Esperanza y Belleza (V)

 

                           Aunque nos cueste pronunciar la palabra Dios y airear el concepto del Dios transcendente, unido a la eternidad, los mortales, como seres temporales, llamados a ser por el Dios creador, estamos impelidos hacia el futuro, que ejerce para nosotros la atracción de un fin. Hacia una tierra prometida, lema primordial del pueblo judío desterrado. vivido desde  su experiencia  del Éxodo, y no desde el carácter circular del tiempo, cerrado y ciego, propio del pensamiento griego. A esa concepción judía añadió el cristianismo la fe en la resurrección, la restauración última de todas las cosas y la culminación de la historia con la vuelta del Hijo del Hombre, cuando la la creación alcance su pascua definitiva.

Occidente se constituye y se construye sobre esta fe en el progreso tanto del tiempo como de nuestra íntima historia, y, en la peor y más pesimista de las situaciones, queda  siempre la memoria de esa fe y la pregunta insoslayable por el sentido de nuestra vida personal y colectiva. Frente a otros elementos más negativos de nuestros días, el desarrollo de la historiografía, el acceso múltiple a la información,  el rastreo visual de los acontecimientos… nos ofrecen una perspectiva privilegiada sobre el pasado tanto lejano como inmediato y la posibilidad de anticipar desde aquel el itinerario de nuestra existencia.

Byung-Chul Han nos advierte que sin un horizonte de sentido, la vida se reduce a la supervivencia o a la inmanencia del consumo. Los consumidores, en cuanto tales, no tienen esperanzas, sino deseos y necesidades. Cuando el consumo se absolutiza, el tiempo se  reduce al presente permanente de las necesidades y las satisfacciones. Las cosas que se satisfacen fácil e inmediatamente no son objeto de la esperanza, que requiere tiempo, y cuyo objetivo último es un bien arduo, posible y futuro.