El castro «Santo Domingo» en Imarcoain

 

                     Los muchos días de calor infernal en julio, agosto y primeros de septiembre nos alejaron de nuestros sábados campestres. Hoy, por fin, el cielo sigue estando entero pero corre un cierzo deleitoso. Tenemos hambre de campo abierto y de monte alto.

Elegimos como entrenamiento un castro sencillo y cercano, al que le echamos el ojo muchas veces, al pasar junto a él, yendo hacia el sur o el este de Navarra. Es el castro de Santo Domingo, cerca de Imarcoain, en el Valle de Elorz, entre la sierra de Tajonar, al norte; la sierra de Alaiz y la Higa de Monreal, al sur; Ízaga al este, y la sierra del Perdón al oeste. Una posición estratégica  al sur de Pamplona, entre las dos grandes vías de entrada y salida hacia y desde Tafalla y Sangüesa.

Se llama Santo Domingo, como el castro de Pitillas, por la ermita dedicada al fundador de la Orden dominica, que  ya existía en 1585 y que el obispo Igual de Soria visitó en 1799,  a la vez que repasó la cuentas de la cofradía, cuando atraía romerías colectivas de la Cendea de Galar, Valle de Elorz, Ibargoiti… De la vieja ermita quedan en a cima unas grandes losas, ahora enterradas por completo por la maleza.

El castro, de la Edad del Hierro, tiene una altura de 573 metros y una superficie, en la acrópolis de 5.900 metros cuadrados, y de 24.100 en el entorno, medidos por Javier Armendáriz, que lo descubrió y describió. Hoy la repoblación intensa de pino carrasco desfigura totalmente la estructura del poblado antiguo.

Entramos por un camino que rodea el  macizo en la dirección de la agujas del reloj, que continua seguramente la entrada al viejo castro y luego al camino que llevaba hasta la ermita y a las tierras de labor que duraron hasta los años setenta. En el borde del pinar  se  plantaron en casi todo el recorrido arces de Montpelier, acacias y fresnos, que es el único atractivo vegetal de esta mañana. Hace algún tiempo se cortaron muchos pinos, pero se dejaron sobre el suelo incontables montones de ramas llenas de piñas, que dan al conjunto un aspecto siniestro: el de mil montones de leña preparadas para una posible hoguera.

De principio a fin el suelo se abre por la prolongada sequía en grandes grietas, de modo que los bastones de monte se meten, al menor descuido, en los agujeros.  Los bromos y espiguillas de toda especie están quemados, y semi quemados los diversos y pequeños cardos, mientras levantan altas y mondas sus cabezas las cardenchas, los vulgarmente llamados peines o varas de pastor. En un pequeño claro y a la sombra tenue de los pinos, sentados incómodamente sobre los tocones de pinos cortados, damos ferrete a un ligero bocadillo de chorizo. A mis pies me sonríen en rosa dos  ramitas de centaura menor, la única flor que encontramos esta mañana.

La acrópolis del castro, aislada al norte por un foso, debió de estar un día fortificada con elementos de piedra o madera. Al norte y sur se extienden dos recintos que seguramente fueron los terrenos de servicios del poblado. Armendáriz encontró algunas cerámicas manufacturadas y torneadas de tipo celtibérico. En tiempos romanos, sus habitantes  bajaron probablemente al llano de ese fundus de Inmarcus o algo parecido, que hoy en tendemos por Inmarcoain.

El camino, expedito hasta la pequeña borda en hastial, de madera y cubierta de teja, se va enmarañando poco a poco antes de cerrarse del todo. A través de la  espesa celosía del pinar vamos viendo la Higa de Monreal, el alto de la Cruz, la sierra de Alaiz y la larga  y blanquecina teoría de las naves de la Ciudad del Transporte. Luego, las primeras casitas de Inmarcoain, los abigarrados Beriain, Noain y sus polígonos, el chafarrinón de Pamplona, etc.

De aquí en adelante, nos abrimos paso como podemos entre las altas hierbas -lastones-, cardos y árgomas, de un tramo sin pinos por donde cruza la línea eléctrica, al pie de la acrópolis, y lentamente subimos y bajamos hasta una caseta de cemento, cuya función desconocemos, en los bordes del pinar. Vemos a lo lejos la carretera y la autovía, sabemos bien dónde estamos, pero no cómo volver al camino de antes. Tenemos que meternos en el tremedal del pinar. Y aquí cada paso, paso de ciego, es una aventura, porque los lastones resbaladizos no dejan ver el suelo hondo de la plantación. Los bastones de monte nos sostienen y nos ayudan a bajar, pero el resbalón completo es inevitable, e inevitable el culetazo, o culatazo en forma pasiva, pero sin coccigodinia.

Por fin podemos aterrizar en el camino salvador. A los arcaicos habitantes del castro, sin pinos carrascos, les iba mejor.