Estamos al sudeste, cerca del sur del macizo de la Sierra de Ízaga, bajo sus descarnados peñascales, que nunca habíamos visto tan bien. Vamos y venimos entre una mayoría de campos de cereal, con los herbales ya muy crecidos y recios, a pocos días de sol para granar en espigas; entre varios habales, que requieren suelos arcillosos, profundos y frescos, y dos o tres sembradíos de bisaltos o guisantes mollares, que llevan también el bonito nombre tirabeques y miracielos. Volvemos por Guerguitiain, y vamos dejando atrás Indurain, Urbicain, Turrillas, que visitamos hace tiempo, e Iriso. Y, por casualidad, damos con la balsa llena llamada El Soto, bajo la atalaya de Ardanaz de Izagaondoa, concejo al que pertenece. Para nosotros es una pequeña laguna, rodeada de juncos y aneas, donde croan las ranas, y que nos crea un ambiente de playa vegetal, silencio y encanto.
Tras yantar y sestear, no nos cuesta mucho encontrar el castro de Basaba (bajo el bosque), un espolón rocoso de 664 metros, con una superficie de 5.300 metros cuadrados, que data desde el Bronce Final, atraviesa el Hierro Antiguo y devino probablemente mucho más tarde en un pequeño poblado medieval, con su cementerio, del que queda el nombre de la ermita documentada -Nuestra Señora de Basaba o Basabe-, cuya imagen titular se encuentra en la iglesia parroquial de Najurieta. Tenían cerca el barranco de Ugascoa y, a un kilómetro, el río Unciti, que nace bajo la sierra de Ízaga, se forma cerca de Alzórriz, recorre el Valle y, ya en términos de Monreal, desemboca en el río Elorz, afluente del Arga. Armendáriz, que descubrió el castro, encontró en él solo cerámicas manufacturadas y molinos barquiformes de mano. El cultivo agrícola, que solo se abandonó a mediados del sigo XX, destruyó las infraestructuras originales. En el cerro, en cuyas laderas crecen algunos pinos y enebros, es bien visible el bancal de varios metros de anchura, foso un día colmatado.
En opinión del arqueólogo navarro, los pobladores de Basaba o Basabe debieron de trasladarse, allá por el siglo V a. C. , a otro espolón rocoso, el castro cercano (1.300 metros) de Iruaga, más alto (793 m.) y espacioso (bien visibles los 9.500 metros cuadrados del primer recinto, 3.000 del segundo y 700 del anticastro), próximo a la fuente de Montearriba y no lejos de los barrancos de Lixar y Baratseta, en términos de Najurieta, donde sí se encontraron restos de cerámicas celtibéricas. Estuvo cultivado hasta mediados del siglo pasado. Nos costó un buen rato identificarlo y estudiar su mejor acceso. Cuando por fin, enfilamos el estrecho camino que parece llevarnos al menos cerca de él, se nos viene encima de nosotros un enorme tractor, guiado por un robusto agricultor, acompañado en la cabina por dos chicos, probablemente sus hijos. Ay, Dios mío, qué susto y qué nervios en las muchas maniobras para conducir hacia atrás, entre las dos orillas acechantes de la senda, y la cuesta a nuestras espaldas… Detrás del tractor venía un coche.
Total, que perdemos las ganas de volver a intentarlo y preferimos admirar la alta iglesita románica de Santo Tomás, con su potente torre y su ábside con arquillos ciegos sobre el lugar de Najurieta, concejo extinguido hace años, hoy con 24 habitantes, otrora patrimonio del hospital de Roncesvalles, de los Cruzat y de la Cofradía de San Cernin de Pamplona.
Acabamos paseando por el admirable mirador que es el largo pueblo de Unciti, capital del Valle, de robustas y bellas casas, las más recientes a derecha e izquierda, para sus 75 habitantes, con su iglesita nueva del siglo pasado; su plaza dedicada a Miguel Indurain; la lejana tragedia de 1950, pero siempre presente, y su inmenso frontón de 1984. Caminamos luego hacia las cercanas nobles ruinas de la iglesia de San Pedro mártir, donde se aloja hoy el camposanto antiguo y nuevo, bajo cinco cipreses itálicos y un abeto.
Un lugar tranquilo para ver cómo se retira con pena el primer sol primaveral del sosegado y acogedor Valle de Unciti.