La última cena de Jesús (y II)

 

(Jesús anuncia de nuevo su muerte:
su sangre es la sangre de la alianza de Dios con su pueblo.
El libro del Éxodo
describe la alianza entre Moisés y los ancianos de Israel

con Yahvé, simbolizado en el altar
rociado con la sangre de los novillos.
Cuando Moisés leyó en voz alta el libro de la Alianza, 
el pueblo prometió hacer cuanto había dicho Yahvé, 
y Moisés lo roció con la sangre de la alianza diciendo:
Esta es la sangre de la Alianza que Yahvé ha hecho con vosotros
de acuerdo con todas estas palabras)

La vida de Jesús, entregada a la muerte,
renueva y completa la alianza del monte Sinaí.
Jesús es la misma Alianza, la nueva creación,
al dar su vida por el pueblo de Dios, Israel, y todas las naciones. 

No existe la ira de Dios. Dios no se aplaca ni concilia
con sacrificios de animales y menos con el de su Hijo Predilecto.
La muerte expiatoria de Jesús no apacigua al Dios de la vida,
sino acerca al mundo el Dios del perdón y el gozo permanente.
Enriquece el universo de el orden y equilibrio perdidos,
le devuelve su belleza y su justicia,
su dignidad y su máximo valor.

                                               Jesús, fracasada su misión en medio de su pueblo,
                                                   esperó  hasta el final de su vida en el mundo               
                                                          la venida del reino de Dios, su señorío.
                                                     Sus últimas palabras en la cena
                                                     son un grito final de esperanza:
                                 Dios le sentará en el banquete  pascual definitivo,
                                donde volverá a beber el vino alegre de su reino.

La cena terminó con el canto de los salmos del pequeño Hallel (Alabanza):

Al salir Israel de Egipto, Jacob de un pueblo extranjero,
Judá fue su santuario, Israel fue su dominio.

(…)

Alabad al Señor todas las naciones, 
ensalzadle todos los pueblos…