Vuelve la luz

 

                        Son las diez de la noche de este día 28 de abril, cuando esta mañana escribí el título de la entrega: Presentamos en Tudela «Navarra, tiempo y espacio». Son las diez de la noche en Pamplona y acaba de llegar la luz eléctrica a mi barrio, tras el apagón de la mañana. Ni que decir tiene que no he ido a Tudela, porque no tenía sentido alguno presentar nada, un día como hoy, y hasta porque la Dirección General de Tráfico, y el mismo presidente del Gobierno nos recomendaron no ponernos en camino alguno. Los que vivimos en un piso 11º tenemos, además, razones añadidas, en forma de escaleras. Dos compadres, celosos cumplidores del deber, han ido, a pesar de todo, tras fallar nuestras intercomunicaciones, y se han encontrado la sala vacía. ¡No se puede desobedecer impunemente al presidente del Gobierno, y menos a la DGT!

En mi pueblo, los años cuarenta y cincuenta, se iba mucho la luz, y, cada vez que empezaba a llover, sobre todo de tormenta, nos la quitaban. Y eso que teníamos cerca un «Salto» (central eléctrica) y un electricista de profesión, primo mío, en el villorrio. Así que estoy avezado a ello. Pero entonces casi nada pasaba por la luz eléctrica, y ahora pasa casi todo. Entonces, sin luz eléctrica, no nos faltaba nada esencial. Y ahora nos falta todo: no somos nadie sin ella: para entrar en y salir de casa, para viajar, para hablar, para comprar, para curar, para  guardar los alimentos, para cocinar, para enterarnos de algo… Ventajas y desventajas de la tecnocracia, segunda piel del hombre moderno.

Tal vez después del fuego y de la rueda, la luz eléctrica fue el mayor invento del hombre, fundamento de mil inventos ulteriores. Venía nada menos que a sustituir y hasta competir con la luz natural, la luz del sol, recreador de la vida. No por nada  la metáfora preferida para mentar a Dios creador es la luz, y al Hijo de Dios le llamaron los Padres de Nicea, ahora hace 20 siglos, Luz de Luz: (Lumen de Lumine).

Y con esta luz derivada de todas esas luces lleno como puedo la entrada imprevista de hoy, y guardo para otra ocasión la fugaz linterna, que nunca se sabe dónde la dejamos la última vez, imagen prototípica de las cavernas, mucho antes de que la luz -la corriente la llamábamos en nuestro pueblo, por la velocidad con que se iba y se venía- iluminara nuestras vidas de hombres de nuestro tiempo.