Esos años hace desde su muerte. Es su mejor biógrafo, el francés Yvan Lissorgues, el que rescata en Leopoldo Alas [Leopoldo Enrique García-Alas y Ureña (Zamora, 1852 – Oviedo 1901)], el autor de La Regenta, lo que denomina una autenticidad religiosa profundamente sentida y constantemente afirmada, a la vez que no oculta su pertinaz denuncia de la institución católica, de aquel catolicismo español estrecho, materialista, formal y odenancista, al que dio la vuelta el Concilio Vaticano II.
Frente a aquella Iglesia, que quería imponer su dominación en todos los sectores de la vida, contrapone Lissorges el Clarín que afirma que el `camino de perfección ´ de la humanidad lo enseña el cristianismo, el verdadero, el de los orígenes.
Es verdad que Alas no creyó en la divinidad de Cristo, sino en una especie de super-humanidad, a la manera de Strauss o Renan, el que dijo que su reino no era de este mundo, el que abandona toda coacción, el poder exterior, mecánico, político, y va a la conquista de la sociedad por el camino seguro, por la perfección de las almas. Para él lo esencial es creer en Dios y amarle sobre todas las cosas, lo del rito es accidental. Y el cristianismo es la santa idealidad humana en busca de lo divino.
Clarín profesó respeto y admiración por católicos como el diputado conservador, jurisconsulto y arabista, José Moreno Nieto; por el dominico asturiano, teólogo, filósofo, arzobispo de Sevilla y primado de Toledo, Zeferino González, y sobre todo por el santo obispo de Oviedo Benito Sanz y Forés, después arzobispo de Valladolid y de Sevilla, así como cardenal de la Iglesia.
Al mismo tiempo, sentía repulsa por los librepensadores superficiales, a los que llamaba capataces del libre pensamiento y positivistas de escalera abajo, que hablan de religión y cristianismo sin haber estudiado nunca esas intrincadas materias: (…) Negar el misterio -decía él- es tan solo cerrarse los ojos.