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Resurrección de Jesús

 

Todo fue tan sencillo como un amanecer.
Como un perfume de un frasco descubierto.
Como un saludable respirar.
Como un nacimiento maduro.

Tan bello como el domingo pascual por la mañana.
O el viernes santo por la tarde. 

¡La entrega padecida de un hombre santo,
Hijo de Dios, a Dios,
y la acogida amorosa y definitiva de Dios en su seno!

Dios no lo llamó nunca milagro, 

Todo fue, sin ruido ni testigos solemnes, asombrosamente sencillo.

***

 

(Poemas sobre la resurrección del Señor, todos los domingos de Pascua, desde 2006)

,

Un relato pintoresco: la custodia del sepulcro

 

(Mt 27, 62-66)

 

De entre una colección de tradiciones populares,
pintorescas y, a la vez, muy antijudías
-la muerte de Judas, el sueño de la esposa de Pilato,
los fenómenos fantásticos tras la muerte de Cristo…-,
redactó Mateo con finés polémicos y también escatológicos
unas líneas sobre la custodia del sepulcro del Señor:
los Sumos Sacerdotes y algunos fariseos
habrían pedido a Pilato una guardia romana
para impedir que los discípulos de aquel embaucador ,
que prometió resucitar a los tres días, 

robaran el cadáver  del Maestro
y dieran por buen su resurrección,
siendo la impostura peor que la primera.
Pilato habría aceptado la propuesta

y el sepulcro habría sido sellado y vigilado.
Tras la resurrección, los soldados habrían sido sobornados 
por las mismas autoridades con abundante plata
por decir que el cadáver lo habrían robado los discípulos,
mientras dormían.
Y este bulo habría corrido entre el pueblo judío
hasta los días del evangelista, en los años ochenta.

La muerte redentora de Jesús

 

Jesús  el Cristo murió crucificado en Jerusalén,
como un rebelde político: ¡rey de los judíos!,
el 7 de abril del año 30 de la Era que lleva su nombre,

víctima de los sumos sacerdotes, escribas y herodianos.
Era la pena más infame del Imperio Romano, 
propia de esclavos, traidores y bandidos.

Como falso profeta y blasfemo le juzgó el Sanedrín,
que supo convencer al gobernador romano,
poderoso señor en Judea de la vida y de la muerte,
de que era un grave peligro para Roma.

Jesús previó su muerte, como algunos profetas,
tras haber previsto un nuevo reino y un hombre nuevo.
Gustó al final la noche y el aprieto de la fe en carne viva
y clamó a Dios en la cruz, llamándole Padre.
Su muerte devino, al fin, en vida.
Fue la otra cara del reino inminente,
alegre y amoroso de Dios.

Cómo vio Jesús su propia muerte, solo podemos saberlo
conociendo de cerca el reino que predicaba:
el reino de la salvación completa;
el reino liberador a través de la gracia, el perdón y el servicio:
Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. (…)
Porque el Hijo del Hombre vino no a ser servido, sino a servir
y a dar su vida en rescate por muchos.
Por los hombres fue entregado en manos de los hombres,
y su sangre derramada por una multitud.

En un mundo herido y fracturado por la culpa y la injusticia,
la muerte de Jesús, la Palaba del Padre,
expía y sustituye, restituye y concilia,
redime y salva.

No aplaca a Dios alguno, ni airado ni violento;
supera la justicia con amor sobreabundante;
vincula a los hombres entre sí,

y vincula a los hombres para siempre
con la vida celeste de su reino:
señorío de Dios.

La última cena de Jesús (y II)

 

(Jesús anuncia de nuevo su muerte:
su sangre es la sangre de la alianza de Dios con su pueblo.
El libro del Éxodo
describe la alianza entre Moisés y los ancianos de Israel

con Yahvé, simbolizado en el altar
rociado con la sangre de los novillos.
Cuando Moisés leyó en voz alta el libro de la Alianza, 
el pueblo prometió hacer cuanto había dicho Yahvé, 
y Moisés lo roció con la sangre de la alianza diciendo:
Esta es la sangre de la Alianza que Yahvé ha hecho con vosotros
de acuerdo con todas estas palabras)

La vida de Jesús, entregada a la muerte,
renueva y completa la alianza del monte Sinaí.
Jesús es la misma Alianza, la nueva creación,
al dar su vida por el pueblo de Dios, Israel, y todas las naciones. 

No existe la ira de Dios. Dios no se aplaca ni concilia
con sacrificios de animales y menos con el de su Hijo Predilecto.
La muerte expiatoria de Jesús no apacigua al Dios de la vida,
sino acerca al mundo el Dios del perdón y el gozo permanente.
Enriquece el universo de el orden y equilibrio perdidos,
le devuelve su belleza y su justicia,
su dignidad y su máximo valor.

                                               Jesús, fracasada su misión en medio de su pueblo,
                                                   esperó  hasta el final de su vida en el mundo               
                                                          la venida del reino de Dios, su señorío.
                                                     Sus últimas palabras en la cena
                                                     son un grito final de esperanza:
                                 Dios le sentará en el banquete  pascual definitivo,
                                donde volverá a beber el vino alegre de su reino.

La cena terminó con el canto de los salmos del pequeño Hallel (Alabanza):

Al salir Israel de Egipto, Jacob de un pueblo extranjero,
Judá fue su santuario, Israel fue su dominio.

(…)

Alabad al Señor todas las naciones, 
ensalzadle todos los pueblos…

La última cena de Jesús (I)

 

(1 Cor. 11, 23-25; Mc 14, 22-25; Mt 26, 26-28; Lc 22, 15-20)

 

Jesús cena por última vez, no con su familia natural,
sino con los Doce, su nueva familia,
que representa a las doce tribus de Israel.

Tras los entremeses, y tras recordar Jesús 
la salida del pueblo judío de la esclavitud de Egipto,
tomó el pan (ázimo) en sus manos,
recitó la acción de gracias sobre él,
lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo
:
-Tomad, esto es mi cuerpo.
Así escribe Marcos.

Tomad, comed, esto es mi cuerpo, reescribe Mateo.
Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros
-coinciden Pablo y Lucas-,
haced esto en memoria mía.

(El pan partido no es solo su cuerpo:
quiere decir su vida, su persona, su yo,
el hombre entero en su relación con Dios y con los hombres)
Y así anuncia Jesús su muerte a los suyos,
haciéndoles partícipes de la misma
).

Siguió la comida del cordero con hierbas amargas y puré de fruta.
Después tomó la (tercera) copa, llamada de bendición,
porque sobre ella se recitaba también la acción de gracias,

se la dio y bebieron todos de ella, y les dijo, según Marcos:
Esto es mi sangre de la alianza, derramada por una multitud.
-Para perdón de los pecados,
añade Mateo.

-Por vosotros, dice Lucas, y añade:
haced esto en recuerdo mío. Igual que Pablo:
-Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía.
Pues cada vez que comáis de este pan y bebiereis de este cáliz,
anunciaréis la muerte del Señor hasta que venga.

Yo os aseguro -añaden los sinópticos- que no beberé del producto de la vid
hasta el día en que lo beba de nuevo en el reino de Dios.

 

¿Maltrato en el Pretorio?

(Mc 15, 16-20a; Mt 27 27-31a; Jn 19, 2-3)

 

Marcos, Mateo y Juan describen el escarnio de Jesús
por los soldados del gobernador romano en el Pretorio,
después o en medio del proceso presidido por Pilato.
Le  vistieron de púrpura,
le pusieron una caña como cetro en las manos
y una corona de espinas  –¿acanthus spinosa?- en la cabeza.
Y, mientras le golpeaban y escupían, arrodillándose ante él,
se burlaban parodiando el saludo romano  ¡Ave, César
con un ¡Salve, rey de los judíos!
Terminado el escarnio,
le pusieron su propia vestimenta.

La burla es verosímil.
Solían ser los soldados romanos, presentes por la Pascua en Jerusalén,
tropas auxiliares del Prefecto de Siria,
muchos de ellos antijudíos.
Puede tratarse aquí de un juego paródico habitual entre soldados,
de un conocido mimo teatral grecorromano,
o de una fiesta cruel, como era la de los Sacios
en torno a un preso, condenado a pena capital,
al cual se le trataba de rey,
para luego escupirle, torturarle y darle muerte.

¿O fue solo una réplica del escarnio judío anterior?
¿O bastó, por parte de los tres evangelistas,
evocar la figura del Siervo de Isaías?
Nosotros lo tuvimos por azotado,
herido de Dios y humillado.
Él ha sido herido por nuestras rebeldías,
molido por nuestras culpas. (…)
Fue oprimido y se humilló
y no abrió la boca.
Como un cordero al degüello era llevado
y como oveja que ante los que la trasquilan está muda…

 

 

 

¿Maltrato en el Sanedrín?

 

(Mc 14,65; Mt 26, 67-68; Lc 22, 63-65; Jn 18, 22-23)

 

 Algunos comenzaron a escupirle
y a taparle la cara y golpearle. Y a decirle: ¡profetiza!
Y a bofetadas los guardias le recibieron.
Así escribe Marcos. Mateo y Lucas añaden la pregunta:

¿Quién te pegó? Lucas agrega las blasfemias.

Mateo y Marcos sitúan la escena tras el juicio de los sanedritas.
Lucas tras el canto del gallo, pero antes del proceso matinal.
Juan, más concreto, tras la repuesta de Jesús al Sumo Pontífice,
cuando uno de los guardias abofeteó a Jesús diciendo:
-¿De ese modo respondes al Sumo Sacerdote?

Tal vez Juan esté más cerca de lo ocurrido:
la historia de las víctimas del Sanedrín nos lo confirma.
Como un día Sedecías abofeteó al profeta Miqueas,
tras responder este con valentía al rey Ajab,
los enemigos de Jesús se indignaron también ante la audacia del Maestro
y a humillar al profeta se pusieron sus guardianes.

En cualquier caso, sobre los cuatro evangelistas,
sobre las tradiciones de sus iglesias respectivas,
el eco del Siervo de Isaías seguía resonando:
Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban,
mis mejillas a los que mesaban mi barba.
Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos…