Jesús el Cristo murió crucificado en Jerusalén,
como un rebelde político: ¡rey de los judíos!,
el 7 de abril del año 30 de la Era que lleva su nombre,
víctima de los sumos sacerdotes, escribas y herodianos.
Era la pena más infame del Imperio Romano,
propia de esclavos, traidores y bandidos.
Como falso profeta y blasfemo le juzgó el Sanedrín,
que supo convencer al gobernador romano,
poderoso señor en Judea de la vida y de la muerte,
de que era un grave peligro para Roma.
Jesús previó su muerte, como algunos profetas,
tras haber previsto un nuevo reino y un hombre nuevo.
Gustó al final la noche y el aprieto de la fe en carne viva
y clamó a Dios en la cruz, llamándole Padre.
Su muerte devino, al fin, en vida.
Fue la otra cara del reino inminente,
alegre y amoroso de Dios.
Cómo vio Jesús su propia muerte, solo podemos saberlo
conociendo de cerca el reino que predicaba:
el reino de la salvación completa;
el reino liberador a través de la gracia, el perdón y el servicio:
Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. (…)
Porque el Hijo del Hombre vino no a ser servido, sino a servir
y a dar su vida en rescate por muchos.
Por los hombres fue entregado en manos de los hombres,
y su sangre derramada por una multitud.
En un mundo herido y fracturado por la culpa y la injusticia,
la muerte de Jesús, la Palaba del Padre,
expía y sustituye, restituye y concilia,
redime y salva.
No aplaca a Dios alguno, ni airado ni violento;
supera la justicia con amor sobreabundante;
vincula a los hombres entre sí,
y vincula a los hombres para siempre
con la vida celeste de su reino:
señorío de Dios.