Entramos en Beire por el puente que cruza el Cidacos, que baja recio, y buscamos el SE, como marca el GPS. Pero volvemos a salir por el mismo puente y, entre maizales, recién salidos, viñas, esparragueras y campos de tierra blanca, avanzamos por una pista ancha, por la que pasean varios grupos en este triunfal Primero de Mayo, hasta… darnos con las vías del tren. Hemos visto el castro, pero no podemos llegar a él. Nos quedamos en el camino y, rodeados de grandes cardos marianos y grandes malvas florecidas, nos ponemos a almorzar: el mordisco de antes de comer, en lenguaje navarro.
Está claro que tenemos que atravesar las vías por el único sitio que se nos ofrece en este tramo, que es un puente muy distinto del de Beire. Aquí está el pequeño castro del Hierro Antiguo y Medio, llamado La Cañonera, tal vez por la forma de su estructura. Es un modesto espolón de terraza amesetada, de 5.800 metros cuadrados, algo más elevada (373 m.) en el cabo meridional que en el flanco norte, más alargado, que quizás sirvió de espacio económico. Sin defensas visibles, salvo la pendiente continua por los cuatro costados, aquí encontró Armendáriz fragmentos de cerámicas manufacturadas y torneadas ibéricas así como muchos molinos manuales barquiformes.
Las personas y los tractores entramos por un camino que lleva a un próximo campo de habas, ya granadas, y seguimos luego por una finca de guisantes en flor, blanca en su mayor parte, y algunas rosa-moradas, que ocupa también toda la superficie del viejo poblado. En la parte alta de los ribazos vemos algunas piedras, que tal vez fueron parte de las viejas murallas.
Tres tractoristas, que levantan mucho polvo por los caminos, y no celebran precisamente el Primero de Mayo, dan ruidosamente la segunda arada a fincas llovidas anteayer, antes de la siembra. Lo que nosotros llamábamos en nuestro pueblos edrar (de iterare, repetir o binar).
Sopla un bochorno templado, ni frío para aumentar el río, ni caliente para aumentar la corriente, según nuestros refranes pueblerinos, lo que, unido al sol, también primaveral, nutre y anima la alegría festival del día mundial del Trabajo, e invita a yantar y sestear en cualquier recodo, esquina o rincón campestres del rozagante campo de Olite.