Dejado por casi todos, el justo cuelga en la cruz.
Dos malhechores le acompañan. ¿Dónde está su Dios?
– «Puso su confianza en Dios. Que ahora le salve«. ( Mt 27, 43)
Cristo pregunta a Dios en su agonía. Le pide una respuesta.
Es la oración más recia de su vida
y, a la vez,
el abandono supremo en los brazos del Padre:
-«Dios mio, Dios mio, ¿por qué me has abandonado? ( S 22; S 31, 6)
(…)
Dios mio, de día clamo y no respondes.
(…)
¡Mas tú eres el Santo, que moras en las laudes de Israel!
En tí esperaron nuestros padres,
esperaron y tú los liberaste.
(…) Sálvame de las fauces del león,
y mi pobre ser de los cuernos de los búfalos».
Cristo baja al infierno de la muerte.
Se estremece también el universo: (Mt 27, 45)
agoniza la luz entre tinieblas,
que anuncian el fin del mundo.
Su moribundo grito
hace temblar la tierra,
y hendirse los roquedos del Gólgota,
y rasgarse el velo del Santuario,
pero, a la vez, abrirse los sepulcros.
Vuelven la luz y la vida.
– «En verdad que este hombre era hijo de Dios«. (Mc 15, 39)
(Lo dice el centurión, un soldado pagano).
Ha muerto un hombre perfecto. (Hebr 5, 9)
Perfecto hasta en su muerte abandonada,
en la miseria absoluta ante la muerte.