Archivo del Autor: vmarbeloa

Los Inocentes

 

        En el capítulo 2 del evangelio de Mateo, de quien no sabemos nada, el personaje principal es el inicuo rey Herodes, apodado el Grande (Ascalon, 73 a. C. – Jerusalén, 4 a. C.), que regía Palestina en nombre de Roma, cuando el nacimiento de Jesús de Nazaret. Asustado  por lo que le dijeron sobre el nacimiento de un niño, que sería el rey de los judíos, unos Magos llegados de Oriente y guiados por una estrella -creación literaria genial del evangelista-, les mandó ir a Belén para que le trajeran noticias seguras, e ir él también a adorarle… Pero los Magos, avisados en sueños por un ángel  de ésos que abundan en el primer evangelio, no volvieron a Jerusalén y siguieron el camino de sus casas orientales. ¿Qué dice, qué quiere decir el texto? Que Jesús es, según el segundo evangelista (Mat 1-2), el nuevo Moisés, muy superior al viejo Moisés (Ex 1-2), que fue salvado por providencia divina de una muerte segura, cuando el Faraón de Egipto, al ver multiplicarse los hebreos en su imperio, mandó arrojar a las aguas del Nilo a todos los niños judíos menores de dos años. Y, si en esta  parábola de Mateo, Jesús se compara con Moisés, Herodes es igualmente un tirano comparable con el Faráon, debido a sus muchas atrocidades cometidas tanto entre su propia familia como contra su pueblo: hasta dejó mandado matar inmediatamente después de su muerte  a numerosos judíos ilustres encerrados en el hipódromo de Jericó, para que no se alegrasen de su desaparición; fue espantosa también, tras morir  el déspota, la represión llevada a cabo por millares de tropas romanas llegadas de Siria contra el levantamiento del rebelde Judas, en la ciudad de Séforis, a seis kilómetras de Nazaret, a la que prendieron fuego, reduciendo a esclavtitud a sus habitantes que quedaron vivos. Atrocidades tan grandes o mayores que las cometidas por el Faraón egipcio contra los hebreos. El evangelista, que no escribe un relato histórico, sino un relato moral, quiere, pues, presentar dos típicas figuras del mal contra las dos máximas figuras santas del Antinguo y del Nuevo Testamento. La principal diferencia entre los dos ejemplos de la parábola es la de la huída: mientras Moisés, guiando a su pueblo, huye de la esclavitud de Egipto hacia la tierra prometida (el célebre Éxodo), Jesús, llevado por su madre y su padre José, también avisado por el ángel del Señor, huyen de Palestina a Egipto. En un bello trueque literario, el lugar de la perdición y muerte para Moisés se ha convertido en el lugar de refugio y vida para Jesús. Los dos son perseguidos por los malvados, los dos son predestinados y salvados por Dios, los dos huyen, los dos se refugian y vuelven más tarde hacia su destino.

PD. Parece como  si el pueblo cristiano, a pesar de su ignorancia secular de  la Biblia, y, más aún, de la genuina lectura de los géneros literarios de la misma, hubiese intuido la «verdad» de ese relato trágico dentro de la ficción, que los pintores clásicos se encagaron de representar tan vivamente. Lo cierto es que hizo de la fiesta de los Inocentes (los Santos Inocentes, de los que se guardan por ahí sus ¡reliquias!) una fiesta de regocijos y bromas. Esta noche misma, leo en un diario nacional que la nueva consulta a las CUP sobre  la presidencia de Artur Mas podría celebrarse de nuevo el Día de los Inocentes…

Una vieja tentación repetida

 

         Pasqual Maragall y José Montilla lograron por fin ser presidentes de la Generalidad; todo un triunfo tras la era Pujol. Pero ¿a costa de qué? De dar alas y cogobierno a un partido populista e independentista como Esquerra Republicana, dividir a CIU, dar vuelos a la CUP, el nuevo soviet anarquizante convertido al independentismo, multiplicar con la trampa del Estatuto el número de secesionistas y deshacer al PSC-PSC (PSOE). Es la vieja tentación de los malos políticos codiciosos, que tienen el poder como único fin, el partido por patria y el resto del mundo por montera. Que dividen todavía el mundo en izquierda y derecha y no ven más a su alrededor. O que fingen todo eso para lograr sus propósitos. He ahí la nueva tentación de Sánchez ante Iglesias Turrión, a quien sacude la misma tentación.

La luz contra las tinieblas

Cajus Julius Caesar Octavius,
Divus Augustus,
hijo adoptivo de Julius Caesar,
era hijo de Dios, hijo de Apolo,

hijo a su vez de Zeus Olímpico.
Acia, su madre,
le engendró del dios celeste,
y un chorro de sol salió de sus entrañas
a una con el niño.
Se llamó Señor y Salvador,
Liberador de su pueblo.
La pax romana, asentada en el dominio y el poder,
fue su mayor orgullo.
La luz y el sol del imperio sin fin,
de la nación togada, que gobernaba el orbe,
según Virgilio Marón,

era el emperador omnipotente.
Todos se derretían ante él.
Quien no quisiere adorarle en su presencia
o quemar perfume ante el ara de su efigie
perecería sin remedio.

En los últimos días de Herodes el Grande.
rey de Palestina por voluntad de Augusto,
nacía en Nazaret el primogénito
de José el carpintero.
Muchos años después,
dijeron enigmáticos escritos
que vino al mundo en Belén,
la ciudad de David,
porque era de su estirpe,
superior a él en realeza.
Dijeron igualmente
que nació en un  establo entre las bestias,
de su madre María,
rodeado de luz;
que pastores locales le adoraron,
y unos ángeles cantaron jubilosos
que era Hijo del Altísimo
y reinaría por los siglos sin fin.

Las luces imperiales encendidas en Roma,
que ilustraron decisivos tramos  de la historia
y anunciaron las claves del futuro,
se apagaron ha siglos por completo.
Pero aquella lucecita legendaria
del portal de Belén,
que envolvía al infante en el establo,
brilla poderosa todavía
en los puntos cardinales de este mundo.
Y sigue iluminando complaciente
 a los hombres de todas las naciones,
que yacen en tinieblas o en sombras de la muerte,
para dirigir sus pasos
al camino de la paz.

¿Quién te espera en la noche?

 

¿Quién te espera en la noche?
¿Quién en la madrugada?
¿Quién te ha dicho que hay hoy sitio

en la posada?

¿Quién te espera en este mundo?
¿Quién te espera en Nazaret,
sino tu madre María
junto a tu padre José?

-Los pastores… – ¿Qué pastores?
-¿Y los ángeles? -Lo mismo:
Son maneras literarias de contar
el nacimiento del Cristo.

Aquí no hay cantos angélicos.
Aquí no hay Magos ni Reyes.
Para los judíos pobres,
sólo la Ley y las leyes.

Herodes, el Faraón,
tan tirano como aquél,
sigue rigiendo con sangre
la colonia de Israel.

¿Quién te espera en la noche?
¿Quién en la madrugada?
¿Quién te ha dicho que hay hoy sitio
en la posada?

 

Jesús en el Evangelio de Juan

 

          Los escritos joánicos (Evangelio de Juan, Apocalipsis y Cartas de Juan), los últimos de la Biblia, se publican a  finales del siglo I, y, como en todos los demás casos, desconocemos al autor o autores de los mismos. El célebre prólogo del Cuarto Evangelio -tal vez un himno cristológico en alguna comunidad joánica- es lo más atrevido que se ha escrito sobre la misión de Jesús. Éste aparece como la Palaba definitiva de Dios a los hombres, como el único y absoluto Revelador, enviado por Dios, que está por encima de todos los  profetas, y es, además, legislador superior a Moisés, dispensador de la gracia y la verdad. Jesús forma parte del contenido de su mensaje. Es la luz y la verdad del mundo. Quien crea en él tendrá vida eterna. El Hijo de Dios es el Dios verdadero (alezinós zeós) (1 Jn 5, 20). Por vez primera, en este Evangelio Jesús recibe el nombre de Logos: el Revelador, la Revelación, la Palabra de Dios, anterior a la existencia del mundo. Su misión es la expresión de su ser. En Jn 1, 4, Logos significa la Palabra hablada, no razón. Palabra de  Dios humanada, hecha carne (sarx), la parte más visible y frágil de nuestro ser. El  Logos en Dios es Dios, mediador de la creación y autor de la revelación, Hijo y enviado del Padre en favor nuestro. Logos tiene estrecha relación con la Sabiduría cantada por Pablo, pero aquí se presenta encarnada, frente a todos aquéllos que en ese tiempo negaban ya la realidad carnal de Cristo, su humanidad integral, con una vida psíquica plenamente humana. La Palabra se hizo carne pasó a ser el leitmotiv, el lema de la primera cristología refleja, de la primera reflexión formal sobre Jesús de Nazaret, el Cristo, el Ungido de Dios.

Jesús en las cartas del apóstol Pablo

 

         Saulo-Paulo, el apóstol Pablo, es el  autor de varias cartas públicas, redactadas a lo largo de  los años 50, que son los primeros escritos cristianos,  Las dos ideas centrales de su cristología son la preexistencia eterna de Cristo y la adoración de éste como Kyrios (Señor) -otro título habitual de los emperadores romanos-,  pero ambas son anteriores a él, quien se limitó a interpretarlas y adaptarlas a la predicación en las primeras comunidades cristianas helenistas. La idea de la preexistencia tenía hondas raíces dentro del judaísmo, en la literatura apocalíptica y sobre todo  en la sapiencial: Daniel, Job, Proverbios, Sabiduría y Eclesiástés. De ahí arranca Pablo, que alaba a la Sabiduría de Dios existente antes que el mundo y activa ya en la creación. Jesús es esa Sabiduría, el Hijo de Dios desde la encarnación a la crucifixión, la elevación y, finalmente, el retorno. Cristo es también el único Señor que está por encima y contra los dioses y señores  adorados en el mundo. La comunidad litúrgica, como comunidad de Cristo, no tiene nada que ver con los cultos paganos, y tiene a Cristo como su único Señor y Salvador. Frente a los que en su tiempo creían, judíos o griegos, que el espacio entre Dios y el mundo estaba ocupado por fuerzas espirituales que regían éste último, el apóstol de los gentiles reivindica firmemente el primado de Cristo en toda la creación y en la historia, lo que se ha dado en llamar cristología cósmica, cultivada sobre todo en los últimos decenios. Cristo, como cabeza rectora del pasado, presente y futuro, de cielos y tierra. Segundo y último Adán, que vivifica y transforma al hombre viejo en hombre nuevo y celestial.

Jesús en el Evangelio de Lucas

 

         La cristología del evangelista Lucas está marcada por el pensamiento helenístico, ausente en el de Marcos y Mateo que escriben en medios judíos. Jesús es aquí el Salvador, el Liberador (Soter) -otra de las denominaciones con que se ornaban los empersdores romanos-, que anuncia la salvación al pueblo entero y no sólo a Israel. Anunciar la buena noticia (evangelizar, palabra griega que ha pasado al español) es la preferida en estas páginas. Jesús es el auxiliador de todos: médico de enfermos, amigo de pecadores, amparo de los pobres, atento con las mujeres, severo con los poderosos. Es la viva encarnación del bien, del respeto y de la paciencia en el sufrimiento. El Mesías e Hijo de Dios, el juez del mundo, ha aparecido entre los hombres en la persona de este Jesús de Nazaret, terrenal y humano, corriendo la suerte de un malvado cualquiera.

Jesús en el Evangelio de Mateo

 

         Este Evangelio, que habla del reino de Dios hecho realidad en Jesús, contiene la célebre profesión de fe de Pedro en Cesarea:  Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), que expresa el misterio de la persona de Jesús. En esa relación íntima entre Padre e Hijo tiene su fundamento ese misterio, la revelación traída por él y la Iglesia que de él arranca. Jesús aparece en este Evangelio como innovador radical en contraste con Juan el Bautista, porque trae el reinado de Dios, su Padre, y es el portador del espíritu que vence a Satanás. Él es también el Hijo del hombre, del que habló el libro de Daniel; la Sabiduría proclamada en los libros sapienciales; el nuevo Moisés y el Siervo de Yhavé, cantado por el profeta Isaías. Jesús insiste en estas páginas en su relación personal, filial, transcedente con el Padre (Abba = Padrecito mío), de quien ha recibido todo. En cuanto ese reino se instaura en la tierra, es la ekklesía, el pueblo de los santos de Dios. Por eso la  confesión de Pedro es un reconocimiento del Hijo como único mediador entre Dios y ese pueblo. El reino que nuclearmente existía en los discípulos de Jesús se configura después en la  Iglesia, que recibe de Jesús el mandato de difundirse por todo el mundo por medio del bautismo, como hizo él mismo al comenzar su vida pública, y por medio de la nueva profesión de fe en la obra salvífica del Padre, del Hijo y del Espíiritu Santo.