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Pasión de Cristo (V)

Dejado por casi todos, el justo cuelga en la cruz.
Dos malhechores le acompañan. ¿Dónde está su Dios?
– «Puso su confianza en Dios. Que ahora le salve«. ( Mt 27, 43)
Cristo pregunta a Dios en su agonía. Le pide una respuesta.
Es la oración más recia de su vida
y, a la vez,
el abandono supremo en los brazos del Padre:
-«Dios mio, Dios mio, ¿por qué me has abandonado? ( S 22; S 31, 6)
(…)
Dios mio, de día clamo y no respondes.
(…)
¡Mas tú eres el Santo, que moras en las laudes de Israel!
En tí esperaron nuestros padres,
esperaron y tú los liberaste.
(…) Sálvame de las fauces del león,
y mi pobre ser de los cuernos de los búfalos».
Cristo baja al infierno de la muerte.
Se estremece también el universo: (Mt 27, 45)
agoniza la luz entre tinieblas,
que anuncian el fin del mundo.
Su moribundo grito
hace temblar la tierra,
y hendirse los roquedos del Gólgota,
y rasgarse el velo del Santuario,
pero, a la vez, abrirse los sepulcros.
Vuelven la luz y la vida.
– «En verdad que este hombre era hijo de Dios«. (Mc 15, 39)
(Lo dice el centurión, un soldado pagano).

Ha muerto un hombre perfecto. (Hebr 5, 9)
Perfecto hasta en su muerte abandonada,
en la miseria absoluta ante la muerte.

Pasión de Cristo (IV)

Su sangre es la sangre de la alianza
de Dios con su pueblo. (Mt 26, 28)
Él es la alianza nueva, mejor y definitiva (Hebr 8, 6)
de la gracia y el perdón para todos los hombres.
En medio de la cena les dice a sus discípulos:
– «Este es mi cuerpo que se da por vosotros«. (I Cor 11, 24)
– «Esta es mi sangre de la alianza, derramada por muchos«. (Mc 14, 24)
Cuantas veces lo celebren,
proclamarán la muerte del Señor
hasta que vuelva. (I Cor 11, 26)
Tras la sangre de los machos cabríos,
fieramene expiatoria,
nos deja Cristo en la larga mesa de los días
el pan y el vino alegres y nutricios,
com-partidos, re-partidos en fraterna comunión.
Son su vida partida y entregada:
sustento, compañía y viático final.
La promesa es ya alianza novísima:
Dios y el hombre se alían para siempre. (Hbr 8, 6)

Pasión de Cristo (III)

Es el hombre para todos. Es la buena noticia. (Mc 1, 15)
El ser para los otros hasta el final del reto,
que vino a servir y no a ser servido,
y a dar su vida en rescate por muchos. (Mc 10, 45)
Hijo del hombre entregado en manos de los hombres, (Mc 9, 31)
ya no tiene apariencia ni presencia, (Is 53)
es tan sólo un desecho entre malvados.
Como un cordero llevado a degollar
y que no se resiste,
patrón y norma de todas las víctimas,
libre y convincente,
por fiel a la verdad y a la justicia,
por obediente al Padre.
Joven varón de dolores,
carga con todos los nuestros
en su inmensa humanidad perdonadora.
Molido por nuestras culpas,
de las mismas nos libera y nos trae la paz:
el sentido de la vida.
Débil e impotente hasta la muerte, (Fil 2, 6-10)
no se apoya en la fuerza o el poder
de un Deus ex machina amañado.
Con él comienza el Reino y en él se transparenta
-oh, escándalo mayúsculo-
el nuevo rostro de Dios.

Pasión de Cristo (II)

Es el justo y el santo.
El mártir que da testimonio del reino de Dios (I Tim 6, 13)
y provoca la violencia y la mentira,
que salen furibundas de su inmundo cubil.
«Tendamos lazos al justo molesto. (…)
Condenémosle a una muerte afrentosa«. (Sab 2, 12-20)
La muerte que le dieron aleves labradores
al hijo y heredero del dueño de la viña. (Mc 12, 1-12)
La mentira, soplona, arropa a la violencia,
y el justo se convierte en rebelde y sedicioso,
enemigo del César, zelota galileo. (Mc 15, 1-20)
¿Qué más podría oír el titere Pilato?
Sin duda Barrabás es menos peligroso
para salvar la piel,
para calmar las iras
de los taimados súbditos del César.
– Traed, esbirros, la túnica escarlata,
la corona de espinas,
y un cetro de caña para el rey de los judíos.
Que este preso político nos va a divertir
después de la azotaina,
pues sin burla no hay muerte completa.
Y traed también un poco de agua
para lavar las manos hediondas,
imposibles de limpiar,
de Pontius Pilatus.

Pasión de Cristo (I)

Fue el destino habitual de los profetas. (Luc 11, 49)
Hondo es el embalse de la sangre
desde Abel al profeta Zacarías.
«Felices –prometió Jesús a sus discípulos-, (Luc 6, 22)
cuando os odien, os expulsen, os injurien,
y proscriban vuestro nombre
por el Hijo del Hombre
«.
Para el alto Sanedrín, (Mc 14, 53-65)
lobera de fanáticos y escépticos,
el joven Rabí de Nazaret
es un falso profeta y un blasfemo, (Lev 24, 16; Dt 13, 50)
amigo de los impuros, (Mc 2, 7, 23; 3, 2)
enemigo del sábado,
violador de la ley:
puro reo de muerte.
Y ofrece sus espaldas a los golpes, (Is 50, 6)
sus mejillas galileas
a los brutos mesadores de barbas,
y su rostro es dornillo de insultos y salivas.

Palmas del Domingo

Palmas del Domingo
risueño de Ramos.
Palma del martirio,
a muy pocos palmos.

El pueblo le aclama
por maestro y santo.
Pero sus señores,
fríos o fanáticos,
piensan, miran, buscan
cómo eliminarlo.

La vida y la muerte
disputan su espacio.
El amor y el odio
riñen su escenario.

Palmas del Domingo
risueño de Ramos.
Palma del martirio,
a muy pocos palmos.

Religión mágica

(Un malelentendido del amigo al que encargué colgar ayer mi comentario, al estar yo en Madrid presentando el libro Vida y asesinato de Tomás Caballero, me obliga a retrasarlo hasta hoy). Veo que hasta grandes personajes contemporáneos confunden la religión cristiana, mejor, la fe cristiana con la magia o algo parecido. En una larga entrevista que acabo de leer, el famoso pintor alemán Anselm Kiefer -que expone estos días en el Gugenheim, de Bilbao- parece explicar y aun justificar la renuncia a su confesión católica con sinrazones como ésta: «Pocas personas han sido educadas con más ardor católico que yo. Recuerdo mi primera comunión; esperaba ser iluminado, y no sucedió nada. El desencanto fue total». Naturalmente. Y sigue diciendo el artista: «Mi religión va más allá: a donde la espiritualidad, la psicología y la historia se unen sin resolución. En cualquier caso jamás digo «creo en», porque todas las religiones tienen la misma base: la búsqueda del ser supremo. Lo que me interesa de la mística es que rompió las barreras de lo ortodoxo en religión». Bueno, sin meternos ahora en honduras místicas, mejor así que esperar, mágicamente, no sé qué iluminación.

El lenguaje del mito

El mito, el mito genuino -lo contrario de lo que suele entenderse como tal- es el lenguaje vivo, pleno, y humano por excelencia. Nos da qué pensar, qué sentir, qué hacer y qué esperar. Es el lenguaje más profundo, aquél que nace de la experiencia decisiva del hombre. El que cambia radicalmente sus relaciones, su estar en el mundo. El que es capaz de transcenderlo también.

«In manus tuas, Domine…»

Quinto aniversario de la muerte de mi madre. Era día de Jueves Santo y fue la Semana más santa de mi vida. Huiré hoy de nuevo de todo rito personal y transpersonal del recuerdo minucioso, del cultivo doloroso de la memoria del dolor y de la tristeza. En otros puede ser normal y hasta saludable. Para mí, tal vez por mi fragilidad, es mucho más negativo que positivo Además, ¿no celebramos siempre festivamente el día de la muerte de los santos?. Leeré y meditaré vivencias y reflexiones sobre la resurrección de Jesús y la nuestra, tan cercanos ya a la Pascua. Y comienzo por esta experiencia sapiencial de Juan Luis Ruiz de la Peña, teólogo y músico asturiano, antropólogo y escatólogo de primera línea, autor de muchos libros magistrales, fallecido en 1997. Poco antes de morir, se puso a escribir en el ordenador sus penúltimas vivencias sobre la vida y la muerte. Se preguntaba si durante una enfermedad realmente grave, cuando el yo personal se encuentra embargado, enajenado, expropiado por el dolor, se puede seguir siendo persona y no sólo cuerpo, el cuerpo que se es y no se tiene, y si ya sólo cabe lo que los antiguos llamaban satispasión, disposición a la pasión, aceptación de la pasividad. «Es este el momento –continúa el autor de La Pascua de la Creación en que el hombre se apercibe (por una suerte de revelación de cegadora nitidez) de que en algún momento de su proceso vital le aguarda inexorablemente algo que lo va a consumar consumiéndole literalmente; que no hay forma de rematar la empresa de ser hombre sin esa consumación que lo consume; que no basta «hacer bastante» («satisfacere»), sino que es menester «padecer bastante» («satispati») para cerrar el ciclo. No conozco ninguna lectura (filosófica o religiosa) del fenómeno humano que pueda justificar este tránsito del «satisfacere» al «satispati» del modo como hace la fe cristiana. El hombre se percibe a sí mismo sobre todo como agente ejecutivo, autor y actor libremente responsable de su destino. Cuando la enfermedad le descubre cuán precaria era, a fin de cuentas, esa pretensión en la que cifra su autoestima, ¿dónde encontrar la clave que esclarezca la radical inversión de su instalación en la realidad por la que está pasando? ¿De dónde recabar el temple preciso para encajar tan dolorosa metamorfosis? Sólo el paradigma de una pasión que es acción libremente diseñada puede esclarecer la aporía. Sólo el hecho-Cristo sirve aqui de algo.Todo lo demás es literatura (generalmente mediocre), patético titanismo o huída encubridora de la situación que se está viviendo. El «In manus tuas commendo spiritum meum» es en esta coyuntura la única fórmula con sentido, la sola consolación posible. En la fe en el Dios vivo y en la esperanza de la victoria sobre la muerte».

No a la guerra

«Pocas veces, o ninguna, conoció nuestro país consenso nacional tan unánime como el que juntó por aquellos meses a los españoles para abominar «ex toto corde» de cualquier intervención en la contienda armada. Las personas intelectualmente solventes, militasen o no en política, coincidieron todas, salvo levísimos matices, con el parecer expresado por Dato y Maura al comienzo de la conflagración (…). Los restantes compatriotas, sin distinción de sexo ni edad, agudizaron (no sin fundamento ahora) el pacifisimo a ultranza, que, desde 1909 (o, para ser más exactos, desde 1899) latía vivaz en sus cuerpos y quizá también en sus almas«. Que los españoles defendieran la neutralidad en la segunda guerra mundial, recién terminada nuestra guerra civil, parece obvio. Pero el pacifismo de nuestro pueblo, su horror a la guerra, venía de lejos, como nos dicen los historidadores Gabriel Maura y Melchor Fernández Almagro en su libro Por qué cayó Alfonso XIII, en el capítulo relativo a la primera guerra mundial. Las dos grandes guerras nos venían grandes y sobre todo lejanas. No tenían nada que ver con nuestra resistencia patriótica frente a los soldados revolucionarios franceses y napoleónicos. Las últimas derrotas coloniales en América y Oceanía, y la interminable y agotadora guerra de África nos dejaron sólo las ganas de pelearnos entre nosotros mismos. Y ahora, afortunadamente, ni eso. El anterior Gobierno español no estudió bien la historia política de nuestro último siglo. Hoy en España, como en otros muchos países, la única acción militar tolerable fuera de nuestras fronteras es la del servicio de la paz (mejor con mandato de la ONU), es decir, la guerra defensiva o la que parezca, inducidamente o no, como tal. Es el caso de Afganistán o antes de la ex Yugoslavia. Por lo demás, nuestro conocimiento de la política exterior es tan exiguo y nuestra presencia en el mundo contemporáneo ha sido tan tenue, que nuestra sensibilidad ante las muchas atrocidades y guerras que han ensangretado el mapamundi apenas si nos han conmovido, fuera de la guerra de Irak, y eso por motivos de política interna. Pero las terribles dictaduras sanguinarias de Sadam Hussein y de los ayatollahs de Irán, la espantosa y larga guerra entre Iran e Irak, las numerosas e implacables dictaduras africanas, asiáticas y hasta iberoamericanas -incluida la de Castro-, y las guerras ignoradas, crueles y continuas de Somalia, Liberia, Angola, Congo, Sudán, Guatemala, Nicaragua, Sri Lanka, Vietnam, Camboya, etc., etc., no han levantado casi nunca una protesta y menos una movilización. No a la guerra, pero según dónde, cuándo y cómo.