Archivo de la categoría: Sin categoría

Los castros de Olite (y II)

 

                              Por la tarde, pasamos de nuevo, y en dirección contraria, la vía del tren, y pasando entre las huertas de la ciudad, que riega el Cidacos, nos vamos hasta el este del campo de Olite, donde se alza el cerro testigo amesetado, llamado La Falconera, donde el profesor, escritor y alma de la cultura olitense, Javier Corcín, descubrió el  castro prerromano de ese nombre, que estudiaron en 1985 las profesoras y arqueólogas María Amor Beguiristain y Carmen Jusué.

Desde lejos, la figura alargada, de norte a sur, del cerro (396 m. del altitud), partido en dos por un breve foso, se nos ha hecho inconfundible.  Habitado desde los tiempos del Calcolítico, en el Bronces y en el Hierro Antiguo, en él encontraron las investigadoras  finos vasos y una fumayola de cerámica manufacturada. Parece que fue abandonado antes de la celtiberación de Navarra, en los siglos VI o V a. C. yendo sus habitantes quizás a poblar el castro cercano, hoy en términos de Tafalla, Valmediano, que ya visitamos en su día, y que tenemos a la espalda del primer monte que tenemos en frente de nosotros, e igualmente también al cercano castro de Turbil (Beire), todavía por visitar.

Recorremos de cabo a rabo las dos partes del poblado, al que rodean dos barrancos, que estos días también llevan agua. Fue durante muchos años viña, y todavía resisten unas cuantas viejas y heroicas cepas, dispersas y todavía con pequeñitos racimos en sus débiles pámpanos. También resisten tres almendros en el  flanco sur. En uno de sus bordes se hinca furiosamente en la tierra un viejísimo enebro en forma de árbol de múltiples brazos, y, dispersos por todo el cerro, se yerguen otra media docena de enebros en forma de arbustos. Pisamos por donde pasamos tomillos recién florecidos, la mata más abundante, que nos perfuman la tarde, algunos romeros y algunos hinojos, evitando las aliagas, que van perdiendo la flor. Crecen también en la antigua viña las margaritas, las fumarias oficinales, las mostacillas o piperisas, las acederas, los botones de oro o hierbas belidas…

La tarde se recrea en su belleza de mayo. Todo el extenso campo de Olite resplandece de gloria primaveral, que elevan al cielo las torres de San Pedro, de Santa María y las caballerescas del palacio  real. En frente de nosotros, hacia el este, se eleva otro cerro muy parecido al nuestro. Allí abajo, se espejan al sol el colorista palacio de Beire y la torre de Pitillas. Y allí lejos, en la cumbre de Ujué, en medio de la sierra azul de su nombre, lo romeros de la Madre de Dios se disponen a volver a sus casas tras cantar la Salve.

Volvemos entre viñas recién empampanadas, trigales granados y cebadales ya ceriondos, verde-risueños, y  unas fincas con unos palos altos, verticales y horizontales, que unos paseantes nos dicen que son campos de lúpulo (humulus lupulus), plantas amargantes, saborizantes y agentes de estabilidad de la cerveza, nuestra bebida mundial, que nunca habíamos visto.

Al entrar en Olite,  y ver el promontorio donde se planta el palacio, otro espolón de terraza, hoy  una elegante ladera ajardinada, recordamos  el castro que describió Armendariz, de 20.000 metros de superficie, a 450 metros del Cidacos, de planta triangular, donde encontró cerámicas  y molinos de la Edad del Hierro, entre la entrada al casco antiguo y hasta el foso que hoy se llama cerco viejo cerco romano en la plaza de Carlos III, y cercado en el flanco occidental por unas murallas que serían las predecesoras de las de tiempos posteriores. Nuevos motivos para seguir, con nuevas investigaciones, honrando la corte de nuestros reyes.

Los castros de Olite (I)

 

                          Entramos en Beire por el puente que cruza el Cidacos, que baja recio, y buscamos el SE, como marca el GPS. Pero volvemos a salir por el mismo puente y, entre maizales, recién salidos, viñas, esparragueras y campos de tierra blanca, avanzamos por una pista ancha, por la que pasean varios grupos en este triunfal Primero de Mayo, hasta… darnos con las vías del tren. Hemos visto el castro, pero no podemos llegar a él. Nos quedamos en el camino y, rodeados de grandes cardos marianos y grandes malvas florecidas, nos ponemos a almorzar: el mordisco de antes de comer, en lenguaje navarro.

Está claro que tenemos que atravesar las vías por el único sitio que se nos ofrece en este tramo, que es un puente muy distinto del de Beire. Aquí está el pequeño castro del Hierro Antiguo y Medio, llamado La Cañonera, tal vez por la forma de su estructura. Es un modesto espolón de terraza amesetada, de 5.800 metros cuadrados, algo más elevada (373 m.) en el cabo meridional que en el flanco norte, más alargado, que quizás sirvió de espacio económico. Sin defensas visibles, salvo la pendiente continua por los cuatro costados, aquí encontró Armendáriz fragmentos de cerámicas manufacturadas y torneadas ibéricas así como muchos molinos manuales barquiformes.

Las personas y los tractores entramos por un camino que lleva a un próximo campo de habas, ya granadas, y seguimos luego por una finca de guisantes en flor, blanca en su mayor parte, y algunas rosa-moradas, que ocupa también toda la superficie del viejo poblado. En la parte alta de los ribazos vemos algunas piedras, que tal vez fueron parte de las viejas murallas.

Tres tractoristas, que levantan mucho polvo por los caminos, y no celebran precisamente el Primero de Mayo, dan ruidosamente la segunda arada a fincas llovidas anteayer, antes de la siembra. Lo que nosotros llamábamos en nuestro pueblos edrar (de iterare, repetir o binar).

Sopla un bochorno templado, ni frío para aumentar el río, ni caliente para aumentar la corriente, según nuestros refranes pueblerinos,  lo que, unido al sol, también primaveral, nutre y anima la alegría festival del día mundial del Trabajo, e invita a yantar y sestear en cualquier recodo, esquina o rincón campestres del rozagante campo de Olite.

Primero de Mayo

 

  …

El mundo será el paraíso,
patria de la Humanidad…

             (La  Internacional. Versión ibero-americana y de los socialistas españoles)

De Montserrat a Grandvalira (y II)

 

                          El Principado de Andorra, fuera de la Unión Europea,  es para muchos una estación de esquí un emporio comercial o un paraíso fiscal, o las tres bicocas juntas. Para mí ha sido, en primer lugar, una lección de geografía con siete parroquias: San Julián de Loria; Andorra la Vella, donde está la capital; Les Escaldes; La Massana; Encamp; Ordino y Canillo.

Un largo valle corredor entre altas montañas, de norte a sur y de sur a norte, drenado por un río, el Valira. Un continuum urbanístico de altas casas, compuesto mayormente por edificios comerciales y de servicios de todo género, desde la entrada desde España hasta la salida hacia Francia, excepto en el Nordeste -Canillo y Encamp-, donde el continuum edilicio se rompe.  Unas altas montañas, todavía cubiertas de nieve, sobre todo en las parroquias septentrionales. Está abriéndose la primavera, y en las riberas del río florecen los cerezos blancos o rosados. Muchas casas, todas de piedra menuda, con tejados de pizarra -muchas todavía en construcción-, escalan las laderas montañosas, apretadas entre sí, con excelentes accesos y excelentes condiciones ecológicas y salubres. Torrentes de agua batida, lechosa, que desde las quebradas de  los altos valles se precipitan en el río padre andorrano… Esta es la Andorra, el Principado de Andorra que yo he visto, vivido y admirado en el poco tiempo que he podido quedarme, a los pocos días de las últimas nieves, con un sol terapéutico y consolador y un viento suave con olor a nieve.

Excursiones a pequeños valles transversales, sin bloques edilicios, muchos senderos, paso restringido a los coches, muchos arroyos que bajan el deshielo. Faltan las vacas y los caballos, ahora estabulados, porque la hierba de los parados está aún quemada por la nieve reciente. Pero los arroyos o rápidos – les nives, en francés- son más bellos todavía que los animales de los prados.

Visitas a pueblos pequeños o cascos antiguos de las poblaciones crecidas en los últimos tiempos, como Canillo, capital de la parroquia de su nombre, con su preciosa iglesia, abierta todo el día, dedicada a San Cerni (San Saturnino), junto al camposanto anexo de cuatro pisos, y el torrente que salta a pocos metros. U Ordino, capital también de su parroquia, lugar pintoresco, lleno de turistas.

Iglesitas románicas típicas, con sus arcadas y su torres cuadradas, como la cercana de Sant Joan de Caselles. Y el santuario nacional de Meritxell (¿Gracia del cielo, Mediodía del cielo?), patrona de Andorra, consumido por un incendio en 1972, y reconstruido en formas modernas y luminosas, con grandes arcos, que evocan el arte románico, por el arquitecto catalán Ricardo Bofill, y una bella exposición de fotos en su nuevo claustro sobre los dos templos devocionales.

Y, en fin, la última excursión a Pas de la Casa (puerto y pueblo) en el extremo oriental de Andorra (Encamp), el puerto más alto del Principado, el más nevado también, con picos que se acercan a los 3000, mucho más bello que sus famosas estaciones de esquí (la principal, Grandvalira) y su inmensa superficie comercial, invadida de franceses y otras gentes, donde todos estamos obligados a comprar, por lo menos algo de lo que no hemos comprado, com tothom, en Andorra la Vella.

 

De Montserrat a Grandvalira (I)

 

                            Llegado en el nuevo  tren funicular, encuentro Montserrat esplendoroso, genuinamente pascual en este segundo día de Pascua, alegre de numerosos visitantes, con una vegetación crecida, nuevos servicios comerciales, que en mis tiempos (1966-1991) no existían, todo más limpio y nuevo, con el Museo llevado a la gran plaza, y un servicio de vigilancia en todas partes, que nunca conocí.

Miro con nostalgia la torre de mi Sala Cambó, donde pasé tantas horas en la preparación de los 9 volúmenes de Esglesia i Estat durant la Segona Repùblica Espanyola. Veo por todas partes a mi profesor, maestro y colega el historiador jesuita P. Batllori y a los monjes benedictinos amigos, con el P. Abad Just y el P. Taxonera a la cabeza. Me hago unas fotos en el claustro gótico, donde se exhibe la nueva Fundación, creada este año jubilar. Leo en las viejas paredes la síntesis de la secular historia del santuario: me había olvidado de que el emperador Carlos también fue devoto de Montserrat. Me recojo en la iglesia, con olor a incienso del Jubileo de diez siglos (1025-2025), en plena celebración. Subo al cambril de la Moreneta, me inclino ante ella, y, al bajar, le dejo ardiendo, en el estrecho pasillo donde arden los cirios bajo las rocas, mi llama de amor y de gratitud.

Rodeando por la base el macizo montserratino casi por completo, salimos hacia El Bruc, en la Anoia, y por La Segarra, el Solsonés y el Alt Urgell atravesamos la Cataluña cerealista, montana y boscosa, siguiendo al río franco-hispano Segre, el afluente mayor del Ebro, hasta llegar al gran embalse de Rialb, mar del Pirineo leridano, seguido del más pequeño de Oliana. Es día de Sant Jordi, festivo en toda Cataluña, y en la rambla de La Seo d´Urgell se venden rosas y libros, más las primeras que los segundos, como es natural, y me hago una foto con la pared de fondo adornada con decenas de poemas de poetas españoles e hispano-americanos.

Qué lindo el barrio de la catedral. La cuarta edificada, desde el siglo V, en la pequeña ciudad, románica italianizante del siglo XII, es la única íntegramente románica de Cataluña. Este silencio alegre y soleado evoca todos los siglos, toda la historia de la cristiandad europea. Esta es la única ciudad con nombre de catedral en el mundo. Y hace honor a su nombre.

Vuelve la luz

 

                        Son las diez de la noche de este día 28 de abril, cuando esta mañana escribí el título de la entrega: Presentamos en Tudela «Navarra, tiempo y espacio». Son las diez de la noche en Pamplona y acaba de llegar la luz eléctrica a mi barrio, tras el apagón de la mañana. Ni que decir tiene que no he ido a Tudela, porque no tenía sentido alguno presentar nada, un día como hoy, y hasta porque la Dirección General de Tráfico, y el mismo presidente del Gobierno nos recomendaron no ponernos en camino alguno. Los que vivimos en un piso 11º tenemos, además, razones añadidas, en forma de escaleras. Dos compadres, celosos cumplidores del deber, han ido, a pesar de todo, tras fallar nuestras intercomunicaciones, y se han encontrado la sala vacía. ¡No se puede desobedecer impunemente al presidente del Gobierno, y menos a la DGT!

En mi pueblo, los años cuarenta y cincuenta, se iba mucho la luz, y, cada vez que empezaba a llover, sobre todo de tormenta, nos la quitaban. Y eso que teníamos cerca un «Salto» (central eléctrica) y un electricista de profesión, primo mío, en el villorrio. Así que estoy avezado a ello. Pero entonces casi nada pasaba por la luz eléctrica, y ahora pasa casi todo. Entonces, sin luz eléctrica, no nos faltaba nada esencial. Y ahora nos falta todo: no somos nadie sin ella: para entrar en y salir de casa, para viajar, para hablar, para comprar, para curar, para  guardar los alimentos, para cocinar, para enterarnos de algo… Ventajas y desventajas de la tecnocracia, segunda piel del hombre moderno.

Tal vez después del fuego y de la rueda, la luz eléctrica fue el mayor invento del hombre, fundamento de mil inventos ulteriores. Venía nada menos que a sustituir y hasta competir con la luz natural, la luz del sol, recreador de la vida. No por nada  la metáfora preferida para mentar a Dios creador es la luz, y al Hijo de Dios le llamaron los Padres de Nicea, ahora hace 20 siglos, Luz de Luz: (Lumen de Lumine).

Y con esta luz derivada de todas esas luces lleno como puedo la entrada imprevista de hoy, y guardo para otra ocasión la fugaz linterna, que nunca se sabe dónde la dejamos la última vez, imagen prototípica de las cavernas, mucho antes de que la luz -la corriente la llamábamos en nuestro pueblo, por la velocidad con que se iba y se venía- iluminara nuestras vidas de hombres de nuestro tiempo.

 

Francisco

 

Recorrió rápido, aunque cojeaba,
el breve tramo entre la muerte y la vida.
Pero, como dijo solo llamarse Francisco,
apenas si, al principio,
fue advertida en la corte celeste la llegada
de todo un papa de la cristiandad.

Fue, por sus obras conocidas,
uno de los papas más parecidos
a Jesús de Nazaret.

Tristes saduceos, de todo signo,
han vuelto a hacer la mueca atea.
Y le han llamado de nuevo comunista,
peronista, populista,
y hasta papa conspirador,
en los tristes despachos y torres de marfil
de su mundo insensato.

Francisco de Asís fue el tercero en recibirle
en el cielo de Dios.