De Tabar al Valle de Unciti (I)

 

                       Hemos vuelto, por fin, después de tantos fines de semana lluviosos y nivosos, a recorrer algunos de los cientos de castros prerromanos que perviven en Navarra. No hay una nube en el cielo primaveral y la mañana se ha abierto como una flor de cerezo, estos días.

Comenzamos por el concejo de Tabar, que lleva el nombre de la sierra pinosa a sus espaldas, en la parte meridional del Valle y Ayuntamiento de Urraul Bajo, entre las sierras mayores de Izaga, Izco y Leyre. El caserío, donde ahora viven en buenas y bellas casonas 62 personas, recogido bajo el flanco septentrional del viejo castro, subió con los años desde el llano de la iglesia San Juan Bautista hacia arriba, y en tiempos más recientes fue extendiéndose a uno y otro lado. Topamos, al dejar el coche, con uno de los vecinos, dueño de las primeras  casas cercanas al cerro testigo, y nos dice que tiene noticias sobre el primer poblado de su pueblo por la página informática del Concejo, que, por cierto, es completísima y casi abrumadora, porque parece abrigar toda la historia conocida del lugar, con multitud de referencias archivísticas, textos y fotos. Entre sus hijos ilustres figura muy en primer lugar Miguel de Tabar, que fue prior del cabildo catedral de Pamplona, consejero y embajador de los reyes Carlos II y III de Navarra.

El cerro redondo se eleva hasta los 533 metros y su cima está casi toda ocupada por el cementerio -con una pared lateral llena de nichos- adosado a la vieja y humilde ermita de Santa Catalina, toda caleada, cuyas construcciones acabaron con los restos del castro prerromano, que sin sin duda tenía su muralla de tierra, piedra y madera y, bajo la defensa natural del cerro, los fosos inferiores. Las laderas del montículo están ocupadas por pinos piñoneros y una espesa red de maleza: matorrales, espinos, agavanzos, aliagas, enebros, madreselvas… Armendáriz, que aquí encontró restos de cerámicas manufacturadas y celtibéricas, calcula en 6.000 metros cuadrados la superficie del poblado del Hierro Final. No se han descubierto muestras romanas, pero en la vertiente oriental del poblado, en la llanura, se documenta un núcleo de población  tardo imperial, descendientes sin duda de los pobladores del Hierro. Al pie del montículo hay un alargado amontonamiento de piedras de construcción, que tal vez cubrieron parcialmente la muralla del primer foso.

Desde la cima, apenas si los pinos nos dejan ver los alrededores. A un paso, hacia el sureste tenemos ante los ojos  el alto castro de Lumbier, y su célebre hoz, hacia cuyos criaderos hemos visto remigar hace un rato una bandada de buitres altos; más arriba, las tierras del Romanzado, atravesadas por el Salazar y el extenso Urraul Bajo, regado por el Irati. Al otro lado, cerca de la Sierra casera, vemos una viñas, y me hacen recordar aquella viña –vinea de Tavare-, que el rey Sancho Garcés II Abarca regaló, el año 981, junto al poblado vecino, hoy despoblado, de Aspardués, al Monasterio próximo de Leyre, agradecido como estaba a los monjes legerenses por haber acogido a su hermano Ramiro, rey de Viguera, ya enfermo, en su hospedería.

Buscando un lugar apacible para yantar, y contorneando la sierra, ponemos rumbo a la ermita románica de Guerguitiain, ya en el Valle de Izagandoa -otro de los muchos fundos romanos del entorno: Cemborain, Indurain, Zoroquiain…, a la que encontramos rodeada de una vegetación exuberante, con las vincas pervincas azules como protagonistas de la primavera. Un matrimonio con niño, padre  villavés y madre peruana, preparan en una mesita la comida del mediodía. El lugar no puede ser más idílco: un silencio mágico, con el románico presente, entre largas sernas de cereal, donde se ven crecer los herbales.

  Seguimos por un camino muy irregular y saltando dos regueros que bajan de las alturas de Izaga, hasta cerca de la torre señorial de Celigueta, pero el señorío, con una decisión señorial, ha cerrado el camino con doble valla de hierro, lo que nos hace deshacer el camino.