Es curioso que el único diputado constituyente que nos queda; quien fuera presidente de la Comisión constitucional, que votó, sin abrir la boca, la segunda versión del Estatuto catalán, ocurrencia de Maragall-Rodríguez Zapatero, luego parcialmente rechazado por el Tribunal Constitucional, se atreva ahora, desde la oposición, a blandir y defender nada menos que el artículo 155 de la Constitución, que sólo algún editorialista de El Mundo se había atrevido a sugerir. Sin llegar a tanto, es de agradecer que nos recuerde, cosa que no lo ha hecho Miguel Roca, que tanto CIU como PNV se pronunciaron entonces contra la autodeterminación, mientras ahora se decantan por la independencia o el Estado libre asociado, respectivamente. Guerra no tiene pelos en la lengua para decir que ambos han roto el cuerpo constituyente, no han respetado el pacto constitucional, ni son leales a lo que defendieron en 1978. Por otra parte, piensa que el Estado autonómico es federal y funciona como federal -no estoy de acuerdo con ello-, y tiene dudas de que una reforma federal satisfaga a los «nacionalistas catalanes». Pero ¿cómo va a satisfacer, si unos se declaran confederalistas y otros independentistas? Les satisface mucho menos que la fórmula actual. De ahí el error de partida de la reforma Rubalcaba, que, tarde o temprano, habrá que revisar seriamente, sobre todo cuando cuando sabemos que son los socialistas catalanes del PSC sus mayores impulsores, cuyo portavoz, Jaume Collboni, acaba de declarar que ellos no van a participar en las celebraciones de la Consitución en Cataluña, porque no quieren agitar las bajas pasiones.
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Por la Constitución (I)
El constitucionalista catalán Fracesc de Carreras nos ha dejado claro que hoy no hay consenso suficiente para reformar la Constitución y que ésta no debe reformarse hasta alcanzar entre todos los partidos el consenso que haga posible un voto favorable de todos los españoles, por lo menos tan amplio como fue el que dimos los mayores hoy de 52 años en 1978: con un 90 por ciento en Cataluña, un 86 por ciento en Madrid, etc. De la misma opinión es Miguel Roca, padre de la Constitución y piloto después de un fracasado Partido Reformista que no tuvo un solo diputado en las elecciones generales de 1986 en toda España. Ahora, entrevistado en EP, el que fue eterno segundo de Pujol no quiere hablar de temas actuales, porque no tiene valor para enfrentarse con la deriva independentista de su partido, como prueban -quién lo diría- sus artículos en La Vanguardia, si es que no coincide con él al cargar de continuo contra el Tribunal Constitucional, al que achaca todos los males, o al defender que la consulta soberanista cabe en la Constitución. En eso coincide con su mayoral politico, Jordi Pujol, quien desde la Declaración de Barcelona en 1998, a una con el PNV y el BNG, pretendió hacer de la Constitución de 1978 una Constitución confederal, que no existe en ninguna parte del mundo. Está visto que Roca Junyent es mejor abogado de la infanta Cristina que constitucionalista. Por fortuna, ha hablado el que fue, si no padre, sí padrino de todos los padres, el constitucionalista Francisco Rubio Llorente, para decir sensatamente que el derecho a decidir no cabe ni en esta Constitución ni en ninguna, y que los escoceses no serán independientes, si el Parlamento británico no les concede la independencia, para lo cual tendria que modificar varias leyes y hasta la bandera.- Voces como ésta, sabias, firmes y serenas, nos han faltado durante los últimos meses. Nos hubieran aquietado y serenado un poco ante tantos voceríos y vociferaciones anticonsticuionales antiespañoles.
«Gran figura de la civilización universal»
Era el 2 de febrero de 1932. Joaquín Beúnza, diputado carlista a Cortes por Navarra, ex diputado foral, doctor en derecho, abogado y economista, jefe de la minoría vasconavarra en el Congreso, defendía a la Compañía de Jesús, que por un decreto del ministerio de Justicia, acorde con el artículo 26 de la Constitución, de 1931, verdadero artículo de excepción, había sido disuelta y obllgada, en su mayor parte, por motivos de subsistencia, a salir de España, tras haberle sido confiscados sus bienes. En un discurso-río, interrumpido continuamente, decía don Joaquín: «… Y los navarros tenemos el orgullo de que, antes de estar formalizada la Compañía de Jesús, ya san Francisco Javier salió para Oriente, y en las Indias realizó aquella labor de civilización, de la que vosotros, españoles, podéis reíros si queréis, pero id a preguntar al Japón… (Rumores y risas. Un Sr. Diputado: ¡Cualquiera va al Japón ahora!) y alli comprobaréis que ésta es una gran figura de la civilización universal. Y ya que los demás, los de fuera de España, reconocen a este hijo de España como una figura preeminente de la historia y de la civilización, no tenéis vosotros derecho a mofaros, a reíros de esa gran figura… (Denegaciones). Y yo os digo… (El Sr. Altabás: LLevamos al Japón los problemas religiosos que nunca habían tenido). Yo le digo a S. S. que se trata de una gran figura que en el Japón es muy estimada. (El Sr. Altabás pronuncia palabras que no se entienden). Los jesuitas fueron expulsados de allí, pero después el Japón rectificó y volvieron. No hay error histórico de ninguna clase. (El Sr. Altabás: Provocaron en el Japón la primera guerra religiosa de aquel país). Los jesuitas fueron al Japón y yo le digo a este señor interruptor que todos los argumentos que me hace no sirven de nada, porque el hecho de que allí estén hoy los jesuitas es la demostración más clara de que no debieron salir entonces. (El Sr. Altabás: También volvieron a España ilegalmente después de su expulsión. Yo le digo que aquí, mientras haya monárquicos, habrá jesuitas. Continúan los rumores y las frecuentes interrupciones, que impiden oír al orador.)».
No basta la cuenta de resultados
Al clausurar con un excelente discurso el reciente Congreso nacional de Voluntariado, celebrado en Pamplona, el secretario general de CÁRITAS española, Sebastián Mora, dijo unas cuantas verdades del barquero, que no es fáicl escuchar por ahí. Por ejemplo, que, si antes había colectivos vulnerables, ahora la vulnerabilidad es estructural y todos somos vulnerables. O que no toda alianza con empresas o con administraciones es buena. Y pensando, como pensamos muchos, en la actual controversia entre el Gobierno de Navarra y Cáritas Pamplona-Tudela sobre el curioso «sello socialmente comprometido», exigido a Cáritas, merece recordar estas sabias palabras del filósofo Mora al final de su discurso: «Se nos llama a la uniformidad, y eso no es bueno. Que los que hacemos lo mismo, lo hagamos juntos, porque, si no, somos más caros, nos dicen. (…) Si la lógica que impera es la de la eficiencia económica, cualquier empresa de prestaciones sociales lo podría hacer más barato. (…) Debemos redescubrir que no estamos sólo para prestar servicios y que el único criterrio no es sólo la cuenta de resultados. Ese no es nuestro espacio». Una lección, por lo menos, de humanismo.
Reflexiones cristológicas (I): La cristología del siglo II
En este Adviento y en esta Navidad, en vez de los poemas biblicos y navideños que vengo publicando desde 2006, voy a ir escribiendo unas breves reflexiones cristólogicas centradas en los primeros cuatro siglos de nuestra historia cristiana, cuando se elaboró y fijó, en medio de verdaderas tormentas culturales y sociales, el primer Credo de nuestra fe.- Los pastores y maestros de la Iglesia del siglo II -Clemente Romano, el mártir Ignacio obispo de Antioquía, el filósofo y mártir griego Justino, Melitón obispo de Sardes o Irineo martir y obispo de Lyon-, que se nutrían de los escritos del Nuevo Testamento y de la tradición de la cercana Iglesia primitiva, profesaron la fe en Jesús de Nazaret, como verdadero Dios y hombre, como un solo Cristo. Judeocristianos y paganocristianos, bajo la guía de sus obispos, mártires y confesores, defienden la misma fe dentro de sus diferencias lingüísticas y culturales. La oposición a ebionitas, marcionitas, gnósticos y docetas (para los que el cuerpo de Jesús no es más que mera apariencia), les lleva a resaltar la realidad humana de Cristo y a la vez, frente a muchos de los racionalistas gnósticos, su verdadera divinidad. Son las dos raíces históricas de las dos grandes y futuras herejías: la no humanidad y la no divinidad del Señor Jesús, como le llama el apóstol Pablo. Pero todavía no se elabora una doctrina de las dos naturalezas en el sentido posterior, técnico, de la palabra. Sólo el obispo Melitón ofrece algunos tímidos inicios en esa dirección filosófica. El interés por los misterios de la vida de Jesús, la tipología y las múltiples referencias al Antiguo Testamento hacen que la imagen de Cristo, a quien predican, adoran y aman, y por quien entregan generosamente su vida, no sea una figura estática y abstracta, objeto sólo de análsisis de laboratorio filosófico y de polémicas a veces feroces, como ocurrirá en tiempos posteriores, sino una imagen vivísima, dinámica, pastoral y seductora. Surge en todos ellos la cuestión de las relaciones entre el Padre y el Logos (el Hijo), y por tanto la cuestión del monoteísmo cristiano, herencia del judaísmo, frente al politeísmo pagano, pero con la singularidad cristiana de la Trinidad. Ya, hacia el año 172, el filósofo pagano Celso, contra quien escribirá mas tarde el filósofo alejandrino cristiano Orígenes, presenta a los cristianos ante el dilema de «docetismo o transformación de la divinidad»: o bien la Encarnación, pofesada por los cristianos, es mera apariencia (dokeín), o significa una transformación de la Divinidad en un cuerpo mortal. Se trataba de la sustancia misma del mensaje cristiano.
Matriotismo y Fratriotismo
Estoy escribiendo el artículo, más o menos quincenal, para DN. Esta vez lo titulo Patriotas, elogiando el patriotismo como virtud cívica fundamental, que incluye otras muchas, ahora que estamos en este archipiélago de fiestas religioso-patrióticas en Navarra: el patrono de Pamplona, el de Navarra, la patrona de España (Inmaculada Concepción de María) y, como se decía en los años ochenta, la Inmaculada Constitución Española de 1978. Al citar las palabras Matria y Fratria, que tanto le gustaban a don Miguel de Unamuno, me pregunto por qué no vamos a decir Matriotismo y Fratriotismo. Llego a pensar que sin esos dos modos de Patriotismo (que añade explícitamente la madre y los hermanos) no existe un verdadero Patriotismo, que es el de la familia completa grande de cuaquier ciudadano que se precie: la Comunidad entera, parte de esa Comunidad mundial, a la que yo – que defiendo al hombre de muchas patrias-, en primer lugar, llamo Patria.
Patrono de Pamplona
Según la llamada Passio Saturnini (Pasión de Saturnino) -diminutivo de Saturno, padre de Júpiter, en griego, Cronos (Tiempo)-, se dirigió Saturnino a Toulouse (Tolosa de las Galias), bajo los cónsules Decio y Grato, en el año 250 de nuestra Era. Fue martirizado en el curso de una revuelta popular durante la persecución de Decio. Así de escueta y realista es la Passio. Las revanchas, los odios y las denuncias que llevaban a los cristianos al martirio solían darse en este tipo de conflictos o revueltas populares, por envidias, celos, miedos o intereses varios. Dos siglos después, cuando ya la memoria y el culto -la mejor prueba del martirio- de Saturnino estaban ya asentados en Tolosa, un clérigo de esa ciudad compuso un panegírico, a la manera de nuestro Prudencio, sólo que ahora en prosa, que es la única historia de su vida y que tiene todos los visos de autenticidad.. Allí aparece el santo como el primer obispo de Tolosa y sólo de Tolosa. Es el primer obispo galo mencionado en la documentación después del mártir Irineo, obispo de Lyon. En el siglo VI nació una leyenda disparatada, que une a Saturnino con Pamplona.- Lo más probable es que el culto de san Saturnino mártir nos llegara en el siglo V, por Tarragona y Zaragoza, o por los Pirineos, a través de mercaderes, soldados u otro tipo de viajantes. ¿Y qué más da que no estuviera nunca en Pamplona? Aqui, como en todas las diócesis cristianas, copiadas de las civiles romanas, hubo un primer obispo. No sabemos quién fue ni cómo se llamó. Ese es el Patrono que celebramos hoy. Pongamos que se llamó Saturnino.
Thanksgiving
De los Estados Unidos de América hemos heredado, en los últimos tiempos, miméticamente, la fiesta de Halloween, de 31 de octubre, esa especie de carnaval de los muertos, pero no la de Thanksgiving (Acción de gracias), de 28 de noviembre. Esta fiesta se remonta al año 1621, cuando algunos de los primeros colonos ingleses, The Pilgrims (los Peregrinos), en la colonia de Plymouth, Massachusetts, agradecieron a Dios su primera cosecha en el Nuevo Mundo, celebración a la que asistieron los indios nativos, que en ese primer invierno enseñaron a los inmigrantes ingleses a cultivar el maíz. La celebración se extendió por todo el país en los decenios sucesivos. Fue el presidente Abraham Lincoln, el que, el año 1863, instituyó como dìa festivo el día de la Acción de gracias: misa o celebración en los templos cristianas, por la mañana, y cena con pavo y verduras del otoño (patatas, batata, arándanos, maíz y calabaza), por la tarde.- Algo similar celebraban los romanos en los dias llamados Témporas (de tempora: tiempos) de acción de gracias y petición, que la Iglesia convirtió en tres días de oración, ayuno y abstinencia en las tres primera fechas de las cuatro estaciones, de donde seguramente lo tomaron los ingleses, una tierra muy en contacto con Roma desde comienzos del siglo VI. La palabreja pasó, y cómo, a nuestro vocabulario popular español. Hoy no queda sino una oscura oración propia en la celebración litúrgica del primer día de las témporas.
Un concilio en lontananza
Aunque en lontananza, cada día lo veo más claro y neto. Toda la actuación hasta hoy del papa Francisco, y la recientísima Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium –acertado título- me llevan a esa conclusión, que es más que una conjetura o que una pre-monición. Todo lo que lleva entre manos el papa actual no puede llevarse a término más que por medio de un concilio. Hace él bien en mantener la doctrina actual y en respetarla, porque no tiene poder para otra cosa, y sobre todo poque no fuera ni justo ni saludable obrar de otra manera. Pero llevar a cabo ese nuevo papel de la mujer en la Iglesia; revisar la situación de los cientos de miles de divorciados; matizar el plan tamiento general del aborto, que no es ni de lejos justificarlo o convertirlo en derecho, como hacen tantos inhumanistas; afrontar con valentía la cuestión de la homosexualidad; actualizar todo el capítulo de la sexualidad humana…, aparte de estudiar la descentralización y la colegialidad de la Iglesia y otros capítulos afines, como el de la reforma de la Curia o la muy deseable supresión del colegio cardenalicio -un residuo principesco de los tiempos del papa-rey-… dan pie para pensar y desear un próximo concilio, sea con este papa, tal vez demasiado mayor -que, sin duda, se retirará a tiempo-, o con el próximo, pero a partir de las premisas y promesas del actual. Un concilio Vaticano III, o Jerusalén II.
La violencia donatista
En mis incursiones por la historia de la Iglesia católica, buscando los orígenes del antieclesialismo-anticlericalismo, siempre me interesó el problema de la violencia de la Iglesia africana, con san Agustín a la cabeza, contra los donatistas. La controversia venía de lejos, desde los tiempos de san Cipriano y su controversia con el papa Esteban sobre el rebautismo de los herejes. Añadamos el cisma del obispo Melecio de Lycópolis, enfrentado desde el año 306 al futuro mártir Pedro de Alejandría, entonces encarcelado, cuya actitud ante los lapsi (relapsos) consideraba demasiado benigna. Arrestado y deportado a las minas de Phaeno (Palestina), Melecio continuó alli su agitación, multiplicó las ordenaciones y organizó en Egipto una jerarquía cismática, la «Iglesia de los mártires» frente a la jerarquía católica en comunión con Roma.- El movimiento posterior, iniciado por Donato, obispo de Cartago (312-343), y continuado por sus sucesores Parmesiano y Primiano, se llamó también «Iglesia de los mártires» y sus activos miembros, «milites Christi» (soldados de Cristo). Sostenía que todos los culpables de traición (traditores), por haber entregado (tradere) los libros santos a los magistrados del perseguidor Diocleciano, que hacían los registros policíacos en los templos, eran indignos de impartir los sacramentos, que en sus manos eran inválidos, y no podíans ser admitidos en la Iglesia, si no volvían a rebautizarse y, si eran clérigos, reordenarse. Ya el concilio celebrado en Cirta (305) había mostrado una profunda diivisión entre los padres conciliares. La Iglesia romana defendió, una y otra vez, la no necesidad de rebautismo a los venidos de la herejía, en caso de haber sido bautizados con la fórmula ortodoxa, lo que repetirá el primer concilio ecuménico de Nicea (325) y varios papas posteriores. El emperador Constantino hizo suya la doctrina católica y ordenó a los donatistas entregar sus templos a la Iglesia católica, condenando a los rebeldes al destierro, pero más tarde, por razons de conveniencia política, como harán a menudo sus sucesores, cambió de táctica y permitió el regreso de los exiliiados. De origen mayoritariamente campesino, de lengua púnica o libia, poco romanizados, representaban, en buena parte, la animadversión de los bereberes al imperio romano, del que sufrían altos impuestos y el rudo trato servil a cuenta de los funcionarios imperiales. A partir del año 340 cobró importancia el movimiento de los «circumcelliones», grupos de fanáticos y vagabundos, muchos de ellos colonos arruinados u obreros agrícolas sin trabajo, que asaltaban y secuestraban a ricos propietarios, romanos o indígenas, exigiendo la abolición de las deudas, y combatían ferozmente a los enemigos de su fe, fueran paganos o católicos. Provocaban con frecuencia el propio martirio, deseosos de participar de la suerte de las víctimas del odioso emperador Diocleciano y de recibir el culto entre los suyos. Llegaron hasta el suicidio personal o colectivo, precipitándose en barrancos o en la hogueras que ellos mismos prendían o haciéndose matar por viajeros armados, a quienes provocaban, o detener por jueces a quienes molestaban para caer en manos de los sayones. La represión de tales grupos por las tropas romanas, sobre todo cuando se añadía alguna rebelión local, como la del caudillo Firmo, el año 372, fue implacable. Los obispos de África, con el joven Aurelio, obispo de Cartago (391-430) y su amigo Agustín, obispo de Hipona (396-430) trabajaron unánimes por la recuperación y reconciliación de los donatistas o parmesianos, con numerosos concilios y sínodos, y frecuentes medios intelectuales: más de veinte tratados y numerosas cartas les dedicó san Agustín, y hasta un largo poema popular para ser aprendido y cantado por el pueblo. Si, en general, los obispos africanos, intentaron la vía pacífica de la persuasión y el diálogo y rechazaron la pena de muerte impuesta por el poder civil, hubo un momento en que, en el concilio de Cartago (404), pidieron la intervención del emperador Honorio. Todo era en vano. Y no eran tiempos fáciles. El «bárbaro» Alarico estaba, el año 410, a las puertas de Roma. Un año más tarde, los obispos católicos hicieron un último intento y pidieron al emperador la convocatoria de una conferencia de obispos católicos y donatistas en Cartago, a la que acudieron casi 600, poco más o menos, en la misma proporción. El delegado imperial, Flavio Marcelino, sentenció al final de la conferencia ia a favor de la unidad católica. El destierro y la deportación de obispos y clérigos donatistas rebeldes fue la medida que les impuso el Imperio. Aunque la mayoría volvió a la unidad católica por presión y por miedo, continuó la violencia y se encarnizó con algunos obispos católicos, a lo que la Iglesia y el Imperio respondieron con toda su fuerza.- Pronto los vándalos (429) y, no mucho más tarde, los seguidores de Mahoma iban a acabar con aquella gloriosa Iglesia católica africana, pero cada vez más debil, dividida y desgarrada.