Ante el Anayet nevado

 

                         El campo en el Valle aragonés de Tena todavía está mustio antes de primaverear, después de tanta lluvia y nieve. La nieve se ha ido retirando más acá de Formigal y los montes más bajos del Valle entreveran trazos níveos y pardos sobre su piel, como bestias montanas que se irguieran tras abrevar en el embalse semilleno de Lanuza.

Se amontonan unas nubes bajas sobre los picos más altos, que los recortan y aplanan, y forman una cornisa translúcida y misteriosa, donde tal vez nieva o desde donde se infunde y administra la belleza. Suben y bajan las telesillas de la estaciones de Formigal, Sarrios y Anayet, y de vez en cuando se rasga alguna nube y deja infiltrar una luz solar que se resbala por los altas y majestuosos reinos de la nieve matizándola de rubial y rosa. 

Suben y bajan, vuelan y revuelan, caracolean, cabriolean, giran, quiebran, voltean y revolotean los esquiadores y esquiadoras embutidos y embutidas en sus trajes deportivos y coloristas  de gama fuerte, sorteando  los pinos pequeños y medianos laterales, que sacan el cuerpo entre la nevada, testigos mudos del silencioso frenesí a su alrededor. Montañeses autóctonos, tercos en su identidad vegetal, adornos verdioscuros y necesarios de la fiesta blanca y luminosa que ciega a los humanos y los hace enloquecer de velocidad y de gozo.

En la base del Anayet conviven plácidamente los colores de los trajes de niños y grandes, en un bullicio festivo de andares de robots, de mesas llenas de delicias, olor a chocolate y patatas fritas, griterío de niños y palabras graves de los hombres (varones y mujeres) de la nieve, cansados de subir y bajar, vestirse y desvestirse, encararse a la nieve y al resto de la familia.

Paso ratos y ratos mirando fascinado el espectáculo, logrado por la naturaleza y la técnica. Y dudo de si no estoy viendo un programa celeste, al menos un rato de recreo en el cielo, donde todos o casi todos son ángeles humanos con facultades sobrenaturales de agilidad, trasparencia y belleza, donde todo es claro y puro, y el tiempo y el espacio apenas cuentan, si cuentan algo. O  de si no hemos entrado en alguna escuela invernal de entrenamiento para una feliz eternidad.