y dudo de si no estoy viendo un programa celeste, al menos un rato de recreo en el cielo, donde todos o casi todos son ángeles humanos con facultades sobrenaturales de agilidad, trasparencia y belleza, donde todo es claro y puro, y el tiempo y el espacio apenas cuentan, si cuentan algo. O  de si no hemos entrado en alguna escuela invernal de entrenamiento para una feliz eternidad.