Llegado en el nuevo tren funicular, encuentro Montserrat esplendoroso, genuinamente pascual en este segundo día de Pascua, alegre de numerosos visitantes, con una vegetación crecida, nuevos servicios comerciales, que en mis tiempos (1966-1991) no existían, todo más limpio y nuevo, con el Museo llevado a la gran plaza, y un servicio de vigilancia en todas partes, que nunca conocí.
Miro con nostalgia la torre de mi Sala Cambó, donde pasé tantas horas en la preparación de los 9 volúmenes de Esglesia i Estat durant la Segona Repùblica Espanyola. Veo por todas partes a mi profesor, maestro y colega el historiador jesuita P. Batllori y a los monjes benedictinos amigos, con el P. Abad Just y el P. Taxonera a la cabeza. Me hago unas fotos en el claustro gótico, donde se exhibe la nueva Fundación, creada este año jubilar. Leo en las viejas paredes la síntesis de la secular historia del santuario: me había olvidado de que el emperador Carlos también fue devoto de Montserrat. Me recojo en la iglesia, con olor a incienso del Jubileo de diez siglos (1025-2025), en plena celebración. Subo al cambril de la Moreneta, me inclino ante ella, y, al bajar, le dejo ardiendo, en el estrecho pasillo donde arden los cirios bajo las rocas, mi llama de amor y de gratitud.
Rodeando por la base el macizo montserratino casi por completo, salimos hacia El Bruc, en la Anoia, y por La Segarra, el Solsonés y el Alt Urgell atravesamos la Cataluña cerealista, montana y boscosa, siguiendo al río franco-hispano Segre, el afluente mayor del Ebro, hasta llegar al gran embalse de Rialb, mar del Pirineo leridano, seguido del más pequeño de Oliana. Es día de Sant Jordi, festivo en toda Cataluña, y en la rambla de La Seo d´Urgell se venden rosas y libros, más las primeras que los segundos, como es natural, y me hago una foto con la pared de fondo adornada con decenas de poemas de poetas españoles e hispano-americanos.
Qué lindo el barrio de la catedral. La cuarta edificada, desde el siglo V, en la pequeña ciudad, románica italianizante del siglo XII, es la única íntegramente románica de Cataluña. Este silencio alegre y soleado evoca todos los siglos, toda la historia de la cristiandad europea. Esta es la única ciudad con nombre de catedral en el mundo. Y hace honor a su nombre.